La Digitale

¿Historia de una relación efímera con la ópera?

La historia de La Digitale, la ópera del compositor colombiano Juan Pablo Carreño. Galardonado con el premio de Roma en 2011, cofundador en París de Le Balcon, Carreño nos cuenta cómo su proyecto anterior, Garras de oro, terminó por llevarlo al mundo de la ópera.

Garras de oro. Foto de Meng Phu.
Garras de oro. Foto de Meng Phu.

Una ópera-video

Garras de oro es un ovni cinematográfico anónimo, censurado y desaparecido, que gira en torno a la pérdida de Panamá que sufrió Colombia a principios del siglo pasado, con la intervención de Los Estados Unidos.

Esta es considerada por muchos como la primera película “anti yanqui” en la historia del cine mundial, aunque, por su trama, pareciera ser más bien un sutil artefacto de propaganda americana contra Theodore Roosevelt quien, por cierto, ya estaba bien muerto para la época de realización de la película.

La escritura musical que modelé alrededor de la película Garras de oro está cargada de diversos mensajes. Yo quise expresar en mi proyecto la carga política e ideológica del filme original —que está representada por una cierta transversalidad entre el imaginario visual, la ilustración narrativa, un manifiesto político preciso, una interrogación sobre la identidad nacional— y generar una reflexión sobre la idea de la memoria histórica y la relación con nuestro patrimonio. En mi proyecto Garras de oro, la música y la puesta en escena son una voz que canta sobre el mutismo de la narración y que nos susurra al oído una idea que se expresa a gritos en la imagen.

Tal vez mi espectáculo Garras de oro sea eso que hoy todo el mundo llama un “espectáculo total”, pues es al mismo tiempo un espectáculo escénico y un cine-concierto donde el movimiento y la estructura de las imágenes son parte integral de lo musical y donde la antigua técnica de los cortes, ese cambio súbito de un instante a otro en una película, funciona como un verdadero modelo temporal y de lenguaje musical. En ese sentido, esta película muda, su contenido, sus cortes, son una suerte de libreto sin texto, pero aun así narrativo.

Aunque la película muda Garras de oro siempre me ha evocado una escena de desgarramiento, yo no concebí este proyecto de cine-concierto como una simple ilustración sonora, sino como una verdadera escritura dramatúrgica.

La película Garras de oro fue redescubierta en los 80, pero no en su totalidad, y eso dificulta un poco la comprensión de su trama principal.

Cuando comencé a trabajar en este proyecto con Luis Nieto, cineasta, artista plástico, performer, fundador en París del movimiento perversionista; mi primera intención fue la de utilizar su ayuda para tratar de reconstruir la narrativa muda de la película y hacer resurgir un mensaje político con relación a la idea de la protesta contra Estados Unidos por su intervención en la pérdida de Panamá, y contra el gobierno colombiano de la época acusado de vender el Istmo. Luego decidiríamos con Nieto no completar la película, sino reeditarla para hacer más fácil su comprensión, además de intervenir algunas escenas e incluir otras nuevas.

Garras de oro sería para Nieto la primera de una serie de puestas en escena de ópera en grandes teatros parisinos y europeos.

Para mí sería un precedente que me permitiría adentrarme con un poco de soltura en el vertiginoso mundo de la voz y de la ópera, a través de dos obras que escribiría inmediatamente después, Naturalis Historia (2014), para coro de doce voces sobre textos de Plinio el Viejo, y mi primera ópera, La Digitale (2015).

Una tragedia policiaca

La trama de La Digitale comienza en la atmósfera glacial de una sala de interrogatorio en una estación de policía. Dos inspectores interrogan a Flore, personaje central de la intriga, pero ninguno de ellos sabe que, poco tiempo antes de ser arrestada, ella ingirió una dosis letal de una decocción de digital. Flore es una mujer frágil, que carga consigo un destino trágico que la ha llevado al crimen, al asesinato.

La Digitale es la primera de una trilogía de óperas policíacas que esboza la historia de tres mujeres de una misma familia condenadas a la locura y a la muerte. La producción de la ópera comenzaría en el 2011, pero no sería sino hasta finales de 2013 que yo recibiría la primera versión de la sinopsis de La Digitale, una trama alrededor de un crimen por envenenamiento, basada en la estructura fundadora de la dramaturgia operática: violencia, amor, pasión, crimen…

Todo ocurría en una estación de policía. Allí, Flore negaba con insistencia el delito del que la acusaban: la muerte por envenenamiento de Karl. La última escena sería la del suicidio de Flore quien, acorralada por las pruebas, apuraría el contenido de un frasco de veneno. Moriría cantando su pena y su amor por las plantas venenosas…

Entre otros, sugerí un cambio en el libreto que sería definitivo en el desarrollo y en la construcción de la dimensión actual de La Digitale: pedí que Flore se tomara el veneno antes de que la ópera comenzara. Así, desde la primera escena del interrogatorio, sin que nadie lo supiera, Flore ya se estaría muriendo.

Comencé entonces a imaginarme una estructura de doble dramaturgia: una lineal —el thriller policíaco—, y otra que buscaría romper esa direccionalidad en torno a los efectos del envenenamiento por digitoxina. La Digitale se convertiría así en una puerta abierta a otra dimensión de la percepción, a una experiencia fantasmagórica filtrada por las toxinas de la digitale.

Esta ópera es, en efecto, una obra tóxica. De la reacción psicodélica del envenenamiento en Flore y del recorrido del veneno a través de su cuerpo. Ella muere lentamente cantando su desesperación sobre una masa fría de sonidos electrónicos. Su voz es una voz harmónica que se fuga de los osciladores de los instrumentos amplificados (órgano Hammond, guitarra eléctrica) y que esboza el crimen, la culpa, la inocencia, la imposibilidad de escape…

El público debería, por momentos, poder escuchar y ver como si se encontrara al interior de la cabeza de Flore y vivir la experiencia del envenenamiento. Una ópera sobre un veneno se convertiría así en una experiencia tóxica.

La Digitale. Foto de Fraçois Moura.
La Digitale. Foto de Fraçois Moura.

Soñar una ópera

Pero mi relación vital con la ópera comenzaría mucho antes de saber siquiera que escribiría La Digitale y Garras de oro.

Ya no recuerdo si fue en mi época de estudiante en Bogotá o en mi época de becario en la Florida cuando comencé a soñar con escribir una obra lírica basada en un libro visceral de un escritor colombiano, que describe la complejidad de una época que vio en Colombia un país al borde del abismo. Un texto que evoca un vacío profundo en esa relación entre el olvido, la muerte, el amor fraterno, el amor por el otro, y que sitúa al lector en una casa que se derrumba, en un país que va hacia la nada, sin memoria, en ese lugar atroz y extravagante que puede llegar a ser Colombia.

Recuerdo que me tomó varios años tomar la decisión de escribirle al autor de ese relato para pedirle que me dejara utilizar su texto para escribir mi ópera. Le decía, en una carta adolescente, que yo quería cantar su voz, esa que escupe su rabia y nos habla de un pasado perdido, de un país en pedazos. Que yo escuchaba música cuando leía su texto, un texto que se cantaba a sí mismo en la prosodia de sus personajes y en el acento circular de Antioquia con sus desinencias abismales. Que había música en las alucinaciones de su hermano, en la sincronía de los sueños de los dos hermanos, de sus almas, en el diálogo constante con la muerte.

Y el autor me respondió con un “no” rotundo y contundente, acompañado de un argumento curioso: “El género de la ópera nunca tuvo sentido y menos lo va a tener ahora”, me dijo. Y tal vez tenga razón.

También es muy probable que, desde su ingenuidad, cuando un compositor sueña con escribir una ópera sueñe con escribir “la” ópera. “Su” ópera. Y yo creo que la mía es esa. Y también creo que lo más seguro es que no la escriba nunca.