Jorge Luis Prats

No soy pianista, soy músico.

«Yo creo que un músico cuando hace sonar una sola nota resume la información de toda su vida».

En el mundo de la música la llegada de una nueva figura a la palestra internacional generalmente, por no decir siempre, está unida a la condición de ser joven prodigio. Talento y juventud conforman, sin duda alguna, la poderosa combinación que buscan los promotores musicales y la materia prima que impulsan a través de grabaciones, giras y una acertada estrategia publicitaria. En la ruptura de esta lógica radica buena parte del encanto de la singular carrera pianística de Jorge Luis Prats.

Europa tuvo noticia del artista cubano en 1977, cuando en el Teatro de los Campos Elíseos el jurado del concurso Marguerite Long-Jacques Thibaud de París le concedió por decisión unánime tres galardones: el Primer Gran Premio, el Premio Chevillon-Bonnaud y el Premio Maurice Ravel.

Luego de esto, el curso que tomaría la carrera de Prats parecía estar señalado, pero el giro que dio no fue el esperado. Después de su aparición en el concurso de París, Prats dedicó sus esfuerzos a profundizar en el estudio de su instrumento más que a incursionar en el mundo de las giras internacionales. Estudió con Rudolf Keer en Moscú, Magda Tagliaferro en París y Badura-Skoda en Viena. Posteriormente, ejerció por 30 años el piano lejos de las luces de los escenarios, llevando una discreta, prolongada y hasta, podría decirse, misteriosa carrera. Se sabe que trabajó con cantantes de ópera e impartió lecciones de piano a niños en Lalín, un apartado pueblo de España.

Para este momento Prats pasaba los 50 años y su nombre ya no era recordado en los escenarios internacionales de primer orden; pero su retorno, al igual que su llegada a Europa en 1977, conmocionaría al mundo del piano. Luego de que algunos promotores musicales escucharan unas grabaciones del pianista cubano que contenían apariciones públicas, este firmó contrato con el sello DECCA y fue invitado a participar en ciclos como el Festival Internacional de Piano de Miami, el «Meister Pianisten» en el Concertgebouw de Ámsterdam y el “Piano 4 Etoiles» de la Sala Pleyel, la misma donde grabó en 2013 el tercer concierto para piano de Rachmaninov junto a la Orquesta Nacional de París, dirigida por Paavo Järvi. En el mismo año se presentó en Bogotá luego de varios años de ausencia, más activo y vital que nunca o “con el toro en la sangre”, como él dice.

Su madurez musical, afirma el pianista rumano Radu Lupu, reúne “la delicadeza de Arrau y la virilidad de Gilels”. Asistir a un concierto suyo es tener una cita con un verdadero genio del piano, no solo por el dominio técnico que despliega en sus recitales, sino también por su capacidad expresiva y el sello personal que imprime a las obras que conforman su extenso repertorio. Esto último, fiel reflejo de un artista comprometido con el arte y no con el espectáculo que está a su alrededor.

Su carrera artística lo ha llevado a estar en dos lugares opuestos: el de joven prodigio ganador de concursos y el de un artista maduro que toma distancia de los escenarios internacionales y retorna a ellos en plena madurez. ¿Cómo ve la calidad artística de las carreras de los jóvenes prodigios en la actualidad?

 Yo no estoy muy seguro de que muchas carreras hayan empezado tan temprano. Puedo nombrar un caso aislado de alguien que sí empezó una carrera muy temprano, bien establecida gracias a una madurez y a una genialidad especial. Me refiero a Kissin. En cuanto a otras carreras, no estoy tan seguro de que sean producto de la madurez artística ni de la calidad. Yo creo que un músico cuando hace sonar una sola nota resume la información de toda su vida, creo que para hacer muchas interpretaciones hay que conocer mucho de la vida. El punto común de los compositores es que eran seres humanos que escribían lo que vivían a través de su música. A muchos la intuición, el talento, la facilidad y la energía nos dan algunas posibilidades cuando empezamos la carrera, pero hay otras que son imposibles de desarrollar si no has vivido.    

¿Cómo ha influido en su manera de tocar el piano la distancia que tomó de los escenarios?

 Yo tuve la oportunidad de hacer una carrera tan vertiginosa como muchas que oyes ahora. Cuando tenía 19 años me gané el concurso de París que te abre todas las puertas y todos los escenarios, pero yo centré más mi carrera en estudiar, en profundizar, en conocer. Yo toco el piano, pero yo no soy pianista. Soy músico. El piano es un instrumento relativamente fácil, cualquiera baja una nota y suena; sin embargo, lo que es muy difícil es dar el sentido a la música. Y pasé mucho tiempo trabajando con el mundo de los cantantes, de la ópera, de la dirección orquestal y creo que actualmente el piano es mi cantante y mi orquesta también.

 Y, a propósito de esto, ¿cuál es su opinión sobre los concursos?

Hoy en día no es lo mismo. Cuando yo gané en París tenía de jurado a Malcuzynski, Magda Tagliaferro, Badura-Skoda, Henryk Szeryng, Philippe Entremont. Era un honor ir a un concurso y la prueba fui yo, que fui desde La Habana, no conocía a ninguno de los miembros del jurado y pude ganar. Hoy en día las cosas no siempre son iguales, hay una gran competencia, y cofradía también, entre los maestros que preparan alumnos para concursos. El mundo ha cambiado mucho y el concurso se volvió como una meta. Entonces el concurso, ¿es del profesor o del alumno? Cuando yo lo gané yo era un cubanito que se apareció en París con un franco en el bolsillo.

 ¿Cómo recuerda los momentos previos al concurso, su formación, sus maestro.s..?

 Bueno, primero que todo, en Cuba hay una formación musical y yo tuve el privilegio de ser parte de una época de oro. Mi maestro, Centenar, fue un graduado del concurso de París; mi maestra, Margot Rojas, fue una alumna de Lambert, que fue alumno de Liszt. En Cuba nadie estudia con un solo maestro, sino todo el mundo estudia con el medio; y creo que el medio de Cuba es un privilegio, aparte de que en Cuba el talento crece silvestre como la hierba. Pero definitivamente fue una suerte estudiar en Cuba, porque las condiciones que tuvimos allí no existen en casi ningún lugar del mundo.

En Estados Unidos la gente va a estudiar el piano a la universidad. Los pianistas que salen de allá son los pianistas que llegaron de China, de Japón, de Francia; pero no es porque exista la formación musical que se empieza desde niño. Es una gran batalla. He hablado con amigos en Colombia que están batallando muy seriamente en crear escuelas de música para los niños desde temprana edad, que es cuando lo necesitan. En los Estados Unidos formamos un grupo de maestros que ayudamos a niños con talentos excepcionales que vienen de todas partes del mundo. Y a mí eso me encanta.

 ¿Cómo es su relación con la pedagogía?

Mi vocación más oculta es enseñar, especialmente a los niños. Cuando enseñaba en España venía algún niño y me decía “¡Para que usted lo sepa, a mí no me gusta el piano!”. Yo le respondía “¡A mí tampoco! ¿Qué te gusta?”. “El fútbol”, respondía. “Pues, ¡vamos a jugar fútbol!”, le decía. Y varios se graduaron del conservatorio de Madrid y de otras partes.

 ¿Cómo se llama ese lugar?

Lalín. Es un pequeñito pueblo de Galicia que tiene 5.000 habitantes, que tiene una escuelita de música, o sea, es el lugar más humilde y más recóndito, donde eres muy feliz.

¿Por qué llegó allá?

Porque me encanta hacer algo que nunca he hecho e irme a un lugar que no he conocido. A lo mejor luego me encuentras por un pueblito escondido de Colombia.

Luego de esto, ¿qué giro dio su carrera desde el retorno a los circuitos internacionales y a los estudios de grabación con el CD Live in Zaragoza para el sello DECCA?

Mira, el giro a la carrera es un problema de promoción y propaganda. Ellos tienen sus aparatos de publicidad, pues quieren vender sus discos. Nada tiene que ver con una evolución personal mía. Yo ya había tocado goyescas muchas veces y se presenta una coyuntura, que eran los 100 años desde que Granados había interpretado goyescas en Barcelona. Yo lo hice ese mismo día. Lo hice en el Palau de la Música de Barcelona, que es un teatro lujosísimo y bellísimo, pero de una acústica pésima. Se gastaron el dinero en belleza y no en acústica. Por esto lo grabamos al día siguiente en Zaragoza.

 ¿Cómo ve usted que está siendo recibida la música latinoamericana y española en el mundo?

Yo creo que la buena música es bien recibida donde sea. Claro, mi identificación con la música española y con muchas músicas tiene que ver con lo que he vivido… Bueno, pues de español tengo muchísimo; mis raíces son españolas por ambas partes: padre, madre, abuelos. Y bueno, claro, el toro en la sangre ayuda. El tiempo que viví en Rusia me sirvió para entender a los rusos y 10 años que viví en Viena me sirvieron para entender… Lo más difícil de la música es el estilo.

 A propósito de su estancia en Viena, ¿cómo recuerda a su maestro Badura-Skoda?

 Badura-Skoda es hoy en día el sabio viviente más grande que queda de la gran generación de músicos. Es un músico por excelencia. Mucho más que un pianista, es una persona que ve la música desde la más alta dimensión, desde la más alta implicación, con un grado de humanidad único. Tantos privilegios he tenido. Cuando fui a estudiar a París estudié con Magda Tagliaferro, brasilera. Aprendí con ella la música francesa, que ella sabía muy bien, al igual que la música de Villa-Lobos y la música del Brasil. Soy cubano y tengo la música cubana adentro… Entonces, tengo una mezcla poco frecuente que me permite tocar Bach con todos los cuidados, pero también de pronto toco una de mis rumbitas de donde yo nací, que reflejan cómo yo vi bailar a la gente. Eso dice mucho.

Y, ¿qué ha sido el piano en su vida?

Un medio de expresión. El piano es un instrumento; el piano no es nada. Yo pude haber sido pianista, cantante, chelista, igual que otros dicen “bueno, pues mi idioma para manifestarme son los colores”; y tienen un pincel, lápices y pintura… y pintan. Bueno, pues el mío es el piano y me gusta la música, porque así no hay que hablar. Martí, el poeta nacional de Cuba, dijo que “cuando terminan las palabras es que comienza la música». Veo en cualquiera de las artes sublimes la posibilidad de elevar el espíritu hasta donde normalmente no estamos, la posibilidad de sobrepasar una elite.

 

Por: Iván Rodríguez Contreras. Director Tempo