Maxim Vengérov

Entre el Amor y el Odio

«Quienes se hacen una opinión sobre Vengérov, lo hacen con amor o con odio. Lo veneran o lo detestan.»

Vengerovfestival
Foto: de.wikipedia.org

«Quienes se hacen una opinión sobre Vengérov, lo hacen con amor o con odio. Lo veneran o lo detestan.»

Los datos básicos de su biografía están en Wikipedia o en el sitio de su agente, al igual que numerosos videos, largos y cortos, con entrevistas, fragmentos de clases magistrales y presentaciones.

Vengérov es natural siberiano, su padre fue oboísta en la orquesta de Novosibirsk; respecto a su madre, se sabe que dirigía un coro de quinientos y es preciso rebuscar entre variadas fuentes para encontrar que ella trabajaba con huérfanos, y que su destreza para asegurar fondos incluía que las niñas y niños cantaran. Ella habría querido enfocarse en estudiar dirección orquestal haciéndose a un lado del orfelinato, pero el entonces pequeño Maxim tomó el violín antes de cumplir 5 años y ella se entregó a las demandas de un hijo extremadamente talentoso. A los 10 años, Vengérov ya interpretaba música muy seria al lado de orquestas importantes; a los 12, el concierto para violín de Tchaikovsky y en breve comenzó a ganar concursos internacionales. Posteriormente hizo el viaje desde Siberia hasta Moscú, donde cambió su perspectiva provinciana para conectar su portentosa energía con la de una ciudad veloz y atareada. Luego viajó a Polonia, donde encontró que el mundo le ofrecía fronteras cada vez más distantes, pero siguió estudiando y viajando, esta vez a Londres, al Royal College of Music, donde trabó amistad con Rostropovich quien, además de chelista, se desempeñaba como director de orquesta. El artista también se encariñó con Barenboim, cada vez más director y menos pianista, y entre ellos surgió una sólida y duradera amistad.

Tiempo después Vengérov emigró a Israel y prestó su servicio militar obligatorio y, en lo que respecta a su carrera, volvió a las obras fundamentales en el repertorio del violín, como el mencionado concierto de Tchaikovsky. A los 24 años parecía ser el violinista más solicitado para presentaciones en salas y con orquestas del mayor prestigio.

En ese momento, su pasión por el ejercicio físico y su desmedido encanto por las obras en las que pudiera desplegar su potencia muscular producía una musicalidad nerviosa, agitada, violenta, casi histérica. Y esa fue, o incluso sigue siendo, la reacción del público ante su presencia y su sonido. Parece que la mayoría de quienes se hacen una opinión sobre Vengérov, lo hacen con amor o con odio. Lo veneran o lo detestan. Lo subliman o encuentran pruebas de su escaso valor. Pero el Vengérov huracanado y turbulento de 2007 es uno distinto del que se presenta a partir de 2012. Este último es menos fogoso que el joven talento de carrera meteórica que parecía marcar al niño violinista convertido en sólido instrumentista internacional.

La pasión de Vengérov por la halterofilia, una manera elegante de describir el gusto por el ejercicio para aumentar la musculatura, sumada a una lesión en el hombro derecho consecuente con una postura defectuosa, frenaron durante dos años su carrera de violinista en 2007., Luego de verse obligado a parar por completo la práctica del violín,  conoció al cirujano que corrigió el problema de su hombro, y poco a poco, soportando el dolor, regresó al arco. En 2012 hizo su reaparición pública en Londres para remplazar a la pianista Martha Argerich, quien se había incapacitado por un malestar, y al poco tiempo presentó su concierto programado en el Wigmore Hall de esa ciudad.

El Vengérov recuperado, lo es en varios sentidos. Debió reaprender la totalidad de su técnica del violín, se aproximó al violín barroco, comenzó a tocar viola e inició sus prácticas y luego sus estudios de dirección orquestal. Encontró la fuerza para reinventarse y hacer de una condición potencialmente incapacitante, agravada por su práctica de gimnasio, la oportunidad de surgir fresco y novedoso. Volvió a ejecutar y grabar conciertos que había abordado desde muy joven, pero ahora rondando los 40: con la madurez musical para reconocer que en su momento le faltaba lo que esas obras necesitan del intérprete para que suenen bien entendidas, apropiadas por el ejecutante, asimiladas y listas para transmitir una versión con rasgos propios e individuales.

Maxim Vengérov es, en algunos aspectos, un violinista distinto a partir de su retorno en 2012, pero aún capaz de despertar las mismas pasiones encontradas de antes. Él ha dicho que se siente más sosegado frente al repertorio, que tiene menos necesidad de moverse y expresar con una potencia brusca, y sostiene que la música contiene suficiente carga expresiva y que él no tiene por qué exagerarla. Se siente más dócil frente a las composiciones y sus autores. Cree que una buena lectura de la obra, mejor que la que él hacía antes de 2012, le aporta mucho más que una llegada demasiado enérgica a la ejecución.

Entonces resulta diciente que el comentarista del diario londinense The Guardian señalara que el primer concierto de retorno de Vengérov en Londres tuvo un gran despliegue técnico. Con esto le hacía un reconocimiento, pero enfatizaba en que las capacidades  de su musicalidad y sonoridad para emocionar eran escasas. Un mes después, cuando se presentó en el concierto de Wigmore Hall, los comentarios fueron un poco menos ásperos.

Este violinista produce fervores tan encontrados como los de algún comentario que en Youtube se despacha con brevedad y filo: “Qué más puede esperarse de la falta de seso [de Vengérov]”. Entretanto, una comentarista de Classic FM de Inglaterra opina que Maxim es el violinista más grandioso de nuestro tiempo y expresa su confianza en que será otra leyenda entre los violinistas, al lado de Paganini, Joachim y Kreisler, y augura siglos de admiración y disfrute.

Y no es para menos. Su musicalidad lo ha llevado a actuar como solista al lado del más ocupado director ruso de nuestros días, Valery Gergiev. Este director del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, programado para visitar Colombia en 2016 al frente de la Filarmónica de Viena, también lo ha llamado para que dirija su orquesta petersburguesa. Hay que decirlo con claridad: Gergiev no le ofreció la tarea, le pidió que la hiciera. Pero hay más. Según Vengérov, su sonido personal es mucho más rico, más redondo y lleno como consecuencia de haberse ejercitado con la viola. Dice que el sonido más apagado de este otro instrumento, junto con el mayor esfuerzo físico requerido para alcanzar la potencialidad de la viola, le ha enseñado cuánto más puede hacerse con el violín. Y eso que Vengérov toca en el Stradivarius que en algún momento perteneció a Kreutzer, el mismo que, sin ejecutarla nunca, dio su nombre a la célebre sonata para violín y piano de Beethoven.

La abultada agenda del violinista, las frecuentes sesiones de grabación, sus conciertos frente a las orquestas y directores más sonados del momento y una actividad académica progresivamente ocupada serían sólo algunas de las más dicientes muestras de que el siberiano-israelí tiene mucho que decir, bastante para compartir y caudales de conocimiento para impartir a los jóvenes colegas suyos. Sus enseñanzas le resultan estimulantes a una nueva generación que se quiere formar al lado de alguien que proviene de la escuela soviética del violín, una de las más destacadas y sólidas. Como adición, no sobra insistir en que la vida le ofreció, y a la vez le exigió, una segunda oportunidad para rehacer su oficio sobre las bases de lo que había conseguido, pero reimaginándose con una expresión renovada. Vengérov retorna a Colombia para nuestro disfrute, más que para verificar si los de su bando o sus detractores están en lo correcto.

Sus grabaciones del primer periodo se encuentra en un estuche de diecinueve CDs y un DVD del sello Warner como Complete Recordings 1991-2007. Se consigue el DVD Living the Dream en el que, además de tocar, baila tango con una historia de su propia cosecha. Este DVD es apto solo para quienes logran controlar sus niveles de azúcar en la sangre.

Por: Ricardo Rozental, Comentarista musical