Chick Corea

Retourn to Colombia

«Cuando terminó su recital tocando Spain, la gente empezó a cantar la melodía central. Alguien capaz de hacer una frase cantábile en tiempos en que el jazz se supone abstracto y enrevesado, se gana toda la admiración».

Chick Corea 1976
Chick Corea 1976

Cuando el pianista Chick Corea vino por primera vez a Colombia en el año 2001, lo primero que hizo fue un acto subversivo. Salió al escenario del Teatro Colsubsidio y cuando aún no se habían apagado los aplausos, sacó de su bolsillo una pequeña cámara fotográfica y nos tomó varias fotos a nosotros, a su audiencia. Había revertido el orden de las cosas: ¿No se supone que somos nosotros, los fanáticos, los que buscamos hacerle fotografías a nuestro ídolo?, y lo buscamos al precio que sea. Otro pianista genial, aunque menos amigable, Keith Jarrett, es famoso por suspender conciertos al darse cuenta de que lo están filmando. Lo de Chick Corea fue, en definitiva, una reacción sonriente ante un mismo fenómeno.

Yo recuerdo con mucha claridad  la primera vez que lo escuché. Fue en un disco que encontré en la colección de mis padres, Light as a Feather (Polydor, 1973), del grupo Return To Forever. Ahí está el tema “Spain”, que es sin duda su composición más famosa, su aporte al universo de los standards en el jazz. Pero la pieza que más me gustaba era una llamada “Captain Marvel”. Yo era un niño, y resulta que por esa misma época la televisión presentaba las aventuras de un superhéroe llamado “El Capitán Maravilla”. En mi mente infantil, asocié una cosa con la otra y terminé convirtiendo la composición de Chick Corea en la banda sonora de aquellas aventuras televisadas. Y aquel sonido del piano eléctrico Fender Rhodes, y la voz de la cantante Flora Purim, cobraron un extraño sentido pleno desde entonces.

Return To Forever fue la respuesta de Chick Corea a un fenómeno naciente a comienzos de los años 70, el llamado jazz fusión. Junto con Weather Report, y quizás la Mahavishnu Orchestra, conformó el núcleo de un experimento exitoso, que consistía en hacer jazz con los instrumentos propios del rock y con algo de su espíritu también. Los discos de estas agrupaciones se vendían en las mismas cantidades que la música popular y moderna. De hecho, mis padres no eran precisamente coleccionistas de discos de jazz, pero Return To Forever estaba ahí, con total naturalidad, al lado de Santana y The Doors.

La idea del jazz fusión puede rastrearse hasta un disco seminal: In A Silent Way (Columbia, 1969), del trompetista Miles Davis. Chick Corea estuvo en esas sesiones de grabación y recuerda su sorpresa al llegar al estudio y notar que no había ningún piano. Al menos no en el sentido más tradicional de la palabra. “Miles, ¿qué debo tocar?”, le preguntó, y Miles le señaló un aparato que estaba arrinconado y que a Corea le pareció en principio “un piano de juguete”. Era su primer contacto con los teclados eléctricos y de algún modo, encasilló al pianista en la electrónica durante varios años. Algo entendible si volvemos a leer las críticas positivas que recibió el disco al salir. La revista Rolling Stone, por ejemplo, lo aclamó como “algo que no es rock, pero tampoco es el estereotipo del jazz; la clase de álbum que te hace sentir fe en el futuro”.

Pero aunque no pareciera en su momento, a Chick Corea también le interesaba lo acústico. En una entrevista para la revista Downbeat en 2010, recordaba cómo sus inicios consistieron en escuchar y transcribir los solos que  oía en los discos de jazz de su padre. “Hice lo mejor que pude transcribiendo a Bud Powell, Wynton Kelly, Red Garland y más adelante a Bill Evans, McCoy Tyner y Herbie Hancock”. De la lista, Hancock es el único que hizo después algunos experimentos con sintetizadores, pero estamos hablando de sus primeras grabaciones, cuando energía y electricidad no eran sinónimas.

Diez años después de la grabación de “Captain Marvel”, apareció por fin un disco que daba cuenta, no sólo de su pericia con el piano acústico, sino de su interés por las formas más clásicas de la composición. Children’s Songs (ECM, 1984), presentaba veinte piezas breves para piano inspiradas en la infancia, lo cual, al menos en su estructura, recuerda el ciclo de las Escenas infantiles, Opus 15, de Robert Schumann. Y al final del disco había una obra más, titulada “Addendum”, para trío de piano, violín y violonchelo. Quizás desde los Preludios de George Gershwin no se oía un acercamiento tan consciente entre los lenguajes del jazz y la música clásica.

En Chick Corea han convivido múltiples géneros. En los años 90, cuando perteneció a la nómina de artistas del sello disquero GRP, le permitieron liderar a un mismo tiempo una banda ‘akústica’ y una ‘eléktrica’ (la ortografía es la que aparecía en aquellos discos). La estrategia funcionó porque, cualquiera que fuera la preferencia de un oyente, siempre existía la curiosidad de asomarse al otro lado: al fin y al cabo el pianista era el mismo. Y de hecho daba la impresión de que una audición no estaría completa si no se escuchaban ambas bandas.

Y luego tenemos la infaltable rareza de coleccionistas: su álbum The Mozart Sessions (Sony, 1996), en el que interpreta de una manera muy fluida los Conciertos para piano 20 y 23 de Wolfgang Amadeus Mozart. La revista Gramophone, que para muchos es la biblia de la crítica de música clásica, le dio el visto bueno de una manera muy divertida: “Chick Corea se toma a Mozart muy en serio, tocando sus conciertos de un modo casi correcto. Y ese ‘casi’ es lo más interesante”.

Por mi parte, si tuviera que elegir un único momento musical de Corea, sería un recuerdo de aquel concierto de 2001. Cuando terminó su recital tocando “Spain”, la gente empezó a cantar la melodía central. No estamos hablando de una canción con letra; estamos hablando de un tarareo melodioso y, al menos en mi recuerdo, perfectamente afinado. El pianista, entre asombrado y agradecido, levantó las manos del teclado y alentó al público a que siguiera cantando un buen rato. Alguien capaz de hacer una frase cantábile en tiempos en que el jazz se supone abstracto y enrevesado, se gana toda la admiración. De hecho, ese gesto terminó de convertirlo en un superhéroe: el Capitán Maravilla del piano.

Por: Juan Carlos Garay. Periodista, escritor y traductor.