Giorgio Grisales

Arquitecto del violín

«Me interesaría poder dejarle algo a mi país. Quise donar 24 instrumentos de un fallecido lutier italiano, buenos instrumentos hechos a mano, pero no se concretó la donación. Finalmente los doné a Lutiers Sans Frontières, fueron a África».

Grisales
Foto: Mino Biocchi

El nombre de Antonio Stradivari pertenece a ese selecto grupo de personalidades que logran traspasar las fronteras de su oficio, y así, convertirse en íconos universales; en una especie de sinónimos de su arte. Los violines construidos por Antonio Stradivari, además de ser una leyenda, son unreferente del arte de la construcción de instrumentos. El concurso de lutería más prestigioso lleva el nombre del lutier Italiano: la “Trienal Internacional de Cremona Antonio Stradivari”, y para sorpresa de muchos, uno de sus concursantes galardonados es un colombiano. Su nombre es Jorge Humberto Grisales.

Giorgio, como es conocido en el mundo de la luteria, llegó a Cremona hace más de treinta años. En esta ciudad algunos siglos atrás, dinastías como los Amati, los Guarneri y los Stradivari, hicieron de ella la cuna mundial de la construcción de instrumentos de cuerda frotada. Grisales se graduó como constructor de violines, violas, violonchelos y contra- bajos en la hoy llamada Scuola Internazionale di Liuteria del Istituto d ́Istruzione Superiore Antonio Stradivari; en la Scuoa Cívica di Liuteria di Milano obtuvo el diploma de conservador de bienes culturales y museales de instrumentos musicales y en la Regione Lombardia, el de Maestro Arquetero.

Actualmente es el consejero para asuntos internacionales del Consorzio Liutai Antonio Stradivari de Cremona, expandiendo, por encargo del gobierno italiano, el arte de la luteria cremonesa a países tan distantes y disímiles como Estados Unidos, China y Corea del Norte; además, Grisales ha sido comisionado por la Fundación Nipón de Tokio para la construcción de un cuarteto de cuerdas. En la siguiente nota, el maestro nos cuenta cómo desde una pequeña esquina de Cremona, en donde inició su taller, llegó con el tiempo a representar ante el mundo a la ciudad considerada la cuna del violín.

En Cremona hay 165 talleres de enseñanza, porque la ciudad entera enseña la lutería. Normalmente los alumnos van por todos los talleres. Si me hablas de lutería te puedo decir que todas las ciencias están aplicadas. Todo se relaciona: en los módulos mecánicos del violín, en el tratamiento de la madera, de los barnices, de los colorantes. Física, biología, matemática, química… sobre la química de los barnices podemos hablar horas enteras. También son muy importantes los ciclos de la luna. Nos interesa que el árbol tenga la linfa en el extremo al momento de cortarlo por- que esto impide que a la madera le entre el comején. Además, los ciclos lunares nos indican el momento preciso en que debe ser cortada.

A propósito de las maderas, ¿cómo es su proceso de selección?

Llevo 30 años comprando madera porque desafortunadamente la madera para los instrumentos se está acabando. Con el nuevo auge chino, la producción de madera es difícil. Los chinos están comprando todo, están arrasando los bosques, ya era bastante difícil encontrarla, ahora más, cuando ellos llegan y compran bosques enteros de árboles.

En los árboles que he tenido oportunidad de ver, he calculado edades mayores a 300 años. Se traen, se cortan, se espera, es un proceso muy largo. En mi taller no se usa madera de menos de 20 años, son las maderas que compré hace mucho tiempo y ahora estamos usando. El tema de la madera es muy importante: saberla secar, saberla añejar, saberla tratar.

Usted fue galardonado en la “XI Triennale Internazionale de Cremona” por un contrabajo. ¿Cómo fue la historia de este instrumento y la selección de la madera?

Complicada. En la fabricación empecé con un modelo Landolfi. Cuando se llega a ese nivel de modelos es porque se entienden

formas que no son las primitivas de la lutería. Landolfi es un modelo complicado de un autor italiano y basado en este comencé a diseñar mi modelo, transformándolo, apoyándome en la proporción áurea. Entonces logré sacar una forma muy interesante. Después comencé a buscar la madera y descubrí que mi modelo era muy grande, pero no quería cambiar. Busqué en medio de toneladas de madera hasta que encontré la madera ideal.

¿Qué premio recibió?

Obtuve una medalla de plata y declararon desierto el oro. Todo el mundo entendió que era un juego político, porque Jorge Grisales llegó a Cremona y con esfuerzo y trabajo se consiguió su esquinita. Allí empecé, cada vez más grande. La gente lógicamente dice: “cómo que llegó un colombiano y nos va a ganar el concurso internacional, cómo le vamos a dar el oro. Le damos la plata”. Pero lo mejor para mí fue cuando el primer contrabajo de la Orquesta de Kioto decidió llevarse mi contrabajo.

La Casa Christie’s subastó en 2006 un Stradivarius por 3,5 millones de dólares. ¿Ocurre algo similar con los instrumen- tos construidos por prestigiosos lutieres en la actualidad?

Pues algunos de mis instrumentos ya han sido subastados en Londres. Yo represento a Cremona en el mundo haciendo marketing del Consorcio Internacional Anto nio Stradivari de Cremona, un consorcio de lutieres. Eso me ha enseñado que un instrumento puede ser una excelente in- versión, sea nuevo o antiguo. No he visto nunca violines construidos a mano que regresen en su precio, al contrario, siempre aumentan. Es interesante. En el campo de instrumentos antiguos llamamos a este tipo de inversión Bene Refuggio, porque es un medio para invertir mucho dinero en un objeto que ocupa poco espacio.

¿Cómo empieza la internacionalización de la marca Grisales en el mundo?

La necesidad tiene cara de perro. No sien- do un oriundo italiano, los grandes comerciantes de lutería no me miraban; si cuento las anécdotas con el pasaporte colombiano es como para morirse de tristeza. Esa falta de mercado me impulsó a empezar a viajar. Me iba a Suiza, Alemania, Inglaterra. Comencé a conocer comerciantes nuevos y se dieron cuenta de que mis instrumentos funcionaban bien y empezaron a comprar. Me acuerdo de una anécdota muy interesante: yo había presentado una viola al Concurso Internacional de Cremona. El jurado, en el que estaban varios cremoneses, miró inmediatamente de dónde había llegado la viola y la descartaron. Fue muy triste, pues le había dedicado el alma. En esa época tenía un local pequeñito con una vitrina y colgué el instrumento ahí. De pronto tocan a la puerta; entró un oriental y me dijo: – quiero ver ese instrumento. Le dije: -Era para la trienal. Me lo descarta- ron. Él me dijo: -Pura política. Inmediata- mente me lo pagó y me encargó otro. Era uno de los comerciantes más fuertes del mundo en ese momento. En parte gracias a que logré abrir mi propio mercado, fui comisionado por el Consorcio para internacionalizar la lutería de Cremona.

Luego de la viola yo seguía trabajando con un maestro. Hacia instrumentos sin barniz; él los barnizaba y los vendía. Estaba convencido que los vendía como instrumentos de estudiante. El maestro estaba fuera y uno de mis instrumentos quedó colgado en el taller. Cuando regresé lo vi con las primeras manos de barniz, cogí el instrumento para ver mi trabajo, cuando lo volteé y miré por dentro vi que la etiqueta y el timbre del maestro estaban allí. Ese día recibí mi dinero; yo vivía con eso. Me fui para mi casa y pensé: “si él usa un violín mío y le pone su nombre significa que mi trabajo vale”. Me costó hambre y tristeza, porque mi vida no fue fácil allá, pero lo logré y jamás volví a trabajar para otra persona.

¿Cómo ha sido su trabajo al frente del Consorcio Internacional de Cremona?

He creado cosas interesantes como La Cremona Road Shop, a través de la cual se presta una exhibición que continuamente está llevando instrumentos nuevos de Cremona a diversas ciudades de Estados Unidos. Soy el que firma los contratos con Estados Unidos, Corea y China; fui el primer lutier en entrar a Corea del Norte; acabo de firmar un contrato con una empresa en Washington para comprar los instrumentos del Fondo Social de Lutieres, que fundamos al ver la necesidad de proteger lo que hacemos a través de un pro- ceso de certificación, porque los chinos han falsificado todo. Inclusive, diez días después de ganar la trienal ya había en la Feria de Shanghái un contrabajo modelo Giorgio. Ellos lo conocían, ¡lo sacaron de la foto oficial del catálogo!

¿Dónde está ese instrumento?

Ese instrumento lo toca el primer contra- bajista de la Orquesta Sinfónica de Kioto. Es un bello instrumento.

Y luego de todo lo que ha hecho alrededor del mundo, ¿ha pensado hacer escuela en Colombia?

Foto: Mino Boiocchi

He intentado donar un cuarteto clásico a la ciudad de Medellín, decorado, como en la época de Amati, pero no ha habido quien lo reciba. También hemos intentado abrir una escuela de lutería, pero tampoco ha sido posible. Nadie es profeta en su tierra, dicen por ahí.

¿Pero en Colombia existen instrumentos suyos?

Sí. El primer violín que vendí en Colombia lo vendí en mi ciudad, Medellín. Al violinista David Hoyos. También Maximiliano Jaramillo tiene un instrumento mío. He regalado y donado violines a través de Adrián Chamorro para el Concurso Olga Chamarro. Hay pocos, pero los hay.

 Por: Iván Rodríguez Contreras, Director Tempo