EL TEATRO COLÓN

Nuestro teatro de la ópera

El Teatro Colón: El escenario por donde ha pasado la historia de la ópera en Bogotá durante 125 años.

Por Javier Hernández Cruz

La Ópera de Colombia o las compañías itinerantes de la Scala, el Metropolitan de Nueva York o la Ópera de Rio de Janeiro demuestran que el Colón es sinónimo de ópera para los bogotanos.

Por este escenario han pasado espectáculos excelentes (bastantes), buenos (muchos), regulares (algunos) y una que otra actividad con un “tufillo” político (más de dos ya son malas y demasiadas). Pero es nuestro teatro de ópera por excelencia. ¿Por qué? Muchas son las razones. Así, como para comenzar, un abrebocas pequeño pero significativo: su telón de boca.

Este telón es una gran pintura que fue encargada, directamente, por el presidente liberal (aunque de corte conservador) Rafael Wenceslao Núñez al artista italiano Annibale Gatti. Fue traído desde Europa para la inauguración del escenario en 1892. En la pintura se destacan las figuras de indígenas, conquistadores y uno que otro campesino colado, esto último como para darle el barniz integracionista necesario para la celebración con la que se inauguraría el teatro: el cuarto centenario del Descubrimiento de América.

Pero más importante que esto, son las más de 30 referencias a personajes de ópera, entre los que uno puede distinguir, así por encima y sin mucha pericia, a Otello, Figaro, Don Juan y Fausto. Personajes premonitorios que nos dan una referencia de algunas de las óperas que se representarían en este escenario a partir de su apertura y que enriquecieron la historia de la ópera en Bogotá.

Otra razón. Hace 225 años, el sitio donde se encuentra hoy el Teatro Colón, ya estaba consagrado a las artes y la diversión. En octubre de 1792 se inauguraba su antepasado, el Coliseo Ramírez, cuya función era, según sus fundadores, “ser la casa de comedias de una ciudad que carecía de escenarios donde el público pudiera divertirse”.

En aquel entonces, ya estaba establecida la tradicional forma de herradura, tan característica de los teatros de ópera del mundo. Tenía platea y tres pisos de palcos, pero carecía de la belleza del teatro actual. De hecho, era el edificio más feo de la ciudad, según nos cuenta Isaac Holton, un viajero que es citado en el libro Teatro en Colombia: 1831-1886 de Marina Lamus Obregón:

“Es nada menos que el teatro, donde los vendedores, los empleados y las guarichas se convierten en actores los domingos y otros días festivos por la noche, cuando la gente tiene tiempo de ir al teatro y ellos de actuar. Como nunca fui, no puedo decir si el interior es tan feo como la fachada, pero sí observé que se tuvo en cuenta la ventilación, pues el techo posee las mismas aberturas que dejan escapar el humo y el vapor de las cocinas”.

Por casi cien años, ese vetusto antepasado vio pasar la vida cultural de la ciudad. Comedias, sainetes y, por supuesto, gran cantidad de óperas desfilaron por ese coliseo que cambió varias veces de dueños. Allí, por ejemplo, se estrenó Florinda, una de las primeras obras colombianas en este género, compuesta por José María Ponce de León con libreto de Rafael Pombo. También pasaron las famosas óperas italianas que contribuyeron a moldear el gusto de la afición bogotana del siglo XIX.

Pero los avatares de la política y una planta física en deterioro conspiraron para el fin de ese escenario. Fue solo hasta 1885, por iniciativa del gobierno de aquel entonces, que se dio vía libre para que surgiera la joya arquitectónica que existe hoy. Se expropió y demolió el viejo coliseo y surgió el Teatro de Cristóbal Colón, nombre otorgado con motivo de la gran celebración de 1892.

Tras el punto de quiebre que significó la inauguración del Teatro Colón en la historia de la ópera en Bogotá, comenzó una nueva etapa para el arte lírico. Por fin existía un escenario digno para la ópera, con todo lo que esto implicaba. Ya existía un escenario para el espectáculo musical y para el espectáculo social que inevitablemente venía asociado al arte lírico casi desde su creación. Los palcos, la platea, el telón de boca, los cantantes, la tramoya, todo estaba listo.

En octubre de 1895 la compañía lírica italiana de Augusto Azzali subía a escena con una pequeña temporada de ópera de 48 días de duración. Comenzaba con la ópera Ernani de Giuseppe Verdi. José Vicente Ortega Ricaurte recordaba así esa presentación en su Historia crítica del teatro en Bogotá:

“La sala del hermoso teatro estaba de bote en bote. En el palco presidencial, sonriente, saludaba don Carlos Holguín, con ademanes cordiales a las personas que estaban en la platea. En los palcos hallábanse grandes figuras políticas de aquel entonces y bellas damas de nuestra mejor sociedad. Eran algunos ancianos de cabellera blanquísima como la nieve del Tolima, y eran mujeres que con su lujo y belleza daban un aspecto imponente a aquella sala”.

Durante 125 años el Teatro Colón de Bogotá ha sido testigo de los sueños, triunfos y derrotas de las empresas operáticas extranjeras y colombianas. Cientos de cantantes e intérpretes de todos los tipos hacen parte de las otras razones que hacen de este el escenario incuestionable para la ópera.

Gran cantidad de anécdotas documentan el paso de grandes solistas por el escenario. Como dato curioso, no puede dejarse de lado el hecho de que algunos de esos intérpretes se vieron afectados por el clima bogotano. No obstante, se sobrepusieron y dejaron hasta el alma en el escenario del Colón.

Ejemplo de esto es el paso por Bogotá del barítono Titta Ruffo en 1924, o el tenor wagneriano Lauritz Melchior en 1942, también el del tenor norteamericano Jan Peerce, en la exitosa temporada de la Metropolitan de Nueva York en 1952, o de Ferruccio Tagliavini en 1962. Ahora bien, también es una curiosa casualidad que estas grandes figuras estuvieran en el Colón en intervalos de diez años.

Sobre los pesares de salud de Ferriccio Tagliavini y la reacción del público a su presencia o ausencia, nos describe la situación Otto de Greiff en su columna del 21 de junio de 1962:

“Desde temprano se supo que el artista italiano aún no estaba suficientemente repuesto de sus dolencias como para afrontar la parte (por otra idem muy movida) del Conde Almaviva en la siempre viva partitura rossiniana… Gentes hubo que prefirieron la devolución total, suponiendo que en la nueva forma la representación habría de desmerecer considerablemente.”

Ferruccio Tagliavini tenor de la Ópera de Río – 1962. Archivo Teatro Colón

También hacen parte de esta historia de la ópera que ha pasado por el Colón, la llegada de decenas de compañías extranjeras con resultados diversos. A la ya mencionada llegada de la compañía itinerante del Met se suman los solistas de la Piccola Scala de Milán en 1958 o de la Ópera de Rio de Janeiro, “con y sin Tagliavini”, como se decía en esa época. También compañías menos exitosas, cuyos solistas muchas veces se quedaron en Colombia y fueron la base para la creación de compañías colombianas.

Y es este asunto, precisamente, otra de las razones por las cuales el Teatro Colón es sinónimo de ópera en Bogotá. Desde las iniciativas de Adolfo Bracale en 1922 hasta la actual Ópera de Colombia, este escenario ha visto el surgimiento y consolidación del ánimo nacional para hacer ópera. No sólo han pasado montajes de las óperas de siempre, sino que se han visto, aunque en menor medida, estrenos como los de la ópera La princesa y la arveja del colombiano Luis Antonio Escobar en 1958.

Ahora bien, si es cierto que a Bogotá han llegado artistas internacionales en diversas etapas de sus carreras (algunos comenzando, otros en el ocaso), el Teatro Colón ha sido el fértil semillero de talentos colombianos en el campo de la lírica en el siglo XX y XXI. Hombres y mujeres que han logrado tener una carrera internacional reconocida. Nombrarlos a todos es imposible, así que perdón por aquellos que se quedan por fuera. Carlos Julio Ramírez, Martha Senn, Valeriano Lanchas, Carmiña Gallo, Juanita Lascarro, Marina Tafur, Zoraida Salazar, María Pardo, Betty Garcés, Francisco Vergara, Manuel Contreras y tantos otros que por cuestiones de espacio sería imposible mencionar.

1916 Wagner en el Colón

Y una última razón para llamar al Teatro Colón nuestro teatro de la ópera, a la mejor usanza de la Ópera de Viena o el Teatro alla Scala de Milán, guardadas las proporciones, por supuesto, es el repertorio. Las óperas que han pasado por este escenario han visto la evolución del público capitalino. Grandes óperas, aunque con montajes limitados al estilo de Los Hugonotes de Meyerbeer o Lohengrin de Wagner en la primera mitad del siglo. También está el repertorio de siempre: la trilogía verdiana Rigoletto, La Traviata y El Trovador. Puccini con sus Madama Butterfly y Tosca. Y cómo olvidar el repertorio francés con su casi único caballito de batalla, Carmen de Georges Bizet.

En las últimas décadas el público operático del Teatro Colón ciertamente ha variado su gusto. Hace rato no se ven los “verdis” o “puccinis” obligatorios de antaño. En las últimas décadas hubo espacio para Fausto de Gounod, Macbeth de Verdi, Fidelio de Beethoven o Turandot de Puccini por mencionar algunas. El 2017 marcó el retorno de un grande

y viejo conocido del teatro: el gran director de escena alemán Willy Decker. 35 años atrás estuvo en la temporada de ópera de 1982. Pero este año regresó con el impresionante montaje de Otello de Verdi, uno de los títulos más complejos que ha llegado a la escena del Teatro Colón.

“Nuestro Teatro de la Ópera” llega así a sus 125 años, y aunque quien escribe estas líneas extraña últimamente algo del repertorio de Strauss y de otros títulos del siglo XX, poder celebrar más de un siglo de su existencia es motivo de alegría para nosotros, los amantes de la ópera.