2014

Año con propuestas eventualmente históricas

Al finalizar el 2013 afirmé que había sido un año histórico y que sería difícil superarlo. No obstante, el 2014, aunque no contó con orquestas ni actividades comparables, ofreció sí manifestaciones y propuestas tan atractivas e importantes que podrían ser la base de una consolidación verdadera de nuestra actividad musical.

En lo que no hubo diferencia con el 2013 y se mantuvo la misma deficiencia fue en el tema de la crítica y los comentarios musicales, sin contar, desde luego, las notas publicitarias o free press de cada anunciante. Como no faltará quien diga que exagero, señalo de una vez que la gran mayoría de todos los que voy a citar más adelante como logros del año, pasaron inéditos.

Aclarando que no presencié todos los eventos que menciono y que su relevancia obedece a un criterio netamente subjetivo, mi balance comienza por confesar que, para mi gusto, en lo que hace a proyección, novedad y profundidad, el año musical bogotano tiene como líder indiscutible a la Orquesta Filarmónica de Bogotá, con su Directora Titular Ligia Amadio y su Director General, David García.

En programas que representaban un altísimo desafío musical, la OFB ofreció obras fundamentales, poco frecuentes en el repertorio orquestal. Sin ser exhaustivos, valga mencionar la Suite en 3 Movimientos de la ópera Wozzeck de Alban Berg; el Concierto para oboe, Vida de Héroe, Muerte y Transfiguración y otras obras de Richard Strauss; la Sinfonía 7 de Sergio Procofiev; el Concierto para violín y orquesta en Si menor de Edward Elgar, con Schlomo Mintz, uno de los más grandes violinistas del momento, que una semana después dirigió el concierto para orquesta de Bela Bartok; la Passacaglia Op. 1 de Anton Webern, las Canciones del caminante de Gustav Mahler, la Suite de Peleas y Melisande de Arnold Schoenberg, además del Concierto para fagot de Kurt Weill, Uirapurú de Heitor Villa-Lobos, el Concierto para piano de Scriabin el Concierto para violín de Samuel Barber y el Concierto para violín y orquesta de Carlos Chávez. Solo con esto, se lleva todas las palmas.

Sin embargo hay que destacar además que, aparte de las  Seis microestructuras de Germán Borda, la orquesta nos permitió oír o volver a oír obras de otros compositores colombianos, entre ellas el Vallenato sinfónico, Concierto para piano y el Concierto para 5 timbales de Jesús Pinzón Urrea, la Suite sinfónica de Luis Carlos Figueroa, Tres canciones de Alex Tobar, la Pequeña Suite de Adolfo Mejía, Eventos rítmicos de Luis Pulido, Homenaje a Girolamo Frescobaldi de Blas Emilio Atehortúa, la Misa sacerdotalis de Francisco Zumaqué, Introducción y bambuco sobre un tema de Campoverde de Fabio González Zuleta y hasta una propuesta de Porro filarmónico sin censura con Juancho Torres y su Orquesta como invitado.

Por el lado de la actividad operática, la organización del proyecto Ópera al Parque, a cargo de la OFB, asumió propuestas que todavía me generan profunda admiración, no sólo por su novedad sino porque, además, nadie se ocupó de escribir un comentario serio acerca de ellas. Por si el lector no tuvo la fortuna de enterarse en su momento, espero que comparta mi opinión de que las siguientes son, sin lugar a dudas, propuestas de gran trascendencia.

La Universidad Central presentó el proyecto Prima la Musica e Poi le Parole de Antonio Salieri; la Javeriana Amor, guerra y paz, “encuentro” de tres óperas: Rodrigo de Haendel y La clemencia de Tito y la Flauta mágica de Mozart; la Universidad del Norte, Bastián y Bastiana de Mozart; la Universidad de los Andes Trial by Jury de Gilbert and Sullivan,  la Corpas Signor Deluso y The Goose Girl, ambas del compositor moderno Thomas Pasatieri, y la Pedagógica La vie parisienne de Jacques Offenbach.

Si a esto se suman, además, las hojas de vida de los directores participantes –uno de ellos, por ejemplo, asistente de Patrice Chéreau en la ópera Tristán e Isolda que Daniel Barenboim dirigió en la Scala de Milán–, no me cabe duda de que, a falta de una política cultural que las estimule, esta sumatoria de propuestas es resultado de loables esfuerzos individuales y colectivos universitarios, que claman por políticas nacionales que  estimulen y canalicen su extraordinario potencial.

Continuando con las propuestas de la OFB, esta, en asocio con el Teatro Libre, estructuró en agosto un Festival de Música de Cámara que incluía respectivamenete en cada una de las cinco sesiones al Cuarteto M4nolov, el Quotidian Brass (Universidad Javeriana) y Quitango, el Ensamble de Música Barroca (Universidad Central) y el Quinteto de Metales Lituus Brass, y el EEVA, Ensamble de Exploración Vocal de los Andes (Universidad de los Andes) y el Cuarteto de Cuerdas Efferus y, finalmente, la Orquesta Filarmónica Juvenil de Cámara y el Linos Trío. Esto es, a todas luces, una muestra diciente de la actividad de cámara que están desarrollando los centros educativos de la capital.

Aunque un evento de esta naturaleza motiva de nuevo la exigencia de una acción que no le permita quedarse en la sombra, sí se hubiera podido esperar siquiera algún comentario posterior.

Si bien no fue una realización de 2014 sino de años atrás, fue a fines del año reseñado cuando tuve la oportunidad de ver una retransmisión por televisión del famoso Con-cierto Cerebro, que la OFB, con la participación del científico colombiano Rodolfo Llinás, cuya profundidad, calidad y seriedad lo convierten en una obra que, a pesar de las fallas de la producción visual, no dudaría de calificar como maestra y de calidad internacional.

Ya no en el ámbito de la OFB, pero sí en el de la música de cámara, la Universidad Nacional, a través del Conservatorio de Música (llama la atención volver a encontrar en el afiche promocional el antiguo nombre, en vez de Departamento de Música), en asocio con la Universidad de los Andes, organizó entre el 20 y el 27 de octubre el Primer Festival Internacional de Cuartetos de Cuerda y Taller de Composición, que reclama otra vez la acción estatal para que no quede en el olvido. En este evento se presentaron el Miami String Quartet, el Cuarteto Fauré, el Cuarteto Q-arte (de la Universidad Nacional), el compositor argentino Gustavo Leone, la violoncelista venezolana Cecilia Palma Roldán y nuestros violinistas Luis Darío Baracaldo y Leonardo Federico Hoyos.

Creo que el lector estará de acuerdo en que estas actividades son de importancia innegable para el medio musical de Colombia. Y digo de Colombia porque me niego a aceptar que estas propuestas se circunscriban solo a la capital y no se proyecten a todo el país.

Manteniendo mi criterio subjetivo, a mediados del año, sin pena ni gloria, exceptuando tal vez el ballet de la noche de apertura, se reinauguró el Teatro Colón, supuestamente eje de nuestra tradición escénica y musical.

Y hablando de las salas de música, debo destacar en marzo la presentación del Cuarteto Quiroga en la Luis Ángel Arango, con un programa histórico que incluyó obras de Haydn  (Cuarteto Op. 20 n.° 1), Bartok (Cuarteto  n.° 3) y Schoenberg (Cuarteto en Re), y en abril el importante recital de Cristina Ortiz.

En el Teatro Mayor, aparte de las presentaciones de la OFB, fue notable la del grupo de cámara Jerusalem Chamber Music Festival,  conformado por Elena Bashkirova, Michael Barenboim, Axel Wilczok, Madeleine Caruzzo y Timothy Park, que en junio tocó obras de Schnittke y Webern, además del Cuarteto en Sol, K. 478 de Mozart y el Quinteto con Piano en Mi, Op. 44 de Schumann.

Mención especial merecen la Sinfónica Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel, con la Novena Sinfonía de Mahler, y la Philarmonia Orchestra del Reino Unido, bajo la batuta de Vladimir Ashkenazi, con el pianista Nelson Freire.

No se puede omitir de este recuento el bellísimo recital de música sefaradí, ofrecido por Vanessa Paloma el 21 de septiembre en el Auditorio Teresa Cuervo Borda del Museo Nacional.

Finalmente, y en la medida de mi profundo interés por las «propuestas propias», creo que las que estructuran (uso el término muy a conciencia, en vez de dirección o puesta en escena) Rolf y Heidi Abderhalden son importantes para demostrar la consolidación de la capacidad creativa  nacional.

Independientemente de considerarlo una especie de “competencia desleal”, no se puede ignorar en este balance los ciclos de ópera en alta definición del Met de Nueva York, destacando, al azar, el Werther de Massenet, Las bodas de Fígaro de Mozart, el Macbeth de Verdi, la Carmen de Bizet y Los Maestros cantores de Wagner.

El año terminó con dos notas importantes. Una, el premio a Ian Frederick por su obra Translucidez que, tal vez por contagio de la crónica deportiva, a raíz de los triunfos de Nairo y James, un periódico local tituló “Un bogotano, el mejor compositor para orquesta», con el subtítulo «El Ministerio de Cultura catalogó a Ian Frederick como el creador de obras más destacado a nivel internacional”.

Otra, la publicación en UN Periódico n.° 184 del artículo de Mónica Escobar Mesa «Guardianes visuales del patrimonio musical colombiano», sobre el documental Rosa Ventorum, que recoge la trayectoria del organista colombiano Rodrigo Valencia por las catedrales del mundo, realizado por el grupo Interdís de la UN, que en el mes de noviembre “se llevó las palmas en dos festivales cinematográficos en Indonesia”, además de haber recibido los premios Simón Bolívar, India Catalina y otras seis distinciones. Este grupo, como asegura la investigadora Galina Likosova, parte de reconocer que «lo más importante es cumplir con nuestra misión de recuperar, conservar y difundir el patrimonio musical de Colombia”.

Así las cosas, concluyo insistiendo en la necesidad de que todas estas sorprendentes propuestas y su maravilloso potencial se vean amparadas por políticas nacionales serias y, ojalá, sean objeto de alguna crítica.

Por: David Feferbaum. Cofundador Centro de Documentación Musical.