SONNY ROLLINS

EL CHISTE Y LA VERDAD

“Siempre vestíamos elegantes: traje de rayas, sombrero de copa baja, corbata de seda. Como para compensar el hecho de que nos la pasábamos tocando jazz en un sótano”.

https://en.wikipedia.org/wiki/Sonny_Rollins#/media/File:Sonny_Rollins.jpg
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El sentido del humor es algo tan relativo que, como decía el caricaturista Antonio Mingote, “es más inteligente y humorístico eludir su definición”. ¿Acaso hay terrenos en los cuales es mejor no hacerse el gracioso? A juzgar por los recientes sucesos, el jazz no compagina muy bien con el humor, o con una categoría del humor, que es el sarcasmo.

Hace unos meses la revista New Yorker publicaba un artículo firmado por el cómico Django Gold cuyo título despistó a más de un lector: “Sonny Rollins en sus propias palabras”. Era una burla abierta al modo de vida del músico de jazz que utilizó el nombre de un artista vivo y activo. Sonny Rollins, nada menos. Uno de los más importantes intérpretes del saxo tenor de toda la historia, capaz de crear solos inspiradísimos en formato de trío o cuarteto (o incluso sin acompañamiento, como se le puede oír en The Solo Album), y en todas estas facetas dueño de un sonido que el fanático del jazz identifica con entusiasmo.

La pieza de humor del New Yorker tiene buenos momentos, como aquel que relata:

“Hubo una noche, en 1953 o 1954, cuando acabábamos de tocar en el Club Carousel y estábamos empacando. En ese momento llegaron Bud Powell y Charlie Parker. Entonces nos pusimos a improvisar juntos por cinco horas, hasta el amanecer. Fue el peor día de mi vida”.

Ese es el tono. Jugando con el estereotipo del jazzista libre y medio loco, cierra con una frase inesperada que le da un giro repentino a lo creíamos entender como lectores. Igual que este otro fragmento:

¿Cuál fue el problema, entonces? La manera ambigua como se presentó el texto, no dejando claro si el verdadero Sonny Rollins estaba o no detrás de esas líneas. El texto circuló inicialmente en redes sociales como si fuera de veras una confesión del músico octogenario. Pocas horas después vinieron las reacciones energúmenas: que se trataba de una burla al jazz, que era un acto de crueldad con el legendario saxofonista, que era un nuevo intento de asesinar una expresión artística (a lo que el autor del texto contestaba a la semana siguiente en la revista Newsweek: “No creo que hubiera tenido éxito si esa fuera mi intención. La idea de que 500 palabras puedan acabar con todo un género musical es de lo más irreal”). Incluso el crítico de jazz Ted Gioia parecía haberlo tomado a nivel personal cuando declaró: “Ese texto está por debajo de la sátira. Parece un mal artículo de día de los inocentes”.

Al final, quien resultó más sensato fue el propio Sonny Rollins. Con todo el escándalo en pleno furor, un documentalista lo ubicó en su casa de Woodstock y le preguntó directamente si había leído la pieza. ”Sí, me pareció graciosa”, responde Rollins en un video que se puede ver en Youtube, y que no lo muestra de traje y sombrero, sino en la informalidad de su hogar, con una camisola roja y un gorro de lana. “No es sólo sobre mí, es algo punzante con el jazz. Me recordó esas sátiras finas de la revista Mad. Está bien”.

Cuando el entrevistador le hace ver que mucha gente pensó que eso lo había escrito él y no un comediante, el gesto de Rollins cambia  “Que hayan personas, particularmente jóvenes estudiantes de música, que piensen que yo dije esas estupideces, eso sí me hiere”.

Lo cual nos lleva a otra de las características del jazz, contraria a los estereotipos: la sinceridad. La jornada de un jazzista parece más glamorosa a ojos del público que a ojos de quien la vive. Para usar los términos sarcásticos de Django Gold, sí, por un lado están las corbatas de seda y por otro la realidad de tocar en un sótano. Y agreguemos que esos sótanos no siempre son el Village Vanguard o el Iridium de Nueva York. Pero si dedican su vida a hacerlo es porque creen en su arte, porque la música misma les proporciona el motivo.

Hay una imagen de Rollins que se menciona en varios libros de historia del jazz. Lo muestra caminando de un lado a otro del puente de Williamsburg sobre el East River, tocando su saxofón como si nada más importara en este mundo. Era 1959 o 1960 y el músico ya se había consolidado con discos que hoy siguen siendo imprescindibles, como Saxophone Colossus. Pero le huía al conformismo. Se había retirado de la actividad de conciertos y grabaciones porque sentía la obligación de sonar cada vez mejor. Varias veces al mes hacía ese paseo para practicar y autoevaluarse. Solamente él sabía a dónde llevar su sonido si quería ser sincero consigo mismo. Jimi Hendrix solía decir que no hay mentira en el arte, que en todos los idiomas se puede mentir, pero en la música es imposible.

A pesar de todo y como al parecer existe un equilibrio universal, recientemente el nombre de Sonny Rollins ha vuelto a salir en las noticias, ya no por ser víctima de un chiste sino por lo contrario, por tomarse el jazz en serio. La Academia de Artes y Ciencias de la Grabación decidió que este año le haría un homenaje incluyendo su álbum The Bridge en el Salón de la Fama de las mejores grabaciones de todos los tiempos, al lado del Are You Experienced de Jimi Hendrix y de otros 900 discos que han ido entrando en los últimos cuarenta años.

No sé si The Bridge sea el mejor de sus discos, pero es una joya de retrato de 1962, un año que trajo documentos tan exitosos como el Jazz Samba de Stan Getz o las grabaciones de Ella Fitzgerald con la orquesta de Nelson Riddle. Nuevas repúblicas africanas ganaban su independencia . Debutaban el Hombre Araña en los cómics y el agente James Bond en el cine. Había algo así como optimismo en el aire. Sonny Rollins regresaba de su retiro y esta era su primera grabación para la RCA Victor. Estrenaba compañeros de grupo (Jim Hall en la guitarra, Bob Cranshaw en el contrabajo, Ben Riley en la batería) y quería dejar un registro de aquel momento a través de su saxofón. The Bridge suena fresco, juguetón, es fácil de oír sin que ello signifique que haya concesiones. Sí, es un Sonny Rollins honesto. No muy diferente al que hace apenas unos meses, medio confundido por toda la agitación mediática insistía: “Hay algo que tiene el jazz: el sentimiento, la síncopa, el espíritu. Es lo que hace que la gente se sienta bien”.

Por: Juan Carlos Garay. Periodista, escritor y traductor.