Vela del Campo y Macias Navarro

El crítico y el músico

El oboísta español Lucas Macías Navarro representa un caso atípico para el legado musical de su país, el cual se asocia con mayor frecuencia al mundo de la ópera, la zarzuela, la guitarra y el cante jondo.

Andalucía, la tierra del flamenco puro y duro, la misma en que nacieron Paco de Lucia, Camarón de la Isla y Chano Dominguez, es su tierra natal. Estos nombres, unidos a los de varias personalidades de la ópera española como Plácido Domingo y Monserrat Caballé, nos dan una idea de lo singular que puede ser la figura de un oboísta español en la cima de la música mundial. Luego de ser escogido por Clau dio Abbado para ocupar el atril principal de varias de las orquestas que dirigió en el último periodo de su vida, ejerce en la actualidad como solista de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam.

Macías Navarro estuvo presente en el II Festival Internacional de Música “Bogotá es Mozart”. A continuación les ofrecemos la conversación que mantuvo con otro invitado de lujo presente en el Festival, el periodista Juan Ángel Vela del Campo, galardonado en el año 2.000 con el Premio de la Crítica de Música y Teatro otorgado por el Fondo de Cultura de Salzburgo.

Juan Ángel Vela del Campo: Es curioso. Nos enteramos de que el instrumento que realmente te interesaba en un principio no era el oboe sino la flauta. ¿Qué nos puedes contar de eso?

Lucas Macías Navarro: La flauta y el clari- nete fueron los primeros instrumentos que conocí; de hecho, la primera vez que de niño oí hablar a mi papá del oboe le pregunté si se refería a un instrumento al que le salía un alambre largo y enrollado, pues por mi men- te pasaba el fagot. En el colegio mis amigos tocaban la flauta dulce, y yo pensaba: “bueno, empezaré por la flauta”. Sucede que mi padre en esa época ya era un gran fan del que más tarde sería mi profesor, Heinz Holliger, quien es responsable de la evolución del instrumen- to en las últimas décadas. Mi padre me puso entonces un disco del concierto de Albinioni

y me dijo: “este es el oboe”. No me gustaba el sonido nasal, pero él ya había comprado uno. Me dijo: “Lucas, pruébalo. Si no te gusta no hay problema, miramos otro”. Pero cuando un niño de nueve años empieza a ver que la caña se moja en agua y toda esta parafernalia, el asunto empieza a tornarse algo mágico.

JAVC: Pero, ¿tu padre es músico?

LMN: No. Es psicólogo, pero había visto la película italiana Anónimo veneciano, que tenía el segundo movimiento del Concierto para oboe de Alessandro Marcello, y quedó enamorado.

JAVC: ¿Y tú sí querías ser músico de niño?

LMN: La verdad a mí me daba igual. Yo tam- bién hacía deporte y la música pertenencia a una actividad más en mi vida. Ahí es donde veo que mis padres lo hicieron bien: ellos me motivaban a ir a la clase de música pero nunca me presionaron. Es algo que desafor- tunadamente ocurre con frecuencia entre los niños que estudian música y sus padres, que los presionan demasiado porque quieren verlos ganar premios y ser los mejores. Es la ambición del triunfo. Tuve la suerte de contar con unos padres que me dieron total libertad.

JAVC: El gusto por la música clásica en una región en donde el flamenco es tan impor- tante, ¿de dónde viene?

LMN: Mi papá tocaba como aficionado el clarinete y, por cierto, ¡lo hacía fatal! Enton- ces empezó a formar una gran colección de discos de la cual yo me beneficié.

JAVC: Entonces el primer paso que diste fue ir a estudiar a Córdoba.

LMN: Si. Me fui a Córdoba dos o tres años, al conservatorio superior, con mi hermana que es un poco mayor. Yo tenia nueve años. Luego me marché a Suiza.

JAVC: Luego de este proceso de formación, ¿cómo llegaste a formar parte de las orques- tas de Claudio Abbado y del Concertgebouw de Ámsterdam?

LMN: He tenido mucha suerte. Abbado ha creado varias orquestas: en el año 78 fundó la Joven Orquesta de la Unión Europea, y en el 87, inició una búsqueda de músicos en Europa del Este para que formaran parte de esta. Sin embargo, esos países no pertene- cían la Unión Europea, por lo que decidió formar la Joven Orquesta Gustav Mahler, que era una selección de músicos jóvenes de toda Europa a la que tuve la suerte de entrar. Ab- bado venía a dirigir La Canción de la Tierra y la Novena de Mahler, y ahí me conoció. Me propuso hacer parte de la entonces futura Orquesta Mozart.

JAVC: ¿Cómo fue ese momento?

LMN: Fue muy cómico. Íbamos en un vuelo de Roma a San Petersburgo, yo iba sentado con todos los chicos y Abbado iba adelante. De pronto, el asistente del maestro se me acercó y me dijo que el maestro Abbado quería hablar conmigo. Fui hasta el puesto del maestro y él me empezó a contar acerca del proyecto de la Orquesta Mozart. Yo lo escuchaba estupefacto mientras él me daba explicaciones, y pensaba: “pero es que no me tienes que vender nada, yo iría de rodi- llas a suplicártelo”.

Luego, un par de años más tarde, me invitó a la Orquesta del Festival de Lucerna y tam- bién a la Filarmónica de Berlín… en fin.

JAVC: La Orquesta del festival de Lucerna se formó en un momento en el que Abbado salió de la Filarmónica de Berlín por un cáncer de estómago; de hecho, recuerdo una grabación del Réquiem de Verdi en Berlín en donde se ve que se ahoga, que no puede seguir dirigiendo. De ahí surgió la idea de hacer una orquesta a su medida. Ahí estaba Isabelle Faust por poner un ejemplo, pero, ¿qué era eso tan especial que tenia Abbado?

LMN: Era alguien que estaba al servicio de la música y no al revés. No usaba la música para alimentar el ego, eso no le importaba. Su filosofía era muy simple: sea en una orquesta o en un cuarteto, todos deben escucharse mutuamente. Sus ideas musicales eran de muy buen gusto; tenía un excelente sentido del balance, al contrario de algunos directores a quienes les gusta que la orquesta suene muy fuerte. Él quería lograr un sonido muy intimo, y eso es lo que ha fascinado de él.

JAVC: ¿Y tú crees que esto es una excepción?

LMN: Lamentablemente tengo que decir que sí. Ahora que he tocado con varios directores, puedo decir que hay muy poca gente que está al servicio de la música. Hoy en día todos estamos influenciados por el marketing. En la época en que lo conocí, eso lo tenía sin cuidado, no le interesaba, era un gran amante de la música y le importaba solo eso. Además estudiaba muchísimo. Recuer- do que en alguna oportunidad fui a verlo a su casa y, cuando llegué, tenía la partitura de una sinfonía de Mendelssohn que, con toda seguridad, conocía de memoria. Yo le decía: “Claudio, yo creo que te la sabes ya”, y él me contestaba: “nunca se sabe, siempre se encuentran cosas nuevas”. Era un estudioso incansable.

JAVC: Me han contado que, a pesar de que tú eras el favorito de Claudio Abbado, alguna vez se enfadó contigo. ¿Cómo fue esta historia?

LMN: Teníamos un concierto antes del Fes- tival de Lucerna y llevábamos sin parar una larga temporada con la Orquesta Mozart. Yo había pedido una licencia para poder casar- me y tenía un viaje programado. Claudio no encontró mi nombre en la planilla, entonces me llamó a la casa y me preguntó sobre mi ausencia en el concierto. Le expliqué de nuevo lo de mi matrimonio y él me recalcó la importancia del concierto. Yo le repetí que me iba a casar y que seis meses antes había informado sobre esa ausencia. Igualmente se enfadó conmigo, y ahí comprendí que no era alguien normal. Luego de haber tocado más de 100 conciertos de temporada, qué más da un concierto. Pero ese era Claudio.

JAVC: Pero finalmente te casaste.

LMN: ¡Sí! Y afortunadamente su enfado duró solo un par de meses.