Messiaen

Las aves y otros cantos de los cielos

Si cabe el término “realismo” en la música, podría decirse que se alcanza con Messiaen en lo que respecta al sonido de las aves. Todo lo anterior es caricatura.

En una entrevista de radio transmitida en 1958, el compositor francés Olivier Messiaen brindó en una frase la que podría ser la base ideológica de su creación: “A pesar de mi profunda admiración por las canciones folclóricas”, dijo, “no creo que uno pueda encontrar en ninguna música humana las melodías y los ritmos que posean la soberana libertad del canto de las aves”. Lo cierto es que es difícil, por no decir imposible, encontrar en la obra de otro músico occidental tal obsesión y tal juicio por verter los cantos de los pájaros a la partitura.

Como curiosidad, hay un antecedente encantador: un cuadernillo publicado en 1717 por el editor inglés John Walsh, llamado The Bird Fancyer’s Delight. Se trata de una serie de partituras para la flauta dulce que instruyen al lector acerca de cómo imitar los cantos de ciertas especies: el estornino, la alondra, el canario, el pinzón, el ruiseñor. Pero más allá del concepto inicial, es insensata cualquier comparación con el riguroso Catálogo de aves que publicara Messiaen dos siglos después, en 1958. Si cabe el término “realismo” en la música, podría decirse que se alcanza con Messiaen en lo que respecta al sonido de las aves. Todo lo anterior es caricatura.

Al escritor Paul Griffiths se le atribuye aquella frase de “el mejor músico de los ornitólogos, el mejor ornitólogo de los músicos”. Más allá de lo ingenioso que pueda sonar, hay una enorme verdad ahí encerrada. El reino de las aves encontró en Messiaen a un escribano genial que supo plasmar su mensaje en distintos instrumentos. Ya en el tercer movimiento de su célebre Cuarteto para el fin de los tiempos, de 1941, cantaba un mirlo en

el clarinete. En 1951 escribió Le merle noir, otra página bellísima sobre la misma especie, pero esta vez era la flauta traversa la que daba voz al mirlo. Dos años después ensayaba, literalmente, una sinfonía de pajaritos al escribir Réveil des oiseaux para orquesta.

Pero es el Catálogo de aves, escrito para piano, el que da el gran salto: a favor de ese realismo que ya mencionábamos, se sacrifica la tradición tonal. ¿Quién dijo que los pájaros cantaban en escalas temperadas? Una pieza para cada especie: la oropéndola, el zorzal, el triguero, la lechuza, el chorlito, van apareciéndosele al oyente como en una caminata por la campiña francesa. Pero además del canto del ave en primer plano, se pueden oír también el viento entre las ramas y algún otro pájaro que responde a lo lejos. Messiaen no aísla las especies como en un experimento de laboratorio; transcribe el paisaje sonoro completo.

Pero más allá, los pájaros parecen ser la puerta de entrada hacia otro componente fundamental de la obra de Messiaen: escuchar a las aves es admirar la naturaleza, reconocer la magnificencia de una creación divina. Olivier Messiaen era católico devoto. A pesar de su renombre cada vez mayor, continuó tocando el órgano todos los domingos en una iglesia parisina. El productor discográfico Albert Imperato, trabajando en una compilación póstuma de sus grabaciones, se mostró tan fascinado que llegó a calificarlo de “santo”.

 

Lo cierto es que su música tiene ese poder envolvente. La presencia de pájaros cantores parece ser la arista de un panorama mayor: la obra de Messiaen podría entenderse como una ilustración del panteísmo que promulgaban filósofos como Spinoza, según el cual el universo es Dios, y cada criatura y cada ente son sus manifestaciones. En sus títulos y subtítulos es frecuente encontrar palabras como “arcoíris”, “montañas”, “desiertos”, “estrellas” y “planetas”

para nombrar piezas profundamente contemplativas. Messiaen decía que captaba ciertos acordes como si fueran colores. En esa misma dinámica, la observación del paisaje le permitía, con relativa facilidad, crear un manto sonoro. Tenía razón Paul Griffiths cuando afirmaba que “hay atmósfera religiosa incluso en sus obras no religiosas”.

Todo esto en un contexto musical en el que lo más común, lo que le rodeaba,

pareciera ser la desazón. Hace unos años, el director de orquesta Christoph Eschenbach publicó una teoría según la cual la Sinfonía No. 6 de Mahler era una gran profecía: en 1906, en medio de un momento de gloria personal y artística, el compositor habría predicho los horrores de la discriminación que desencadenarían la Segunda Guerra Mundial. Pero Mahler murió en 1911, antes de que Hitler entrara a la política. Messiaen sí que vivió la Segunda Guerra: como soldado del ejército francés fue capturado por los alemanes y llevado a una prisión en Görlitz donde, por cierto, escribió y estrenó el Cuarteto para el fin de los tiempos. Aun así, no se dejó apabullar. Al pesimismo de Mahler sobre el siglo XX se enfrenta la esperanza de Messiaen en el siglo XXI, que no llegó a conocer pero que vislumbró como el período de una nueva trascendencia.

En 1949 Messiaen presenta al mundo su Sinfonía Turangalila, una palabra sánscrita que significa a la vez “Sueño de amor” e “Himno a la alegría” (¡Liszt y Beethoven en un mismo concepto!). Turangalila emana una alegría casi sobrenatural y fue descrita alguna vez como un gran canto al amor universal. Esa visión mística vuelve a aparecer en 1969 como centro de las Meditaciones sobre el misterio de la Santísima Trinidad para órgano. Y finalmente en 1988, en lo que (para no desperdiciar la oportunidad de una metáfora ornitológica) fue su canto de cisne: Resplandores del más allá. Aquí aparecen, en 65 minutos de apoteosis orquestal, las aves, las estrellas, el trasfondo religioso y el uso desbordante del color. Todas sus obsesiones. Por lo demás, una adición efectista a la orquesta: la máquina de viento, que no es un instrumento de viento sino de fricción, termina de darle a la música una cualidad etérea. Pareciera el alma del compositor despidiéndose, flotando, ascendiendo.

El director de orquesta Myung-Whun Chung, quien dirigió esa última obra para una grabación del sello Deutsche Grammophon, anotaba que Olivier Messiaen era el único compositor que en la partitura escribía indicaciones como “Con una gran alegría”. Ese parece ser su legado. Una adenda al “Amaos los unos a los otros” de esa fe que lo acompañó en sus representaciones de todos los entes del universo, desde el simple pajarito hasta la majestuosa constelación.

Juan Carlos Garay: Periodista, escritor y traductor.