VACÍOS IX

La ópera: Parte II

Después de dar un vistazo a la ópera del siglo XX en Colombia me pregunto: ¿Logrará el siglo XXI además de presentar también estimular la creación nacional en este género?

Andrés Posada. Foto: Teodoro Posada

Por: David Feferbaum

La información sobre nuestro acontecer operático a partir del siglo XX adolece de serios vacíos y se puede reducir a La Ópera en Colombia 1889-1979 de José Ignacio Perdomo, y La Ópera de Colombia 30 años, una crónica 1976-2006 de la Fundación Camarín del Carmen, más algunas investigaciones y notas de prensa. Hablaremos del faltante.
A vuelo de pájaro sabemos que en 1907 la Academia Nacional de Música, dirigida por Honorio Alarcón, estrena en Bogotá el primer acto de La flauta mágica, que no tuvo segunda función, al parecer por veto del arzobispo Bernardo Herrera que “vio mal la actuación de señoritas bogotanas en la escena y quizás por el argumento masónico de la obra”. Pero para el centenario de la Independencia tuvimos las compañías de Miguel Sigaldi y Mario Lambardi. En 1915 Americo Mancini estrena Gioconda y Lohengrin. En 1922 Adolfo Bracale trae a Hipólito Lazaro y luego a Titta Ruffo e inaugura el Teatro Municipal de Cali en 1927.

Bracale crea la “primera” Ópera Nacional, que trunca su muerte en 1935. Pero ese mismo año, Jesús Ventura monta Bohemia y en 1944, con Guillermo Espinoza, el Retablo del Maese Pedro. En 1943 Pietro Mascheroni crea una efímera Compañía de Ópera Antioqueña. En 1946 Ventura abre una temporada y luego en 1952 abre otra con figuras del Metropolitan de Nueva York. En 1950 surge la Compañía Lírica Italiana de Antonio Rambal. En 1959 hay ópera en Medellín y Bogotá, y en
1962 Medellín organiza un Festival del género. Ese año la ópera de Rio de Janeiro trae Werther de Massenet, Pedro Malasarte de Guarnieri, El hijo pródigo de Debussy y El teléfono de Menotti que, pese a Ferruccio Tagliavini, no tuvieron público y debieron ser reemplazadas por Bohemia y Elíxir. En 1965 colapsa el proyecto multinacional Ópera Bolivariana. Para los años 60 surge la iniciativa de Alberto Upegui en Medellín y Bogotá. En 1976 Gloria Zea crea la ópera de Colcultura, y más tarde la del Camarín del Carmen. Extrañamente, no he encontrado registro del Porgy and Bess de Gershwin, en Bogotá y Cali en 1952.
A excepción de algunas novedades locales en el siglo XIX, el repertorio de óperas presentadas desde entonces tiende a ser reiterativo y poco novedoso. Algo como “siempre lo mismo”. No obstante, al escarbar un poco, se encuentra que a partir de 1986 (cuando se dijo que se acababan las temporadas del género), e incluso desde antes, hubo una rica y novedosa actividad operática, no tan “oficial” ni tan documentada.
Roberto Salazar, director escénico, ha montado, entre otras: Simón de Francisco Zumaqué, 1983; El Mundo de la Luna de Haydn, 1984; Mambrú, ópera infantil de Luis Fernando Pérez, 1986, presentada por niños en Ópera al Parque 2016; Carmina Burana de Orff y Orfeo y Eurídice de Gluck,
1987; Bastián y Bastiana de Mozart y El Secreto de Susana de Wolf-Ferrari, 1989; y Jesucristo Superestrella de Lloyd Webber, 1993.

Juan Pablo Carreño Foto: Olivier_Roller

En la línea de novedades escénicas, hay que destacar las producciones de La flauta mágica, 2003; La Cenicienta, 2004, de Rolf y Heidi Abderhalden, y el aporte de María Isabel Murillo, Misi, en 30 años de un trabajo admirable, que trasciende el marco nacional. Desde 1987 la Fundación Arte Lírico, que dirige Estrella de Malagón, ha incluido algunas óperas en sus temporadas anuales de zarzuela. Si bien este género amerita un estudio aparte, se resalta no solo el reestreno de Revelatorum, zarzuela de Guillermo Quevedo Sornoza, al conmemorar los 450 años de Bogotá, sino los montajes de Carmen y Traviata, en versión española de la Fundación, así como de La Viuda Alegre y El Murciélago, también en español. De esta agrupación
se escinde y nace la Fundación Jaime Manzur, con temporada anual desde hace más de 20 años.
Otro impresionante proyecto musical es Ópera al Parque de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, que por 21 años ha desplegado un menú del todo opuesto al de “siempre lo mismo”. Al integrar labores con talleres de ópera de varios centros académicos —valiosa vinculación— el proyecto se convierte en una opción real de consolidación y desarrollo de talento. Imposible mencionar todos sus logros, basten como ejemplo los de 2012: The Judgment of Paris de J. Eccles (U. de los Andes); Amelia al Ballo y The Old Maid and the Thief de G. C. Menotti (U. Central); The Medium de P.M. Davies (U. Distrital F. J. de Caldas); estreno de siete óperas breves de jóvenes compositores colombianos, resultado del taller dirigido por Beatriz Elena Martínez (Círculo Colombiano de Música Contemporánea y U. Distrital); Les Mamelles de Tiréè sias de F. Poulenc (U. Nacional) o las conferencias de Rondy Torres sobre Ester, ópera de Ponce de León. Y, sin duda, Sueño de una noche de verano de Britten en 2016.

La que sigue puede ser la lista aproximada de las óperas escritas en Colombia en los siglos XX y XXI. ¿Cuántas conocemos?

Furatena / Guillermo Uribe Holguín. 1936
La vidente de la colonia / Roberto Pineda Duque. 1946
La princesa y la arveja / Luis Antonio Escobar. 1958
Los hampones / Luis Antonio Escobar. 1961
Un sueño de Liliana / Blas Emilio Atehortúa. 1969
Simón / Francisco Zumaqué. 1983
América 1492, Profecía de un Nuevo Mundo / Francisco Zumaqué. 1992
El pastor y la hija del sol / Andrés Posada. 1995/98
Documentos del infierno / Gustavo Yepes. 2001
Pensamientos de guerra / Héctor Fabio Torres. 2001
Drácula / Héctor Fabio Torres. 2005
Siete óperas de cámara / Jorge Leiseca, Diego Alejandro Fuertes, Felipe Corredor, Sandra Fuya, Germán David Rizo, Gabriel Mora y Luis Fernando Sánchez. 2012
La Digitale / Juan Pablo Carreño. 2015
La sirenita / Sergio Vásquez y Anna Mikolaikova. 2015

Teniendo en cuenta que las dos últimas se estrenaron en Marsella y Bremen, respectivamente, es evidente el desinterés por la divulgación de las demás. Aunque por otra parte, es admirable el logro de talleres de ópera como los de las universidades Andes, Central, Distrital, Nacional y Pedagógica, en Bogotá; o Atlántico, Caldas (Ester, Pensamientos de Guerra, Drácula, entre otros) y Valle. En

resumen, esto de la ópera no es asunto solo de “presentar” sino de “propiciar”.

¿Logrará este siglo capitalizar la lección y enriquecer verdaderamente nuestro medio musical?

Coletilla: La convocatoria para la Beca de Creación Ópera al Parque 2017 dice: “La beca debe destinarse en su totalidad a cubrir solo los costos que implique la producción (vestuario, escenografía, solistas entre otros) del montaje y la realización de dos (2) funciones”. Nos preguntamos: ¿y la composición?