Vacíos V

La música religiosa y coral

“No deja uno de preguntarse cuál puede ser la razón para que el Ministerio de Cultura no sea consciente de que todo este patrimonio está a punto de perderse, dado que no existe una grabación”

Julio Quevedo Árvelo

Hace unos días, hablando con un científico colombiano, en el contexto del reciente acercamiento de la sonda espacial New Horizons a Plutón, le preguntaba si en Colombia era posible estructurar en su campo un proyecto a 20 o 30 años, que tuviera las garantías de continuidad para evitar que, como es habitual, al cabo de un tiempo, tal vez al primer cambio de administración, el proyecto fuera desechado. Como imaginaba, la respuesta fue negativa. Y si esto sucede en el entorno de la ciencia, qué podemos esperar en el terreno de las artes, en particular de la música, a las que se les da  menos trascendencia.

 Ahora que se acerca el Festival Internacional de Música Sacra en Bogotá, no sobra echar una mirada a algunos vacíos musicales en este campo y en el de la actividad coral, asociada a él.

Tal vez, gracias al principio de que la excepción confirma la regla, creería que en el campo de la música erudita en Colombia, el Festival de Música Religiosa de Popayán es la única actividad que, a pesar de sus relativos altibajos, ha logrado superar los 50 años de labor continua. Sus orígenes se remontan al Festival de Coros de 1963, y al año siguiente asume el nombre con que hoy se conoce. Si bien, amparado por la Ley que lo convirtió en Patrimonio Cultural, el Festival cuenta con partidas presupuestales que permiten pensar en que su estabilidad y proyección están aseguradas, tengo la impresión de que en el país no hay apreciación justa de su valor ni conciencia del esfuerzo de sus directivas para mantenerlo vivo. En mis memorias de los años setentas, ya el festival era un evento de enorme trascendencia y participación internacional, reconocido como el máximo del país en este campo, lo que dista mucho de su situación actual.

Sin embargo, trátese del Festival de Popayán o de otras actividades, el tema de la música religiosa en Colombia presenta los mismos vacíos y abandono que el resto de nuestro patrimonio musical. ¿O es que el país sabe del Festival de Música Religiosa de Marinilla, que existe sin interrupción desde 1978?

En mi opinión, el más importante compositor colombiano de música religiosa ha sido Julio Quevedo Arvelo, perteneciente a una de las familias más musicales e importantes del país. La trayectoria de la familia Quevedo, recordada hoy en el museo de su nombre en Zipaquirá, arranca con el padre, Nicolás Quevedo Rachadell (1803-1874), el “músico guerrero”, como lo llama Perdomo Escobar, quien llega de Venezuela como edecán del Libertador y luego, como director y promotor de una significativa actividad musical en la capital, se convierte en parte fundamental de nuestra música en el siglo XIX.

 De Julio Quevedo Arvelo, “El chapín” (1829-1897), dice Andrés Pardo Tovar que: “torturado por un incurable defecto físico que ensombreció su vida y que en definitiva terminó ocasionándole la locura, fue, a no dudar, el máximo temperamento musical colombiano del siglo pasado. Su romántica existencia recuerda la de Berlioz y la de Byron, bien que hubiera oscilado entre el misticismo y el desenfreno. Quevedo llegó a poseer una técnica musical segura y rica en toda clase de recursos, pero su genio fue desviado por el ambiente y por el gusto italianizante de la época. Sus obras, especialmente las de carácter religioso, gozaron de extensa popularidad, hasta ya muy entrado el siglo XX: entre estas sobresalen su Misa negra (Misa de réquiem), cuyo patetismo grandilocuente recuerda el Réquiem berlioziano, la Misa en Re menor, el Te Deum en La bemol y, ante todo, las Lamentaciones de Semana Santa. Su Salve pastoral es, muy posiblemente, la obra más equilibrada y perdurable de Quevedo Arvelo” (Andrés Pardo Tovar, “Los problemas de la cultura musical en Colombia I”, Revista Musical Chilena, vol. 13, n°. 64, 1959).

Sus numerosas misas –salvo la Misa Negra*, denominada así por el cuero negro en que estaba empastada, y la Misa solemne de gloria, “azul”, interpretada el 6 de agosto de 1988 cuando se celebró el trisesquicentenario de Bogotá– son hoy desconocidas. No deja uno de preguntarse cuál puede ser la razón para que, ya bien entrados en el siglo XXI, un Ministerio de Cultura –que, como objetivo composicional, propone un Premio Nacional de Música en Composición para Orquesta Sinfónica con Dúo, Trío o Cuarteto– no sea consciente de que todo este patrimonio está a punto de perderse, dado que no existe una grabación, no digamos integral, pero ni siquiera parcial o representativa del compositor.

Guillermo Quevedo Zornoza (1886-1964), sobrino del anterior, autor de la popular canción Amapola, amapolita, fue además excelente compositor erudito. Según Jaime Rico Salazar, fue reconocido por sus Pizzicato para cuarteto de cuerdas, premiado en 1908 con US$500 en un concurso promovido por la Casa Reuter, firma norteamericana, o por su Marcha triunfal, primer puesto en el concurso del Ministerio de Instrucción Pública en 1919. El mismo autor señala que en la Feria Exposición de Sevilla en 1929 se premió su obra Acuarela musical y que en el concurso de la revista Tierra Nativa, del mismo año, también obtuvo el primer puesto con la Primera fantasía orquestal sobre aires colombianos. Perdomo Escobar menciona, además, una obra titulada Segunda suite sinfónica sobre aires populares colombianos. Hace unos años la Fundación Arte Lírico, dirigida por Estrella de Malagón, montó su zarzuela Revelatorum, mientras otras del mismo género permanecen inéditas, como La vocación, Tristeza de amor o la que motivó a José María Lacalle, destacado promotor del género zarzuela en Nueva York, a escribirle: “En mi carrera musical de cerca de 50 años he visto obras de verdadera inspiración y perfectamente hechas, y me es muy grato manifestarle que su acuarela musical La promesa de la Virgen, se encuentra entre ellas…” (Jaime Rico Salazar, La canción colombiana, Editorial Norma, 2005).

*Grabada por la Orquesta Filarmónica bajo la batuta de Juan Carlos Cuacci, con el Coro Santafé de Bogotá, dirigido por Julio César Orozco. En Youtube se puede escuchar el Réquiem de la Misa Negra, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Caldas con el Coro Masculino Taller de Ópera Universidad de Caldas.

Por: David Feferbaum, Cofundador del Centro de Documentación Musical.