Vacíos II

Las cuerdas en Colombia

La trágica pérdida de oportunidades para desarrollar una “escuela”, en el sentido que he expresado en este artículo y en el anterior, nos deja en presencia de una triste realidad histórica.

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Gerhard Rothstein y Rudolf Serkin

En mi nota anterior hablé de Lucía Pérez, distinguidísima pianista y pedagoga que, a mi entender, logró crear en Bogotá una “escuela” de piano. Escuela que tal vez hoy pueda considerarse desaparecida por la falta de una continuidad docente que permitiera seguir transmitiendo su legado. Utilizo el término “escuela” como la herencia que se recibe de grandes maestros, como una tradición docente que se perpetúa.

Por los días en que escribo esta nota y a raíz del campeonato mundial de fútbol, se ha hablado mucho sobre la importancia de los dirigentes que se atrevieron a delegar en un director técnico la responsabilidad del resultado deportivo de nuestra Selección, mientras ellos asumían la propia: asegurar que las exigencias técnicas se vieran atendidas.

Se ha comentado también la importancia de que un buen número de los muchachos convocados jueguen ya en las exigentes ligas europeas, con lo cual para ellos las grandes figuras no son imágenes del Gráfico o la prensa, sino seres de carne y hueso a los que enfrentan en las canchas, sin temor y sin complejo. Se ha dicho, igualmente, que estos jugadores no son producto de una generación espontánea sino el resultado de un proceso de maduración que les ha permitido desarrollar su extraordinaria capacidad competitiva. Se ha llegado a hablar incluso de un “estilo” propio de la selección. ¿Surge esto porque sí o es la capacidad de un DT que, gracias a su conocimiento y tradición (escuela), consigue implantar una metodología acertada y exitosa?

La esperanza es que esta experiencia deportiva no termine siendo una coyuntura pasajera sino el inicio de un proceso de consolidación que siga adelante y no, como ha ocurrido en nuestra historia musical, una oportunidad a la que se le atravesaron palos, impidiendo su posibilidad de transformar nuestro ambiente musical.

Si bien la temprana edad en que comencé mis estudios musicales no me permitía visualizar del todo el tema de la “escuela”, sí era consciente de que los textos de técnica que usaba correspondían a una metodología muy sólida y que mi formación violinística se ligaba a una tradición, en este caso centroeuropea, vía mi profesor, el maestro Gerhard Rothstein.

No obstante, hay que mencionar también los casos que hubieran podido contribuir de manera significativa a la evolución de nuestra historia musical, pero que, por torpeza, celos, miedo o ignorancia de la dirigencia o los colegas de entonces, terminaron generando lo contrario, vacíos lamentables. Me refiero a músicos, maestros, pedagogos de primera línea que se vieron obligados a partir.

Hernando Segura, nuestro excelente contrabajista que ha logrado crear una escuela del instrumento que perdura hasta hoy, se benefició, entiendo yo, del aporte que en su momento representó la presencia en Colombia del maestro español Manuel Verdeguer. Desafortunadamente, ante la presión de sus compañeros de orquesta y la falta de apoyo de la burocracia de turno, Verdeguer tuvo que tomar la determinación de irse a otro país. Por cierto, vale la pena anotar que en 1955, con Olav Roots al frente de la Sinfónica de Colombia, Verdeguer fue el solista del Concierto para Contrabajo del Eduard Tubin.

Resulta difícil comparar la escuela de violín que hoy tiene México con la situación del instrumento en Colombia. Un violinista como Herbert Froelich, concertino de la Sinfónica y primer violín del viejo Cuarteto Bogotá, en el que tocaban además Efraín Suárez, Gerhard Rothstein y Fritz Wallenberg1, decidió irse a México, como viola del cuarteto Lenner, ante la falta de apoyo oficial en Colombia. En México se integró a la consolidación violinística que por entonces ya lideraba Henryk Szerying, nacionalizado allí en 1946.

Gerhard Rothstein, que como fuera se quedó en Colombia, formó un buen número de violinistas y violistas y trató de construir una escuela tal vez difícil de rastrear hoy, por lo menos en instrumentistas menores de 40 años. En nota recordatoria con motivo de su fallecimiento, Otto de Greiff lo describe como “maestro ejemplar de la vieja escuela germano-judía del prestigioso Conservatorio Stern, la misma del ilustre Carl Flesch, quien fue uno de sus maestros”2.

La trágica pérdida de oportunidades para desarrollar una “escuela”, en el sentido que he expresado en este artículo y en el anterior, nos deja en presencia de una triste realidad histórica.

Sin ánimo de desconocer los valiosos instrumentistas individuales del país hoy en día, pero dando un ejemplo que he usado varias veces para el caso específico de los instrumentos de cuerda, estamos muy lejos de tener las “suplencias” para un Frank Preuss, un Luis Biava, un Carlos Villa, un Ernesto Díaz o un Hernando Segura, que para la década de los cincuenta ya andaban en los escenarios nacionales e internacionales.

Para finalizar, entonces, y admirando cada vez más los logros de nuestra Selección o los de individualidades como James Rodríguez o Falcao, nos quedamos con la frustración de no haber podido tener equivalencias en el campo musical. El pobre desempeño de nuestras dirigencias en unos casos, o la miopía de los mismos músicos en otros, se encargaron de afectar el curso de la historia en aras de la mediocridad.

Por: David Feferbaum. Cofundador del Centro de Documentación Musical.

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1 Información suministrada por Hjalmar de Greiff.

2 El Tiempo, septiembre 11 de 1978 .