Vacíos VIII

La ópera: Parte I

Reconstruir el proceso de la ópera en Colombia no es fácil. La información disponible es limitada, incierta y, a veces, poco confiable. Llenar los vacíos y precisar las circunstancias de cada evento es a menudo imposible: las búsquedas terminan en callejones sin salida.

Por: David Feferbaum

Aunque en el siglo XIX, por ejemplo, en la música instrumental se logra identificar un “proceso”, no ocurre igual en el caso de la ópera, cuyo desarrollo está ligado a las visitas que, con regularidad, hacían compañías europeas y a la “quedada” en el país de algunos de sus integrantes que, al asociarse con músicos locales, fueron consolidando tanto la actividad docente como musical en general.

Para Andrés Pardo Tovar, la publicación en 1879 del artículo Breves apuntamientos para la historia de la música en Colombia, de Juan Crisóstomo Osorio y Ricaurte (1836-1887), es el primer aporte en este sentido. Osorio pudo ser también, pienso yo, el primero en identificar el tema de los vacíos, cuando apunta que “son bien pocos los datos que hemos podido recoger para que sirvan al que haya de escribir la historia de nuestra música; pero nos anima a publicarlos la consideración de que estas líneas puedan mover (…) a emprender seriamente alguno más extenso…”. Para Osorio, fueron los músicos alemanes Franz Coenen y Ernst Lubeck los que más “entusiasmaron, y con razón, a la población de Bogotá y laprepararon para saborear la primera ópera italiana (1858) que vino”.

Sin embargo, Perdomo Escobar en La Ópera en Colombia 1889-1979 —obra consolidada gracias a las partituras y documentación operática aparecida al derrumbarse un muro del Teatro Colón durante la restauración en 1976— menciona antecedentes previos a 1858, que si bien son generales y ameritarían revisión, son una pista válida “para comenzar a fijar los puntales de nuestra cultura, bien pobre en pasado operático”, comentario discutible, como veremos, a menos que la pobreza se refiera a los vacíos de información.

Según Perdomo, el 17 de noviembre de 1826, al llegar los Libertadores de Perú, “se tocaron oberturas de Rossini, que se hallaba en el cenit de su carrera, entre ellas la de Tancredo, arreglada por Velasco. Juan Antonio Velasco (¿?-1859), “padre y fundador de la música en Bogotá” y prócer de la Independencia, muere en total pobreza y abandono, luego de crear una academia de música, cofundar una Sociedad Lírica y ser gran promotor y docente de música.

Para Perdomo, la compañía de ópera de Francisco Villalba fue la primera en llegar al país en 1833. En 1836 Villalba volvió y en 1837 estrenó el primer Himno Nacional de la Nueva Granada, en arreglo propio. Diez años después regresó, esta vez para quedarse, y en 1866 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional.

En junio de 1848, con patrocinio de Lorenzo María Lleras, que tradujo y publicó varios libretos, estuvo una compañía italiana con la soprano Rossina Olivieri de Luisia. La temporada se prolongó hasta junio siguiente, cuando por conflictos internos la compañía se disolvió. Dentro de su repertorio hay que destacar óperas, quizá novedosas entonces pero poco conocidas hoy, como Martino Faliero y María de Rohan de Donizetti y un Dominó Negro, de Lauro Rossi Guerra, posiblemente el compositor nacido en Macerata (1810-1885), hermano tal vez de Enrique Rossi Guerra, tenor y director escénico de la compañía.

Las anécdotas y repertorios de estas compañías son inagotables. Baste ojear una breve cronología: en 1864, la Compañía Lírica Italiana trae El Trovador, estrenada diez años antes; el 20 de julio de 1865, la compañía de Eugenio Bellini ofrece un Rigoletto, cuyo Duque de Mantua era Oreste Sindici (1837-1904) —compositor de nuestro himno nacional—, mientras Epifanio Garay (1849-1903) era el Conde Ceprano; en 1868, y por dieciocho meses, la compañía Villa- Zafrane deleitó al público con zarzuelas. En los años siguientes, con cierta periodicidad, nos visitaron numerosas compañías, algunas de las cuales, terminado su periplo americano, se disolvían o escindían, dejando unos cuantos docentes y no pocos matrimonios.

Pero, lo más interesante es que estas compañías no solo traían obras novedosas, partituras frescas, como se constató al caer el muro derrumbado, sino que, en nuestro caso, estrenaron obras colombianas que, en su mayoría, no han tenido segunda oportunidad.

En efecto, el 2 de julio de 1874 la compañía de Nicolás D’Achiardi, presentó la ópera Ester, de José María Ponce de León, escrita el mismo año. Solo en 2013, es decir 139 años después, durante la XXVI Feria Internacional del Libro de Bogotá, se publica el libro con la partitura de esta obra y se hace una presentación fragmentada en la Universidad de los Andes.

La zarzuela, elemento integral de este proceso, merece un recuento separado. No obstante, hay que recordar que el 27 de abril de 1876 una compañía española, con la cantante Josefa Mateo a la cabeza, estrena la zarzuela El castillo misterioso o La cinta encarnada, también de Ponce de León. Casi 140 años después, gracias a Rondy Torres, la obra se presenta en el Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín y se publica un CD con fragmentos de la misma en reducción para piano.

Muchas otras obras de Ponce de León permanecen sin segunda audición y algunas sin siquiera la primera, entre ellas Florinda, con libreto de Rafael Pombo, estrenada por Arnaldo Conti en noviembre de 1880, y la ópera bufa Un alcalde a la antigua y dos primos a la moderna, presentada en función “lírica de aficionados”, en la quinta del nombrado doctor Lleras. Desconocidas permanecen su Misa de Requiem, de 1880, y su Sinfonía sobre temas colombianos, de 1881.

Para Pardo Tovar, con la temprana muerte de Ponce “es posible que Colombia perdiera obras musicales mucho más significativas que las que alcanzó a realizar el notable artista. Y es muy probable, también, que este hubiera escapado a nuevas y dolorosas desilusiones o a la implacable persecución de las euménides que atormentaron a Santos Cifuentes, a Daniel Zamudio y a tantos otros artistas meritísimos”.

Entre los visitantes italianos, hay que destacar la figura de Augusto Azzali (1863- 1907), no solo por el repertorio operístico presentado en sus visitas a Colombia sino por su labor docente. Como bien afirma Perdomo, Azzali fue “precursor en Colombia en el tratamiento erudito de los aires populares del terruño”. Su ópera Ermengarda fue estrenada en Mantua en 1891, en tanto que Lhidiak, escrita en estas tierras, fue presentada en Bogotá en 1893. El libreto impreso se titula “Lhidiak, leyenda indiana, boceto lirico de Victorio Fontana, música del Maestro Augusto Azzali, Bogotá, Imprenta de La Luz, 1893”. La obra está dedicada por Victorio Fontana a D. José J. Vargas, y por el compositor Azzali a su amigo Jorge W. Price y a la Academia Nacional de Música que regentaba. Esta partitura autógrafa apareció al caer el muro del Colón.

Curiosamente, tuve la suerte de ver en primera instancia las fotocopias de las Lettere di bordo, de Azzali, enviadas por su hija a Colombia, cuando buscaba información sobre su padre, que falleció antes de volver a Italia, y publicadas en la Gaceta de Colcultura n.° 14 de 1977.

La temporada de 1891 de la Compañía de Ópera Zenardo y Lambardi, cuyo director de orquesta era Azzali, presentó en Bogotá, según Perdomo, nada menos que La fuerza del destino, La favorita, Aida, Ruy Blas, Guarani, Baile de máscaras, Fausto, Gioconda, Marta, Barbero de Sevilla, Norma, Cavallería rusticana, Hugonotes y Carmen. En Medellín, según estudio de Cenedith Herrera Atehortúa , se presentaron La favorita, Aida, Baile de máscaras, Fausto, Gioconda, Barbero de Sevilla, Norma, Carmen, Ernani, Rigoletto, Trovador, Traviata, Lucrecia Borgia y Don Crispín y la comadre.

Para terminar, pese a no haber tocado el tema de la zarzuela, salvo por los ejemplos de Ponce de León, es muy interesante destacar la presentación de óperas colombianas por estas compañías itinerantes, o el caso de Azzali que compone y estrena una ópera influida, argumental y musicalmente, por el medio local.

http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/repositorio/ponencias/opera-colombiana-investigacion-musicologica.pdf