125 AÑOS DEL COLÓN

¿Al rescate de su historia?

Hablar de los 125 años del Teatro Colón de Bogotá es hablar de la evolución misma de la vida cultural en nuestra ciudad. Celebrar su longevidad en un país donde la adversidad para consolidar cualquier proyecto cultural está a la orden del día, es sin duda motivo de orgullo.

Ismael Arensburg y Arthur Rubinstein en una de las visitas que realizó el pianista al Colón. Cortesía: Teatro Colón.

Por: David Feferbaum

Como lo he repetido, la idea de estas notas es insistir en la cantidad de hechos, personajes o entidades que han pasado al olvido por falta de información que mantenga viva su memoria y sus contribuciones a nuestra historia. Esta ausencia, que se da en todos los ámbitos, se ve agravada por factores como cambios administrativos o políticos en los que, por regla general, se ignoran o soslayan los logros anteriores.

En la música, los proyectos que aspiran a construir entidades sólidas y estables —una orquesta, un grupo de cámara, un coro o un teatro— pueden terminar siendo infructuosos, no importa la voluntad con que se inicien. Poca suerte tienen, entre nosotros, los proyectos de largo alcance.

Por ello es motivo de alegría celebrar la longevidad de instituciones dedicadas al arte y obligatorio registrarla.

Este año tenemos dos celebraciones locales importantes. Los 125 años del Teatro de Cristóbal Colón y los 50 años de la Orquesta Filarmónica de Bogotá (OFB). Dándole prioridad a la edad, me centraré hoy en la primera —dentro del criterio de “vacíos” que maneja esta columna—, sin desconocer por ello los logros cosechados. De la segunda, me ocuparé en otra nota.

La historia de cualquier teatro está conformada por los detalles de su actividad: hitos artísticos, ciclos consolidados, etc., y, en la medida que los haya, también por sus museos o colecciones de diseños escénicos, vestuarios, bisutería, pelucas y demás, como ocurre con el Colón de Buenos Aires, la Ópera de París o la Scala de Milán, entre otros.

En el caso nuestro, no contamos con una historia puntual de lo que ha sido la actividad del Colón. Diversos documentos y uno que otro dato aquí y allá nos hablan de importantes figuras que han pisado su escenario, pero no hay registro detallado de lo ocurrido. Nos preguntamos si una efemérides como esta no ameritaría iniciar la recuperación de esa historia. En 125 años de trayectoria entran eventos, anécdotas, sucesos, que deberían consolidarse en bases de datos —tan fundamentales hoy para el conocimiento y proyección de cualquier institución—, con la idea saber qué y cuándo se ha hecho.

Si bien la loable publicación de 1993, Cien años del Teatro de Cristóbal Colón, aporta buen número de fotografías e información general, que permite identificar algunos de los hechos importantes que allí han tenido lugar, no es una obra destinada — como se explica en su prólogo— a reconstruir minuciosamente su historia. Hoy día, cuando está en marcha un admirable proyecto de ampliación y dotación de la infraestructura del teatro, sería la oportunidad de empezar a crear ese archivo, recuperando documentos e ilustraciones.

Hablo de eventos clasificados por categorías (ballet, teatro, orquestas, solistas, conjuntos), nombres de los artistas y los grupos, géneros musicales, obras interpretadas, etc.; de presentaciones en el foyer; de celebraciones oficiales o conmemoraciones especiales; de los procesos de intervención sobre su estructura física; del recuento de sus directores y administradores; del anecdotario general. Hablo de recuperar la historia de El Palomar (hoy sala Víctor Mallarino) como importante sede formativa de actores y teatro en el país. Hablo de reconstruir un tejido histórico.

Es probable que no todo lo anterior se pueda conseguir por completo, pero urge comenzar a intentarlo ya porque cada día que pasa representa una pérdida de información. A manera de ejemplo, voy a referir un hecho del que fui testigo en el teatro, sin que su ocurrencia haya sido consignada formalmente para conocimiento general.

Pocos meses antes de su reinauguración en 1976, luego de la intervención realizada por Colcultura, bajo la dirección de Gloria Zea, y recién creado el Centro Colombiano de Documentación, Conservación y Difusión del Patrimonio Musical, se tumbó en el teatro una pared que no aparecía muy bien identificada en los planos originales.

Para sorpresa de todos, detrás de la pared, se encontró un pequeño espacio donde había un gran número de paquetes amarrados con cordel, cada uno con una partitura manuscrita de óperas italianas, entre ellas una del compositor Augusto Azzali. Nadie sabía cómo ni cuándo habían llegado allí y mucho menos quién o por qué se había decidido “taponar” ese espacio, que contenía tan preciado material. Y digo preciado porque se trataba de copias “originales”, seguramente encargadas para las giras de las compañías de ópera por América y que, a juzgar por las fechas que algunas tenían, era obvio que no habían sido publicadas hasta entonces por editorial alguna.

Se ha dicho que, a lo mejor, algunas de las compañías visitantes las habían dejado como garantía de pago por deudas contraídas durante su paso por la ciudad, pero es solo una conjetura. Es más, las partituras no estaban solas, había dos enormes álbumes con recortes, programas y avisos de los años tempranos del teatro que, eventualmente, fueron llevados a la Biblioteca Nacional para su procesamiento técnico (despegue, inmunización y plastificación). Copias de algunos de estos programas y la información allí contenida fueron fuente de datos para el libro La ópera en Colombia de José Ignacio Perdomo Escobar.

Difícil, si no imposible, recuperar la historia que hay detrás de esa pared. ¡Nadie la registró!

Mirando otro tema, es poco lo que se ha rescatado de los eventos iniciales de la “Orquesta Nacional” —nombre que agrupa todas las denominaciones que ha tenido—, cuya vida, desde entonces y hasta hoy, ha estado íntimamente ligada al Teatro Colón.

Este ha sido su casa y en él ha vivido todos sus éxitos y superado todas sus crisis y transformaciones. Se pueden identificar algunas de sus actividades por allá en 1905, cuando Guillermo Uribe Holguín decide crearla por “el temor de que el gobierno cerrara la Academia” y decide dar “un golpe sensacional para evitarlo”, consistente en “un gran concierto en el Teatro Colón, que pusiera de relieve los adelantos conseguidos”. De su segunda época, entre 1910 y 1936, no es mucho lo que conoce.

Gracias al importante Boletín Latinoamericano de Música, publicado en el marco del cuarto centenario de la fundación de Bogotá (1938), cuando además se inauguró la sede de la Biblioteca Nacional, sabemos que por esta época se celebró el Festival Iberoamericano de Música, que convocó a destacados directores de orquesta, compositores e intérpretes del continente, todo ello en el Teatro Colón.

Por el mismo Boletín disponemos también de buena información sobre los eventos de la Orquesta Sinfónica Nacional desde su fundación (o, más bien, cambio de nombre) en agosto de 1936, bajo la dirección de Guillermo Espinoza, hasta agosto de 1938, así como sobre las actividades del Cuarteto de Cuerdas Bogotá. Lo que estas dos agrupaciones hicieron, tanto a nivel local como regional, no podía ser más interesantes ni novedoso. Destaco, como curiosidad, los conciertos dominicales para niños, que incluían un concurso infantil de dibujo y que, según afirma Francisco Curt Lange en la publicación mencionada, “para no cansar excesivamente la atención auditiva, se inserta un número de baile, que está generalmente a cargo del cuerpo de baile de niños del Teatro Colón” (subrayado mío).

Por estar en Bogotá en esta época, Luis de Zulueta escribe:

“el  concierto de la otra tarde le habría bastado a un extranjero observador para formarse de esta ciudad el juicio más elevado. Un hermoso teatro, una excelente orquesta, la batuta de Espinoza (Guillermo), el violín de Froehlich, las deliciosas sinfonías de Mozart y Haydn… todo ello puesto en movimiento de arte exquisito, sin más objeto que el de encantar durante una hora a un auditorio de niños, revela ciertamente, en una sociedad, finura de gusto y altura de espíritu”.

El Cuarteto Bogotá: Herbert Froehlich, Efrain Suárez, Gerhard Rothstein y Fritz Wallenberg.

Aunque la sede de la orquesta era el Colón, en 1937 se presentó también en Barranquilla, Cartagena y Medellín, gracias a “5 aviones especiales facilitados por Scadta, una hazaña sin par en el continente”.

Por otro lado, el mencionado Cuarteto de Cuerdas Bogotá, que inició labores en 1936, se presenta regularmente en el Colón y en 1937 ofrece ya un ciclo de conciertos de abono que repite en 1938, acompañado en ocasiones por las pianistas Lucía Pérez y Tatiana Gontscharowa y por Miguel Uribe como segundo chelo. Después de 80 años de evolución natural, Bogotá no tiene hoy un “comparable proporcional” de aquel conjunto. Otra curiosidad de este mismo año, son los cuatro recitales que Arthur Rubinstein ofrece en el teatro.

Después de la Segunda Guerra  Mundial, el Teatro Colón tuvo una actividad extraordinaria, tras la cual estuvo la especial figura de Ismael Arensburg quien, como representante de la Sociedad Musical Daniel, logró traer a Bogotá y a otras ciudades del país los mayores exponentes de la música, el teatro y la danza mundial. Lamentablemente, tampoco existe un archivo de esta magnífica labor, realizada entre su llegada a Colombia en 1940 y su deceso en 2005, y que hoy, con denuedo, trata de mantener a flote su hija Berta.

En ocasiones anteriores no he resistido la tentación de calificar algunos acontecimientos como históricos, pero tal vez ninguno lo sea tanto como la presentación del Cuarteto Húngaro en octubre de 1949, con el integral de los cuartetos de Beethoven, que Otto de Greiff llamó “el mayor acontecimiento musical ocurrido en Colombia” y que debería aparecer como uno de los numerosos hitos históricos del teatro. La actividad de música de cámara fue una constante del teatro, tanto en la sala mayor como en el foyer.

En asocio con Pro-arte (otro gran vacío), y a manera de ejemplo, en 1950 Arensburg trajo, entre otros, a Andres Segovia, Pierre Fournier, Arthur Rubinstein, Marian Anderson, Yehudi Menuhin, Jose Iturbi, Alexander Brailowsky, Friedrich Gulda, Shura Cherkassky, Jascha Heifetz, Nathan Milstein y el Trío Pasquier. A propósito de este último, fue Etienne Pasquier, su chelista y líder, quien estrenó, en el campo de concentración Stallag VIII-A, el Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen con el compositor al piano y dos de sus compañeros de reclusión. Sin querer alargarme, habría que agregar a esta lista el Ballet Español de Pilar López, Sujata y Asoka (danza oriental) y el Ballet Negro Tallei Beatty-Tropicana.

Espero que estos contados ejemplos permitan al lector imaginar la magnitud del faltante informativo y entender la enorme importancia del Teatro de Cristóbal Colón en la evolución cultural de la ciudad. Subsanar este “agujero negro”, contribuyendo con ello a una lectura más clara y precisa de nuestra historia, es una necesidad imperiosa.