NELSON FREIRE

Impulsado por el corazón

El pianista brasileño, uno de los más destacados virtuosos de nuestro tiempo, vendrá como invitado al Cartagena XII Festival Internacional de Música. Mozart y Beethoven harán parte de su repertorio en un evento que le rinde homenaje al estilo clásico.

Por: Luis Carlos Aljure

De los miles de pianos que la firma Zimmermann despachó al mundo desde Alemania en la primera mitad del siglo XX, uno de ellos atravesó el océano Atlántico hasta llegar al pequeño poblado de Boa Esperança, en el estado de Minas Gerais, a la casa de una resuelta maestra de escuela que lo había comprado con sus ahorros: la mamá de Nelson Freire. Él nació después de ese hecho épico y fundamental para su vida, y se enamoró del instrumento tan pronto lo oyó sonar por primera vez bajo las manos de su hermana mayor. “Creo que solo había tres pianos en toda Boa Esperança”, recuerda Freire, vía telefónica, desde su residencia en París. Sin un piano en casa, “de repente jamás habría sido pianista, y tal vez me hubiera dedicado a trabajar en una hacienda”.

El niño mostró pronto sus dotes prodigiosas: a los tres años podía tocar a oído algunas de las piezas del repertorio de su hermana, y luego aprendió a leer las claves de Sol y Fa, así que los papás pensaron en conseguirle un buen profesor, pero la empresa tuvo tintes de hazaña. Si el piano debió recorrer más de diez mil kilómetros desde Europa para encontrarse con uno de los futuros virtuosos de nuestro tiempo, el profesor calificado más cercano era un uruguayo de apellido Fernández, que vivía en la población de Varginha, a la que se llegaba con esfuerzo por una trocha polvorienta. “Quedaba a cuatro horas de autobús. Cuatro de ida y cuatro de vuelta. Después de doce lecciones, el maestro les dijo a mis papás que no tenía nada más que enseñarme y que para conseguir un profesor apropiado debían trasladarse a la capital, que en esa época era Río de Janeiro”.

Allá encontró a sus dos maestras fundamentales: Nise Obino y Lúcia Branco, que había estudiado con el pianista belga Arthur de Greef, quien a su vez fue discípulo de Franz Liszt en Weimar. “Lo que soy hoy, se los debo a ellas. Me dieron toda la base pianística, musical y la estructura psicológica para esta carrera, que es tan difícil. Y, sobre todo, tenían un conocimiento de los estilos muy grande. Recuerdo que mi primer recital después de estar estudiando con ellas -yo tenía ocho años- fue un programa que incluía desde Mozart hasta Shostakovich, con obras de Chopin y algunos compositores brasileños”.

Los logros que lo ponían por encima del estudiante de piano promedio aparecieron de inmediato: a los cinco años, en su repertorio mezclado de música popular y clásica ya estaba la Sonata K. 331 de Mozart (la que termina con el famoso Rondó a la turca), y a los doce conocía de memoria catorce conciertos para piano y orquesta, entre ellos el Emperador de Beethoven.

Ahora, a sus setenta y tres años, tocará en el Festival de Cartagena las dos obras mencionadas, que ha interpretado incontables veces a lo largo de su carrera. “Es una cosa muy bonita, porque la buena música es eterna. Uno jamás se cansa de tocar esas grandes obras; siempre hay algo nuevo que se puede descubrir en Beethoven, Mozart, Chopin, y todos los grandes compositores. Es una felicidad para los intérpretes, porque uno siempre está buscando algo nuevo en la música, como en la vida”.

El reencuentro con las grandes obras del repertorio es parte de la cotidianidad de los intérpretes. Otro ejemplo reciente lo vivió con la Sonata para piano número 3 de Brahms; tocó la obra por primera vez cuando tenía catorce años, después fue la pieza central de su primera grabación con Columbia Records, en 1967; y la acaba de grabar de nuevo, cincuenta años después, para el sello Decca, con el que firmó contrato de exclusividad en el año 2001.

Freire se fascina oyendo discos de sus pianistas favoritos del pasado (Rachmaninoff, Rubinstein, Novaes, Gieseking, Horowitz), pero detesta oír sus propias grabaciones. En este caso, sin embargo, hizo una excepción y decidió comparar sus dos versiones de la Sonata de Brahms. “Yo siempre tuve conciencia del valor monumental de esa obra… Es como si al principio uno viese una gran montaña desde lejos, pero luego, de acuerdo con mi edad y la comprensión de la partitura, uno se aproxima mucho más a esa gran montaña y empieza a ver más detalles en ella”.

La grabación de 1967 fue incluida en el volumen que el sello Philips le dedicó a Freire en la colección de Grandes pianistas del siglo XX, uno de los cinco intérpretes latinoamericanos seleccionados, además del chileno Claudio Arrau, el cubano Jorge Bolet y los argentinos Daniel Barenboim y Martha Argerich, amiga entrañable del brasileño. “Somos vecinos aquí en París”, dice desde el otro lado de la línea, “aunque casi nunca estamos. Ella viaja mucho y yo también. Pero a veces coincidimos. Es una gran amistad.

La conozco desde los catorce años y hemos tocado muchas cosas de Rachmaninoff, Brahms, Schubert, Mozart…”. Después de pensarlo un poco, recuerda que la última vez que se presentaron juntos en público fue en París, en un concierto a beneficio de las víctimas del terremoto de Japón en el año 2011. Siempre expresan su mutua admiración y cariño. La argentina asegura no conocer a otro pianista que supere con tanta facilidad las dificultades de cualquier obra, y el brasileño repite que ella “es la mejor pianista de su generación”.

En el año 2010 los dos fueron invitados a integrar el jurado del Concurso Chopin de Varsovia, y se maravillaron con la cantidad de talentos que encontraron en la competencia, especialmente con el joven y hoy muy famoso Daniil Trifonov que, a juicio de ellos, debió ser el ganador, pero ocupó el tercer lugar.

Freire y Argerich se conocieron en Viena, adonde el brasileño llegó becado por el presidente Juscelino Kubitschek -el mismo que lideró la construcción de Brasilia, la nueva capital del país- gracias a su notable participación en el Primer Concurso Internacional de Piano de Río de Janeiro, en el que alcanzó a clasificar a la ronda final con solo doce años. Guiomar Novaes, otro prodigio del piano brasileño, y una de las fuentes de inspiración de Freire, era miembro del jurado y lo apodó: “Nuestro Rubinsteincito”. Sin embargo, los dos años de estudios en Europa fueron arduos.

Freire tuvo que viajar solo, y la Viena que hoy adora le pareció entonces una ciudad hostil, inhóspita, herida aún por los destrozos de la Segunda Guerra Mundial. Conocer a Argerich fue lo mejor que le pasó en ese tiempo, porque además siente que no aprovechó debidamente a su gran profesor (Bruno Seidlhofer), cometió excesos, se saturó del instrumento, pensó que no sería capaz de tocar de nuevo, y regresó a Brasil con la aureola de un talento malogrado. Pero en la adversidad encontró la fuerza necesaria para darle un nuevo impulso a su carrera, que aún no se detiene.

Desde sus inicios precoces hasta hoy, convertido en un intérprete de fama mundial, Nelson Freire ha tenido una rica trayectoria, aunque se presenta menos veces que muchos de sus colegas (de cincuenta a sesenta conciertos por año); y le huye a la publicidad, al punto que su empresario le dice, medio en broma, que si ha logrado hacer una gran carrera es a pesar de sí mismo. Sus giras lo han traído a Colombia varias veces.

Esta será su primera visita a Cartagena, pero estuvo por primera vez en Bogotá, en 1966, para dar un recital en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Y su escala más reciente en la capital la hizo en 2014, cuando tocó en el Teatro Mayor el Concierto Emperador de Beethoven con la Orquesta Filarmonía de Londres, dirigida por Vladimir Ashkenazy. Con fama de tímido y discreto, pero también de muy amable, se ha paseado por el mundo para presentarse con las principales orquestas, en las salas de conciertos más prestigiosas, y en compañía de los músicos más destacados, en una agenda con sobredosis de aeropuertos y aviones que siempre lo ha forzado a sobreponerse al terror que le produce volar.

Aunque su vida transcurre principalmente entre París y Río de Janeiro, sin contar los múltiples destinos a los que lo empuja su profesión, Nelson Freire siempre encuentra el tiempo para regresar a su ciudad natal, donde tiene un estatus de celebridad. En el 2015 gestionó la primera presentación de una orquesta sinfónica en la historia de Boa Esperança, cuando la Filarmónica de Minas Gerais ofreció un concierto al aire libre ante siete mil personas, casi todas novatas en la materia, en el que Freire fue el solista del Concierto para piano número 4 de Beethoven.

Quien camine por el centro de la ciudad se encontrará una placa conmemorativa en el lugar donde alguna vez se levantó su casa, demolida hace varios años, y se sorprenderá atravesando una calle que lleva su nombre, la Rua Nelson Freire, que desemboca por una de sus puntas en la calle Getúlio Vargas, cuatro veces presidente de Brasil. Y lo asombroso del caso es que su calle no fue bautizada en la época en que ya se había convertido en un pianista de fama mundial, sino cuando apenas era un niño prodigio de nueve años.

Tras haber alcanzado su rápida madurez como intérprete, también puede decirse que, por amor y afinidad, hay un repertorio que lleva su nombre: el romántico. Chopin, Schumann, Liszt, Brahms y Rachmaninoff abundan en sus programas; pero abarca mucho más, porque también es asiduo de las obras de Mozart, Beethoven, Debussy y de varios de sus compatriotas brasileños, particularmente, Heitor Villa-Lobos. “Yo creo que Villa-Lobos es un compositor maravilloso. Es muy conocido de nombre, pero su obra se toca muy poco. Su producción es inmensa y tiene cosas del nivel de Stravinsky o Bartók, como los Chôros o las Bachianas brasileiras“.

Al Festival de Cartagena traerá algunas de sus piezas para piano y, luego, en el Carnegie Hall de Nueva York, tocará una Fantasía que aprecia mucho: Momoprecoce, que alude al Rey Momo, personaje común a los carnavales de Río de Janeiro y Barranquilla.

El pianista brasileño se considera un artista que responde más a los impulsos de sus instintos e intuiciones que a las consideraciones racionales. Por eso cobra fuerza el comentario que alguna vez hizo Seidlhofer, su profesor en Viena. Afirmó que de sus años de enseñanza recordaba a tres de los grandes talentos que habían pasado por sus manos: Friedrich Gulda, Argerich y Freire, y que cada uno poseía un motor que impulsaba su talento. A Gulda, el intelecto; a Argerich, los dedos, y a Freire, el corazón.