LA TRAVESÍA DE ARNEDO

El Colectivo Colombia será el ensamble residente del Teatro Colsubsidio. Sus cuatro presentaciones iniciarán el sábado 20 de julio.

Orígenes

Arrasada en 1509 por Alonso de Ojeda durante su expedición conquistadora, Turbaco – llamada en ese entonces Yurbaco en honor a un cacique Caribe- era un pequeño caserío bendecido por su situación geográfica, que desde los tiempos de la colonia española se convirtió en el refugio predilecto de personajes célebres. Allí llegó, por ejemplo, el sa- bio Alexander Von Humboldt; Simón Bolívar retozó tuberculoso antes de dormir el sue- ño eterno en Santa Marta; el arzobispo y virrey Antonio Caballero y Góngora merodea- ba por sus alrededores y, dato curioso, el excéntrico dictador mexicano Santa Anna fue a morir allí en 1876 en la misma casa que había ocupado el Libertador.

Asentada a 220 metros sobre el nivel del mar, en una colina cálida de aguas cristalinas y vegetación frondosa, Turbaco (hoy una población de más de 60 mil habitantes a doce kilómetros de Cartagena) también es la cuna de los Arnedo, una de las familias más re- levantes en la historia musical colombiana.

El intrincado árbol genealógico tiene raíces en José Adán Arnedo Lara quien en los años treinta del siglo pasado fundó el Sexteto Maretira, comandó el grupo Los Arnedo y con- solidó la Orquesta Nuevo Oriente en la que se destacó el gran Sofronín Martínez. Fue José Adán quien se encargó de la educación musical de su sobrino Julio César Arnedo Padilla, futuro padre de Antonio y Gilberto.

Nacido en 1932, Julio César se convirtió en uno de los clarinetistas más diestros de las sabanas de Bolívar por donde se paseó orondo como miembro de Los Pipiolos, Melodía y A Número Uno, tres orquestas que, a pesar de no dejar registros discográficos, son recordadas por haberle hecho frente a la Orquesta Emisora Fuentes, quizás la más popu- lar de la época. En 1951, con tan solo 19 años de edad, arribó a Bogotá seducido por su primo Carlos, quien lo animó a unirse a la orquesta de Pacho Galán. Dicha aventura no tuvo el término presupuestado pero, al contrario, animó al clarinetista y a sus primos a formar un combo aparte con quienes trabajó en un cabaret tocando porros, cumbias y guarachas.

En Bogotá, a partir de finales de los años cincuenta, le sucedieron asuntos trascendenta- les al turbaquero: conoció el jazz a través de un disco de Coleman Hawkins y, al perder su clarinete, confirmó que si instrumento era el saxofón. Grabó con las orquestas de Marcos Gil, Nico Medina y Tomás di Santos, y acompañó a Rolando Laserie, Agustín Lara y Celia Cruz. Por esos mismos días se enamoró de Amanda, una joven ecuatoriana.

Travesía

De los siete hijos de Amanda y Julio, dos se dedicaron a la música, mientras los otros cinco se convirtieron en ingenieros. Pese a la reticencia de su padre –quien afirmaba con vehemencia que la música era un terreno hostil y malagradecido- Antonio siguió los pa- sos de Gilberto, su hermano mayor. Nacido en 1963, en Bogotá, Antonio Arnedo escu- chó con atención las primeras lecciones que Julio le impartió a Gilberto. Más tarde, ya entrado en la adolescencia, lo acompañó como asistente al Conservatorio de la Univer- sidad Nacional y en el Sexteto de Música de Cámara –grupo conformado, entre otros, por “Tico”, su padre y su Luis Raúl, otro hermano- tocó la flauta. Si bien todo indicaba que se dedicaría a la música, él no estaba convencido y pensó que los suyo eran las ciencias naturales.

Varios eventos fortuitos sucedieron para que, definitivamente, tomara la decisión más sensata: “A mi papá le llevaron un saxofón que yo terminé comprando y guardando de- bajo de la cama –le dijo Arnedo al periodista y escritor Hugo Chaparro Valderrama- En- tonces lo sacaba, cada ocho o quince días, por la misma época en la que estudiaba Geo- logía en la Universidad Nacional de Bogotá. Y alguna vez, viendo un programa de tele- visión, presentaron un trío conformado por músicos de mi edad. Siempre había pensado, hasta ese momento, que el gremio de los músicos estaba lleno de problemas. Pero cuan- do vi a Juan Vicente Zambrano, a Kike Santander y a Satoshi Takeishi en ese programa, la imagen de ellos haciendo música, con seriedad y juventud, me cambió por completo la idea que tenía de los músicos como gente de edad, que estudiaba todo el día, con mu- chas dificultades para hacer cualquier cosa… A ellos los conocí un fin de semana y “Sa- tos” relacionó mi cara con la de mi hermano, Tico, que ya tocaba muy bien, pensando que tal vez yo era también un buen músico. Me invitaron a un sitio llamado el Jazz Bar, acá en Bogotá, porque les dije que tocaba el saxofón. Y esa noche, en el Jazz Bar, donde estaban Joe Madrid, Edy Martínez, Francisco Zumaqué, Armando Velásquez, cuando se trataba de una noche especial, de jazz, el saxo se oyó horrible. Todos me miraban con ojos de desesperación y aunque solo me dejaron tocar un tema, quedé fascinado… Cla- ro, después no me dejaron tocar otra vez y en el turno de mi solo, terminaban la can- ción. Y en ese proceso duré meses, tratando de tocar todas las noches”. i

En 1984, el mismo año en el que dejó la carrera de Geología, el compositor Francisco Zumaqué lo invitó a conformar Macumbia, un insólito experimento que marcó definiti- vamente el devenir del jazz en Colombia y, también, las inquietudes estéticas del joven saxofonista, quien doce años después con su disco debut, afirmó de manera muy perso- nal no solo las intuiciones de Zumaqué sino las exploraciones que cinco décadas atrás habían iniciado Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Antonio María Peñaloza y Edmundo Arias.

Luego de una temporada fuera del país, Antonio Arnedo volvió a Colombia en 1994. Al cabo de su llegada ya se perfilaba como uno de los protagonistas de la escena musical en Colombia. Lo único que hacía falta era una grabación. A mediados de los noventa llevar a cabo un proyecto como el que ya tenía Arnedo en mente era casi imposible si no se contaba con el respaldo de un sello. Esta inquietud llegó a oídos de un viejo amigo. Fue así que Camilo de Mendoza, por ese entonces jefe de programación de Javeriana Estéreo, lo contactó con Humberto Moreno, director de MTM, una discreta compañía discográfica que para ese entonces ya se había arriesgado a distribuir el catálogo de Pu-

tumayo Records y Nuevos Medios, además de prensar discos de Totó La Momposina y el grupo de rock Catedral. A la luz de los acontecimientos posteriores, parece ser que Arnedo y Moreno tuvieron gran empatía y sucedió algo que no estaba dentro de los pre- supuestos: ¡pactaron no uno sino cuatro discos! Todo un hito en la incipiente historia del jazz colombiano y, por supuesto, un suceso inusual en la industria fonográfica local.

Grabado el 7 de mayo de 1996 en los estudios System ́s Two de Nueva York, Travesía – publicado ese mismo año- contó con la presencia del contrabajista caleño Jairo Moreno, el guitarrista Ben Monder y el baterista Satoshi Takeishi, quienes fueron decisivos para que la etnografía sonora propuesta por Arnedo llegara a buen puerto. A través de las reglas permeables de la improvisación jazzística, estos músicos asimilaron fuentes de músicas populares colombianas que les eran desconocidas. El resultado no deja de ser sorprendente veintitantos años después.

El jazz con su afortunada ambigüedad fue el sustrato idóneo para que Arnedo pudiese abstraer prácticas musicales colombianas ligadas al ritual y a la fiesta popular. Habría que subrayar que no las mejoró ni las puso al alcance de otros oídos: lo suyo fue aunar en un sonido muy particular músicas que en apariencia eran divergentes. En ese diálogo encontró resonancia con una nueva generación de jazzistas colombianos que ya estaban buscando algo más allá de la asfixiante endogamia del jazz brasileño y afrocubano. De eso dan cuenta Orígenes (1997), Encuentros (1998) y Colombia (2000). Con este último cerró el fructífero y trascendental ciclo con MTM. De esos años con la disquera de Humberto Moreno también quedó Vacío y realidad (1999), una grabación experimental junto a César López.

Pasaron cinco años para que Antonio Arnedo volviera a grabar un disco. Se trató de Hay otra orilla (2005) con la complicidad del compositor y guitarrista argentino Fernando Tarrés. Mucho más tarde llegó Fronteiras imagináiras (2015) junto al pianista brasileño Benjamin Taubkin con quien vislumbraron una suerte de “invención folclórica latino- americana”. En ese dilatado intervalo de tiempo aparece en la mitad una grabación que, infortunadamente, no circuló en Colombia: Border crossing (2010) es una indómita se- sión de free junto al baterista Brian Willson y el contrabajista Dominic Duval. Recien- temente, con la cuidadosa impronta del sello medellinense Música Corriente, el saxofo- nista editó Home (2016), una inspirada sesión –a medio camino entre jazz y música de cámara- junto al pianista Sam Farley.

Colectivo Colombia

En el año 2004 se estrenó públicamente el Colectivo Colombia, una disidencia creativa conformada por Puerto Candelaria, Palos y Cuerdas, Guafa Trío, Polaroid, Hugo Cande- lario y Curupira. La iniciativa del saxofonista tenía como objetivo viejas intuiciones: ir hasta la raíz -tergiversarla, conocerla, jugar con ella- para poder encontrar particularidad e identidad. Sin embargo, el empeño resultó, a todas luces, ambicioso e ingobernable. De esa primera etapa queda el recuerdo de un épico concierto realizado ese mismo año en el Teatro Colón de Bogotá donde se reunieron, al menos, treinta músicos en el tabla- do.

Luego de una hibernación premeditada, el Colectivo Colombia renació en el 2017 para un concierto especial del Festival de Música de Cartagena. Junto a Lucía Pulido y Jorge Velosa presentaron De la copla, la canta y la juglaría, una indagación de la tradición del romancero hispánico. Un año después apareció Soplo de río (2018), trabajo disco- gráfico que gira alrededor de los encuentros inesperados entre la marimba de chonta y otras músicas raizales de Colombia. Allí se arraigó la formación actual del colectivo que incluye a Hugo Candelario (marimba de chonta), Urián Sarmiento (percusión), Juan Miguel Sossa (cuatro y tiple), Anamaría Oramas (flauta), Santiago Sandoval (guitarra) y José Juvinao (contrabajo).

A lo largo del 2019, como artista residente del Teatro Colsubsidio, Antonio Arnedo ini- cia otra crucial travesía en la que lo acompañarán – además del Colectivo Colombia- Lucía Pulido, el chelista brasileño Jaques Morelenbaum, Juancho Valencia y el sorpren- dente trío argentino Aca Seca. Serán cuatro conciertos entre julio y octubre en los que se afianzarán ideas que han rondado la cabeza de Arnedo desde aquellos días de Macum- bia: escuchar a Latinoamérica de sur a norte, verla con sus contornos difusos, apostar por nuevas tradiciones, exponer sin recato folclores imaginados.

i Chaparro Valderrama, Hugo. (Ago.-Sep. 1996): Antonio Arnedo: su estrella en el jazz. En “91.9 La Revista Que Suena…” No. 12, pp.1-6.