JORDI SAVALL, “Todas las mañanas del mundo son senderos sin retorno”…

El próximo 9 de noviembre, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, Jordi Savall interpretará la banda sonora de la película Todas las mañanas del mundo con motivo de los 25 años de su estreno.

Por: Andrés Martínez Pardo

 “¡Oh! ¡Sí hubiese alguna persona viva que en verdad apreciara la música! Hablaría con él, y entonces podría al fin morir…”

Mr. de Sainte Colombe

Hay obras humanas de tal universalidad y sublimidad perenne, que constituyen en sí verdaderos mundos, con sus valles y cimas, océanos y espesuras. A veces se trata de obras que retratan una época, con sus costumbres, sus ideas y su particular manera de sentir la realidad, pero que están pintadas con una fuerza, nitidez y vivacidad tales que logran transportarnos, haciéndonos así partícipes de su sentir. Al regresar de esos mundos ya no somos los mismos; algo ha cambiado en nosotros para siempre, merced al poder del arte.

Obras tales pueden ser el famoso Quijote, a la vez una y mil obras, suma y síntesis del Siglo de Oro español; o El Burgués Gentilhombre, donde todas las artes concurren, como entre doradas y caprichosas volutas a plasmar el alma del barroco francés; o El Octavo Libro de Madrigales de Monteverdi, microcosmos musical y filosófico que escudriña bellamente los misterios del amor. Entre este tipo de obras yo me atrevería a situar una cinematográfica: Todas las mañanas del mundo.

La cinta es producto del encuentro de tres genios: Pascal Quignard (autor de la novela en que se basa la película), Alain Corneau (el visionario que la dirigió, plasmando en imágenes silenciosas lo intangible) y Jordi Savall (el gambista más famoso del mundo, quien personifica en el filme, a través del discurso sonoro, a Sainte Colombe, a Marin Marais y a la música misma, bordando sonidos y silencios con la precisión del relojero, la prolijidad del miniaturista, la pasión del rapsoda y el preciosismo del orfebre).

Algunos han señalado que la película retrata la mentalidad típica de los amantes de la música barroca y que encierra (aunque de forma simbólica y críptica) “la filosofía secreta” de la práctica histórica interpretativa. Ciertamente Todas las mañanas del mundo se convirtió –junto a La Crónica de Anna Magladena Bach y El Puente de las Artes– en uno de los tres baluartes cinematográficos del llamado “movimiento historicista” o “recuperacionista” de la música antigua, cuyos devotos apropiamos casi a manera de Credo, quizá por encontrar plasmada allí nuestra propia manera de sentir la vida y de situarnos en el mundo.  

La sola banda sonora, a cargo de Jordi Savall, es un tesoro; pero la recepción de la película no ha sido la misma en todas partes ni entre todos los públicos. Ello se debe a que, como toda gran obra, este film admite diferentes niveles de lectura.

Para el público más prosaico la película es “un ladrillo”: otro plomo insufrible del cine francés; para el público promedio, que restringe simplemente su atención a la acción externa, sin prestar atención al discurso “entre líneas”, ni a la música, Todas las mañanas del mundo se reduce al relato que hace Marin Marais, gambista y compositor de Luis XIV, de su relación con su enigmático maestro, el mítico señor de Sainte Colombe, al cual había acudido a los diecisiete años para pedirle que fuese su mentor. El señor de Sainte Colombe lo admite como discípulo, por conmiserarse de su triste infancia, pero pronto lo expulsa, al advertir que Marais es un trepador advenedizo que no hace música por vocación profunda sino por afán de gloria, dinero y ascenso social, careciendo así de la condición esencial del verdadero artista. Por su parte, el espectador más cerebral centra su atención en la acción interna, es decir psicológica, y descubre en este filme francés un sinfín de cuestiones lingüísticas, históricas y musicológicas demasiado extensas para tratar aquí.

Pero hay otro nivel de lectura mucho más bello, natural y ameno, que por lo mismo resulta más profundo y certero: aquél donde los estándares de estudio y lectura crítica que uno aplicaría a cualquier otra obra son simplemente insuficientes. Es el nivel de aprehensión donde todo intento de racionalización intelectualizante y cerebral debe abandonarse de tajo, por lo fútil y por lo contrario al propio mensaje de la película. Es el momento de abandono, en donde nos olvidamos de nosotros mismos para dar entrada a la música –aquel instante en el que nos abstraemos de toda realidad para sumergirnos de lleno en la obra de arte. Solo entonces la película se convierte en una verdadera experiencia estética.

Qué es la música, qué es un músico, cuál es la finalidad de la música, qué cosas asesinan la música, cuál es la naturaleza de la verdadera vocación artística y cómo ésta se enfrenta con las crueles realidades del mundo, que son su antítesis, son apenas algunas de las muchas cuestiones que la cinta pone de relieve entre líneas.

He visto Todas las mañanas del mundo hace años, pero cada vez que la repito me sorprende algo nuevo: un matiz, un detalle, un gesto, una mirada o un ornamento que había pasado desapercibido. Por eso es imposible escoger una escena favorita… aunque nunca deja de emocionarme aquella en la que Sainte Colombe rechaza radicalmente la invitación que Luis XIV ha enviado con su emisario, un cura pomposo y corrupto: el burócrata amenaza con la ira del Rey y de Dios sí el compositor no abandona su granja, su vida sencilla y sus adustas vestiduras para unirse a la corte de lagartos intrigantes de Versalles; Sainte Colombe le manda decir al Rey que “su palacio es más estrecho que una cabaña y toda su corte no alcanza a constituir una sola persona” –respuesta que divierte al Rey por encontrarla muy atinada.

Tal escena resultó ser una especie de vaticinio del rechazo que Jordi Savall hiciera, 23 años después, del Premio Nacional de Música, en un acto de protesta que sonó en el mundo entero. Savall explicó que rechazaba el galardón “para no traicionar sus principios y convicciones más íntimas”, dado que la distinción venía del Ministerio de Cultura, precisamente la principal institución estatal “responsable del dramático desinterés y la grave incompetencia en la defensa y la promoción del arte y sus creadores”. Savall hizo público el hecho de que solo en pocas ocasiones, a lo largo de 40 años de actividad, había podido beneficiarse de alguna colaboración pública: “…he seguido adelante solo con mi esfuerzo personal, sin contar jamás con una ayuda institucional estable”; y manifestó que “…este sacrificio sea comprendido como un acto revulsivo en defensa de la dignidad de los artistas y pueda, quizás, servir de reflexión para imaginar y construir un futuro más esperanzador para nuestros jóvenes”, reflexión que le cae como anillo al dedo a nuestro propio país.

Fragmentos como en el que el maestro Sainte Colombe destroza la viola de su alumno y le arroja unas monedas, al advertir que su discípulo solo usa la música como un medio de ascenso, así como la escena “muda” en la que el director deja en evidencia la incapacidad de las palabras, delegando el discurso exclusivamente a la viola que interpreta las Lecciones de Tinieblas de François Couperin, logrando expresar por medio de la ejecución del instrumento de Savall el dolor contenido, el sollozo ahogado, el amor contrito, el anhelo inasequible, la ternura y la pureza, hacen de Todas las mañanas del mundo una riquísima cantera para la reflexión, pero también una inagotable fuente de deleite, recordándonos que el poder del arte y la magia de la música nos permiten reconectarnos con momentos tan lejanos de nuestro presente como si nos hubieran sucedido hoy.

Además, como es propio del arte Barroco, la película nos recuerda que todas las mañanas del mundo son senderos sin retorno, y que no tenemos más sino decidir qué hacer con el sendero diario, labrando así ese efímero y azaroso laberinto de la vida.