JOHANN SEBASTIAN BACH, LOS NÚMEROS DEL QUINTO EVANGELISTA

El XIII Cartagena Festival Internacional de Música ha seleccionado algunas de las obras instrumentales más representativas del catálogo de J. S. Bach, que serán interpretadas, entre otros, por los English Baroque Soloists, Angela Hewitt y Vikingur Ólafsson.

Por: Luis Carlos Aljure


La pianista Angela Hewitt

Al morir Johann Sebastian Bach, el obituario que escribieron su hijo Carl Philipp Emanuel y su alumno Johann Friedrich Agricola, exponía algunos conceptos sobre su arte que siguen siendo una marca indeleble del autor. Le atribuían ellos a la música del maestro difunto la capacidad de extraer de la polifonía su mayor poder, el don de acercarse con mano diestra a los secretos más ocultos de la armonía, y un talento sin igual para dotar sus piezas, siempre muy bien elaboradas, de las ideas más ingeniosas y singulares.

En la obra de Bach, aunque sea de manera intuitiva, los lenguajes universales y abstractos de la música y la matemática entrelazan sus caminos, como si en ese encuentro quisieran probar la idea del filósofo Gottfried Leibniz, según la cual, «la música es el ejercicio aritmético oculto de una mente que no es consciente de que está calculando».

Si bien es cierto que las características mencionadas sobre su música son aplicables tanto a la obra religiosa como a la instrumental, el siglo XIX, tras el rescate del nombre de Bach, forjó su imagen como la del Quinto Evangelista, en una visión sesgada de su producción que ponía en primer plano las creaciones sacras y en un segundo nivel sus contribuciones a la música instrumental.

Sin embargo, con el paso del tiempo, las cosas fueron encontrando su justo balance hasta llegar al punto en que la obra para teclado, el repertorio de cámara y la música orquestal de Bach se elevaron a la misma altura de su contraparte litúrgica, porque después de todo, el genio de Bach también voló por instrumentos. Y es precisamente a su rico repertorio instrumental, con sus juegos numéricos de proporciones y simetrías, que el XIII Cartagena Festival de Música le dedicará este año una buena cuota de su programación.

En el catálogo de la obra completa de Bach publicado en 1950 por Wolfgang Schmieder, que fue aumentado y corregido posteriormente, se clasifican cerca de quinientas obras instrumentales (desde cánones minúsculos hasta los dos libros del monumental Clave bien temperado).

Bach compuso música instrumental a lo largo de toda su carrera en los cargos sucesivos que asumió en Arnstadt (1703-1707), Mühlhausen (1707-1708), Weimar (1708-1717), Cöthen (1717-1723) y Leipzig (1723-1750). Y siempre tuvo en mente explotar al máximo las posibilidades técnicas y expresivas de los instrumentos, a partir de un tejido musical generalmente complejo y elaborado en el que fue capaz de hacer una síntesis de los estilos antiguos y de su tiempo.

Bach cultivó al más alto nivel casi todas las formas y géneros existentes en el barroco (la gran excepción fue la ópera), y lo hizo, según sus intenciones declaradas, para la gloria de Dios, para el deleite de las almas o con fines pedagógicos.

Aunque nunca salió del territorio germano y su existencia fue más bien provinciana, supo permanecer al tanto de las novedades internacionales gracias a la circulación de manuscritos y ediciones musicales de sus colegas.

Por su mesa de trabajo pasaron obras de autores italianos como Arcangelo Corelli y Antonio Vivaldi, de músicos franceses como François Couperin. Jean-Philippe Rameau, y de sus coterráneos Georg Friedrich Händel y Georg Philipp Telemann.

En ese entonces, en medio de las disputas entre Francia e Italia por imponer su respectivo estilo musical a las demás naciones, Alemania obró, con Bach a la cabeza, como un catalizador de las diversas tendencias del momento.

Como afirmaba el compositor y virtuoso de la flauta, Johann Joachim Quantz, los músicos alemanes fueron capaces de seleccionar lo mejor de los estilos musicales de varios pueblos, para producir «un sabor mixto que… puede muy bien ser llamado el gusto alemán».

El genio de Bach floreció sobre un terreno largamente abonado para la música, formado por las cinco capas generacionales de la familia que se habían dedicado al oficio en las regiones alemanas de Turingia y Sajonia, donde el apellido Bach se convirtió, literalmente, en sinónimo de músico. Aunque se conocen pocos datos de su infancia y proceso de aprendizaje, fue muy rápida la conversión del joven en un virtuoso descomunal de los instrumentos de teclado, como el órgano, el clavicordio y el clavecín.

Las destrezas de Bach atrajeron a muchos alumnos ávidos de aprender los secretos del teclado de manos del maestro, y gracias a la proliferación de estudiantes, que se incrementaron aún más en el periodo de Leipzig, la música para clavecín del compositor que, de su producción, la más divulgada y disponible en su época.

La difusión del repertorio de clavecín de Bach, afirma el Nuevo Diccionario Grove: «muestra una marcada curva ascendente durante el siglo XVIII, tanto a nivel internacional como dentro de Alemania. Las obras de clavecín de Bach estaban disponibles en Italia, Francia, Austria e Inglaterra en 1750».

En los conciertos del Festival de Cartagena se podrán oír muestras importantes del catálogo de Bachpara clavecín como selecciones de los dos libros del Clave bien temperado y las Variaciones Goldberg, obras que se interpretarán en piano, un instrumento que desde el siglo XIX asumió como propia la producción de Bach compuesta originalmente para clavecín.

El clave bien temperado es una obra fundamental dentro del catálogo de Bach, que el músico concibió como un derrotero infalible para los estudiantes del instrumento. Cada libro consta de 24 pares de preludios y fugas compuestos en las 24 tonalidades de la música occidental, en los que el compositor alternó sabiamente la forma libre del preludio, cercana al espíritu de la improvisación; con la forma más estricta y severa de la fuga, con sus complejas secuencias de voces que se persiguen y entreveran.

Las Variaciones Goldberg, una de sus obras más divulgadas, fueron publicadas en 1741. Comienzan con una pieza denominada Aria, cuyo bajo de 32 compases -la parte que toca la mano izquierda- se convierte en el tema base de las treinta variaciones que siguen, en las que Bach derrocha creatividad e ingenio.

Las variaciones son esencialmente de tres tipos: unas están compuestas en ritmo de danza, otras exploran las posibilidades del virtuosismo del instrumento y las demás están construidas según la forma del canon. Este enorme esfuerzo que lo llevó a extraer de un único tema básico toda una creación de proporciones considerables, vuelve a aparecer en dos obras posteriores que también están programadas en el Festival de Cartagena.

La primera de ellas es La ofrenda musical, obra muy particular que resultó de una visita de Bach, en 1747, a la corte de Federico el Grande de Prusia. El anecdotario asegura que el monarca, ansioso de oír las dotes del virtuoso e improvisador Bach, se sentó en uno de los nuevos pianofortes adquiridos por él para su palacio en Potsdam. Tocó un breve motivo musical, al parecer de su cosecha, y a continuación le pidió a su visitante que improvisara una fuga completa a partir de esa idea, lo que Bach cumplió de inmediato y a cabalidad.

Dos meses después terminaría una obra basada en el tema que el rey había tocado para él, y que consta de una sonata, que incluye una parte para flauta, instrumento que Federico el Grande tocaba con destreza; algunas fugas y diez cánones.

Uno de ellos se ha hecho famoso porque en él Bach hace sonar simultáneamente la melodía original del canon con su versión retrógrada, es decir, el mismo tema, pero interpretado al revés nota por nota. El título proviene de la dedicatoria de Bach al monarca en la que alude a una «ofrenda musical, cuya parte más noble proviene de sus augustas manos».

La segunda obra es El arte de la fuga, que entretuvo a Bach en sus últimos años, aunque no alcanzó a terminarla. Seguramente la concibió como su aporte final a un procedimiento musical complejo y erudito que llegó a dominar como pocos.

Una vez más, a partir de un tema único, Bach construye una obra que consta de catorce fugas y cuatro cánones, piezas en las que, como muestra de su maestría, aplica una gran diversidad de procedimientos y alternativas de elaboración y desarrollo del tema semilla.

Al no existir indicaciones sobre la instrumentación de la obra ni en el manuscrito ni en la primera edición, pueden encontrarse diversas versiones en las salas de conciertos y en las grabaciones discográficas, aunque a menudo la obra se interpreta en clavecín (en el Festival, por ejemplo, se presentará a cargo de un cuarteto de cuerdas).

Los musicólogos han detectado que en la fuga final, que quedó inconclusa, el compositor firmó su última creación con un breve motivo musical. Como en la tradición alemana las notas de la escala tienen un equivalente alfabético, el músico empleó una sucesión de cuatro notas que corresponden al apellido Bach: si bemol (B), la (A), do (C) y si (H).

Durante el Festival también habrá lugar para otras muestras de música instrumental de Bach, como las Suites orquestales, las Suites para violonchelo solo y las Sonatas para dúo instrumental, pero los Conciertos tendrán aun una mayor representación.

Forkel, el primer biógrafo de Bach, asegura que cuando el compositor estaba vinculado al ducado de Weimar experimentó una verdadera revelación al conocer los conciertos de Antonio Vivaldi. Al parecer, el músico alemán descubrió los doce Conciertos opus 3 (L’estro armonico) y otras muestras de su colega italiano gracias a que uno de sus patrones, el duque Ernst August, trajo consigo de Ámsterdam una serie de partituras novedosas para enriquecer el repertorio de la corte.

Intrigado por el nuevo aire que soplaba desde Italia, Bach realizó transcripciones para órgano y otros conjuntos instrumentales de varios de los conciertos de Vivaldi, que obraron como disecciones musicales para asimilar a fondo las novedades que contenían y que, pasadas por su personalísimo cedazo, entraron a formar parte de su estilo.

Por ejemplo, el ritornello, un pasaje orquestal recurrente que se interpreta al comienzo de un movimiento y que luego se alterna con los episodios o pasajes protagonizados por los solos. En sus aportes más populares al género, los seis Conciertos brandemburgueses,

Bach recurre mayoritariamente a la modalidad del concerto grosso, que opone y hace contrastar y dialogar a un grupo pequeño de solistas, llamado concertino; con un grupo instrumental de mayor envergadura, denominado tutti o ripieno.

Pero Bach emplea en su ciclo grupos de solistas inhabituales, como el del famoso Concierto número 5, que consta de flauta, violín y clavecín, instrumento que adquiere tanto protagonismo que para muchos estudiosos de la música en él se haya el germen del futuro concierto para teclado y orquesta.

Estas obras fueron reunidas por Bach en su época de Cöthen, pero se da por sentado que se trata de partituras que retomaron y reelaboraron composiciones de años anteriores. Bach también cultivó el concierto con solista y, de los que han sobrevivido, su catálogo nos ofrece dos para violín y siete para clavecín solo, estos últimos escritos en tiempos de Leipzig para el Collegium Musicum.

Una de las cosas que sorprenden del catálogo de música instrumental de Bach es que, pese a ser voluminoso, se sabe que el número de obras perdidas también es considerable.

Sin duda, es lamentable todo lo que se extravió, pero también debemos agradecer lo que nos queda, porque en las obras que perduraron se aprecia, para citar una frase de John Eliot Gardiner, invitado ilustre del Festival de Cartagena, «la capacidad de Bach para tratar con abstracciones y para extraer de ellas series de razonamientos claros y concluyentes».