GUSTAVO YEPES Y RODOLFO ACOSTA, retratos de una sociedad

En la franja Retratos de un compositor de la Sala de Conciertos Luis Ángel Arango, Rodolfo Acosta presentará un disco retrospectivo el miércoles 13 de noviembre. La Sala presentará el miércoles 20 de noviembre, en la misma franja, un concierto en dedicado a la obra de Gustavo Yepes.

Por: Pedro Sarmiento

Nicholas Cook afirmó que “la música es un arte interpretativo” cuyo alcance va más allá del simple ejercicio de tocar una obra a la perfección, pues logra reflejar los cambios que operan en el cuerpo social, e incluso, como lo afirma Jaques Attali, puede llegar a anticiparlos. En ese sentido, Richard Taruskin afirmó que en el caso de las interpretaciones —y grabaciones— de “música antigua”,se llega a saber más de las prácticas actuales que de las correspondientes a la época en la que pertenecen.

Ahora bien, muchos compositores reflexionan abiertamente sobre su oficio y el devenir musical, a través de artículos, entrevistas, crónicas e investigaciones académicas, que nos ayudan a conocer su pensamiento musical, revelándonos incluso sus motivaciones al momento de componer determinada obra. Esto lo podemos constatar en los casos de los compositores Gustavo Yepes Londoño (Yarumal, 1945) y Rodolfo Acosta (Bogotá, 1971), ambos reconocidos profesores universitarios y promotores de la música académica desde sus especialidades.

Perteneciente a la generación de La violencia (1948-1958), Gustavo Yepes, intérprete de música antigua y barroca, director de coro y orquesta, compositor de teatro musical, ópera, música sinfónica y de cámara, nació en una de las regiones más conservadoras del país. Estudió en el Seminario de Misiones Extranjeras (1927), en donde aprendió canto polifónico y piano. Llama la atención que en este lugar se siguiera aprendiendo el canto polifónico, una práctica en desuso dentro de la iglesia desde 1830, pese a que las celebraciones litúrgicas se siguieron haciendo en latín hasta la reforma del Concilio Vaticano II.

Con sus compañeros de seminario, incluidos su hermano Mario Yepes y Alberto Correa, fundan en Yarumal la Coral Santa Cecilia y el grupo vocal La Pentafilia. Los tres harán parte luego de la Coral Tomás Luís de Victoria de Medellín (1951), grupo que solía presentarse en la Catedral Metropolitana. Asimismo, los hermanos Yepes comienzan a asistir a los montajes del grupo Pro Música Antigua de Medellín, lugar donde se conocen con Mario Gómez Vignes. Gustavo comienza a mostrar un mayor interés por la dirección coral, llegando a ser miembro y director de la Coral de Envigado (c.1963) y miembro fundador del Estudio Polifónico de Medellín (1966); mientras que Mario comienza a interesarse cada vez más por el teatro.

La amplia actividad coral en Medellín no era fortuita, pues durante los años sesenta se fundaron en las principales ciudades del país los Clubes Estudiantiles Cantores derivados de los Glee Clubs americanos, que en Colombia fueron organizados por Alfred Greenfield y su esposa Elsie, con el apoyo de la Fundación Fulbright. Esta actividad era realizada por la Oficina de Asuntos Interamericanos (1940) como parte de la política de relaciones exteriores estadounidense, iniciativa que tuvo continuidad en la administración Kennedy gracias a la Alianza para el Progreso. En este escenario internacional, las fundaciones Fulbright y Rockefeller financiaron diversos proyectos culturales en Latinoamérica, promovidos por organizaciones internacionales como la Unión Panamericana y la Organización de Estados Americanos.

Gustavo Yepes consolida su formación musical asistiendo primero a cursos de dirección de ópera y de orquesta en Salzburgo y Venecia (1975-1981), luego haciéndose licenciado en música en la Universidad del Valle (1979-1984), y finalmente como Maestro en Artes de la Carnigie-Mellon University de Pittsburg, donde estudia composición y dirección de orquesta con Samuel Jones y Werner Torkanowsky. Por estos años, su actividad profesional se intensifica y comienza a ser reconocido nacionalmente, siendo invitado a ser parte del Comité Técnico del Festival ‘Mono Núñez’ (c.1981), lugar donde inician sus reflexiones sobre las prácticas y contextos de la música colombiana y su relación con el nacionalismo, que plasmó brevemente al final de su artículo “Acerca de la libertad artística y la emancipación estética en la composición de hoy” (Co-herencia, 2006).

Este tema de reflexión, toca particularmente al intérprete, director, compositor de música contemporánea e improvisador Rodolfo Acosta. Aunque nació en Bogotá, pasó parte de su primera infancia en New Haven (Connecticut), para luego regresar con su familia a Bogotá en 1975; en 1981, se mudan nuevamente al exterior viviendo en Washington, Tegucigalpa (Honduras) y Puerto Príncipe (Haití), ciudad donde termina la secundaria. Debido a esta particular experiencia, Acosta se sentía extranjero en cualquier lugar, pues lo era oficialmente en el exterior, pero también en Colombia debido a su permanencia intermitente. Su futuro pudo haber estado en Estados Unidos, pues contempló seriamente la posibilidad de hacerse músico en el Sunset Strip de Los Ángeles, sin embargo, decidió entrar a estudiar música en la Universidad de Los Andes.

El contacto de Rodolfo Acosta con la música se da principalmente a través de la radio y los discos de música rock, pop y disco, que escuchó en las emisoras Radio Fantasía (1550 AM) en Colombia, y DC 101, DC 105 y Q 107 en Estados Unidos, generándole además un gusto particular por la guitarra eléctrica. El modus operandi que ha utilizado Acosta para desarrollar su carrera musical, está muy en linea con el norteamericano, que aprovecha el trabajo interuniversitario poniendo al servicio de la música sus institutos de investigación tecnológica, ensambles musicales y medios de comunicación para la creación y sostenimiento de espacios para su desarrollo y difusión, siendo común encontrar a compositores que, habiendo fundado sus propios ensambles, fungen además como directores, intérpretes e improvisadores.

En calidad de todo lo anterior, funda en 1995 el Ensamble CG con el que se ha presentado en Colombia, Venezuela, Uruguay, México, Argentina, Chile, Ecuador y Perú; además de haber realizado con el Banco de la República los conciertos Retratos de un compositor de Guillermo Rendón (2011), y Johann Hasler (2015), el homenaje a Jesús Pinzón Urrea (2008) por sus ochenta años de vida, además del concierto conmemorativo a Jaqueline Nova (2003) en el Teatro Colón. También participó en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Bogotá (1989), es miembro fundador del Círculo Colombiano de Música Contemporánea CCMC, y un importante promotor de las Jornadas de Música Contemporánea del CCMC, del programa radial Inmerso, de la Bogotá Orquesta de Improvisadores BOI, y creó su propio centro de documentación musical (discos, partituras y revistas), especializado en música contemporánea.

No es de extrañar pues, que haya escrito el ensayo Música académica contemporánea en Colombia desde el final de los ochenta (Gran Enciclopedia de Colombia, 2007), un texto de carácter divulgativo, personal y crítico, en el que resume el acontecer musical del período en cuestión, convirtiéndose en texto de referencia para la construcción de nuestra historia reciente. Sin embargo, este y otros textos de Acosta y Yepes, no han sido sujeto de la crítica académica, ejercicio necesario para la consolidación de la academia en general. Por ejemplo, Yepes ha sido un fuerte crítico frente a las actuales demandas investigativas de la educación superior, considerando que la han reducido a un ejercicio competitivo que se preocupa más por los escalafones, las publicaciones y el salario, dejando de lado, el valor del nuevo conocimiento, y el respeto mismo por las figuras del docente y el investigador, habiendo creado la malsana tendencia por acumular títulos y cursos, e incluso, la justificación de horas de docencia en investigaciones realizadas con poco rigor académico (Las Dos Orillas, 2015).

Uno de los puntos que considero de mayor interés en ambos, es su preocupación por el deterioro del sistema social. En 1992, John Cage dijo que el orden social norteamericano no estaba funcionando, porque dicho orden ya no era respetado, ni confiable. De cara al entonces Proceso de Paz, Yepes planteó algunas reflexiones sociopolíticas (Debates No. 62) acerca de los acuerdos básicos que como sociedad deberíamos tener claros para enfrentar coherentemente la tenaz tarea de la construcción de la paz. Al final de su artículo, hace una lectura de nuestra sociedad desde la “estupidificación”, esto es, desde todo mecanismo que adormece a la sociedad y su sentido crítico.

Este sentido crítico social, lo encontramos igualmente reflejado en obras como Coplas a la muerte de mi padre, sobre poemas de Jorge Manrique, la música incidental para la pieza teatral Simón El Mago, sobre el cuento homónimo de Tomás Carrasquilla, y especialmente en Los papeles del infierno, ópera de cámara sobre los textos de Enrique Buenaventura y Mario Yepes. Esta ópera, ambientada en los tiempos de La violencia, refleja el interés de los autores por desarrollar un teatro musical propio, como también, para reflexionar sobre nuestro aferramiento a la violencia que — como una costumbre más— no estamos dispuestos a cambiar, por eso, hacia allá no miramos.

En el caso de Rodolfo Acosta, encontramos una posición crítica sobre el arquetipo de compositor que socialmente hemos construido; primero, desde un nacionalismo excluyente e hispanista, que marcó las primeras décadas del siglo pasado, pasando por el desconocimiento de la academia por las obras de los compositores colombianos —lugar desde donde afirma pertenecer a una generación bastarda—, para finalmente hacer una crítica a la sociedad bogotana, que aferrada a un imaginario ajeno, define a Bogotá —y su cultura musical— desde Brahms, Schubert, Schumann, Mozart, y Beethoven; y no desde la propia producción local, la cual ignora y desconoce.

Habiéndoles ya presentado brevemente a estos compositores, los invito a que asistan —con ávida curiosidad— a los conciertos retrospectivos que el Banco de la República ofrecerá para ellos los días 13 y 20 de noviembre en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luís Ángel Arango.