¿ESTÁ VOLANDO LA ÓPERA COLOMBIANA? Balance 2019

Habiendo seguido el proceso de la ópera en Colombia desde la etapa iniciada en 1976, hasta hoy, cada año me hago la misma pregunta que encabeza esta nota.

Por: David Feferbaum

Hay factores que permiten identificar la “apropiación” de una actividad cultural por una sociedad. En el caso de la ópera, podrían ser la producción regular de montajes, la existencia de ambientes académicos que la fomentan, la creación local, un público interesado, recursos disponibles (musicales y escénicos) y disponibilidad de espacios.

Al revisar esta lista es evidente que, en Colombia, lo que le falta a la ópera para ser un género nacional, para cobrar la importancia que tiene en otras sociedades, es un “pequeño hervor”.

En nota reciente en El Tiempo, Martha Senn, nuestra eximia cantante, destacó los importantes recursos que ya existen localmente. Veamos entonces, si eso del “hervor” es una realidad.

Empecemos por las creaciones de nuestros compositores. Es posible que si alguien me pregunta cuántas son nuestras óperas, le conteste que, sin duda, son más de las que uno sospecha.

Mirando solo lo hecho en este siglo, y me temo que hay más de una obra traspapelada por ahí, he logrado identificar 16 óperas y una opereta de autores colombianos. Algunas con la trascendencia de La Digitale de Juan Pablo Carreño, La princesa ligera de Violeta Cruz (presentada en Francia mas no aún en Colombia), Melpómene de Felipe Hoyos con libreto de G. Galo, o el Príncipe Tulicio (sin estrenar) de Harold Vásquez, que ya he mencionado. Este año, en el Festival de Música Teatro de Maastrich, Países Bajos, se estrenó la ópera Blood on Canvas o Disparatismo o Cómo acabar con el arte, de Felipe Hoyos y G. Galo, mientras en Bogotá se estrenó Bosque sobre el bosque de Daniel Velasco. Creo que podemos empezar a ser optimistas.

Desde lo académico, cabe destacar el desarrollo de talleres de ópera en varias universidades, que aportan a la formación de cantantes y profesionales, así como a la profundización del conocimiento y a la consolidación de un ambiente y un público.

En mayo, Alejandro Roca, a quien mencionaré a menudo, con el Taller de Ópera Universidad Central presentó, en el Teatro Libre de Chapinero, dos óperas de cámara, cada una más interesante que la otra. El Estilo clásico de Steven Stucky, de admirable contexto musical, en la que, ante la aparente crisis de la música clásica, Haydn, Mozart y Beethoven discuten el tema con Charles Rosen, autor del famoso libro que da el título a la obra. La otra, Galantería de Douglas Moore, jocosa parodia de una telenovela con las interrupciones de comerciales cantadas. La dirección escénica de ambas estuvo a cargo de Yamile Lanchas, con escenografía de Thomas Wiedemann, iluminación de Miguel Diago, vestuario de Martha García, maquillaje de Daviana Morán, coreografía de Juliana Rodríguez y producción de María Camila Palacios. Por espacio no puedo nombrar los 14 destacados cantantes, acompañados por Francis Díaz en el piano.

En junio, Guerassim Voronkov y Angela Simbaqueba montaron El arca de Noé de Britten, una producción que convirtió el auditorio León de Greiff en una enorme arca, donde unos mil intérpretes, más recursos orquestales y vocales de la UN y otros coros, interpretaron la obra que se trasmitía a pantallas en la plaza central.

También en junio, la Fundación Arte Lírico (FAL), que desde 1987 trae cada año su temporada de ópera y zarzuela, ofreció La Traviata, La leyenda del beso, La del Soto del Parral y la revista Españolísimo, dirigidas por Luis Fernando Pérez.

En agosto, la Ópera de Colombia presentó con lujo El Barbero de Sevilla, con dirección musical de Alejandro Roca y escénica de Pedro Salazar. Y, retomando el objetivo básico de 1976, con elenco básicamente nacional: Valeriano Lanchas, Paola Leguizamón y Pablo Martínez, entre otros.

En septiembre, el Teatro Colón presentó una novedad admirable, La vuelta a la tuerca de B. Britten, con la Orquesta Sinfónica Nacional y reparto colombiano: Christian Correa, Amalia Avilán, Tomás Rubio, Paola Alejandra Medina, Gabriel Ruiz y Ana Cristina Mora. La realización probó no solo el avance de nuestros cantantes sino la capacidad local para producir todo tipo de obra. Con dirección escénica de Ramiro Gutiérrez, arte de Henry Alarcón, vestuario de Rafael Arévalo, iluminación de Humberto Hernández, maquillaje de Fabián León y la admirable dirección musical de Guerassim Voronkov, esta producción de ÓperaCivil no tiene nada que envidiar a lo visto en estos 43 años, además de la importancia de oír a este compositor.

Días después, en el mismo recinto, el Taller de Ópera de la Universidad de los Andes, bajo la dirección musical de Rondy Torres y escénica de Pedro Salazar, con Mónica Danilov, Andrés Silva y Carolina Plata en los papeles principales, ofreció una lograda presentación de Dido y Eneas de Purcell. De paso, recordamos la que años atrás hiciera la Universidad Javeriana con dirección musical y escénica de Juan Carlos Rivas y lucida actuación de Beatriz Elena Martínez como Dido.

En octubre, en el Teatro Estudio del Teatro Mayor, Alejandro Roca presentó un excelente “Recital Mozart”, en que 12 solistas interpretaron recitativos, arias y conjuntos de Las bodas de Fígaro, La Clemencia de Tito y Don Giovanni, resultado del taller realizado por Marcelo Lombardero. Un programa exquisito que hace suponer que el Don Giovanni del próximo año podría ser, vocalmente, nacional.

Llegamos al Festival de Ópera al Parque, que no podría ser más ambicioso ni interesante. Aparte de varios programas orquestales, del recital de ganadores del Premio Ciudad de Bogotá 2019 (Christian Correa y Verónica Higuita acompañada de Francis Díaz); y de la Gala XXII Festival de Ópera al Parque, con la Orquesta Filarmónica, Betty Garcés, Ana Mora, Pablo Martínez y Valeriano Lanchas, nuestros ya destacados solistas internacionales, la oferta operática incluyó:

  • Estreno mundial de La llorona, opereta de Luz Venegas y Sebastián Pineda, producción del Taller de Teatro Musical del Programa de Música de la Universidad de Cundinamarca.
  • La Cenicienta de Pauline Viardot, producción de Música en Escena para Cantantes de la Universidad Pedagógica Nacional, con dirección musical de Alexandra Álvarez y escénica de Francisco Abelardo Jaimes.
  • Amahl y los visitantes nocturnos de Gian Carlo Menotti, Taller de la Universidad del Norte, con dirección musical de Julián Gómez, dirección general de Alexis Trejos y escénica de Jaime Manzur.
  • El taller de Uniandes repitió Dido y Eneas.
  • María de Buenos Aires, ópera de Piazzolla-Ferrer, ganadora de la beca Ópera al Parque 2019, con la Nueva Filarmonía y el Quinteto Leopoldo Federico, bajo la dirección musical de Ricardo Jaramillo y escénica de Hyalmar Mitroti, con Mónica Danilov, Carlos Gutiérrez y Leonardo Estévez en los papeles centrales.
  • La pequeña zorrita astuta de Janacek, producción de la OFB, bajo la dirección musical de José Caballé-Domenech, escénica de André Heller-Lopes (Brasil) con asistencia de Ramiro Gutiérrez, y participación de Julieth Lozano (que en julio había cantado en el Carmina Burana del Royal Albert Hall, en Londres), Amalia Avilán, Homero Velho, Hyalmar Mitroti y Camilo Mendoza, entre otros. La función del Jorge Eliécer Gaitán fue dirigida por Alejandro Roca.


Tanto en la presentación de la obra de Piazzolla en Colsubsidio como en la de Janacek en el TJEG, el público llenó las salas.

En noviembre la Fundación Jaime Manzur ofreció su temporada anual, este año con La leyenda del Beso y Antología de la Zarzuela, mientras en Cali, con Mónica Danilov, Hyalmar Mitroti y Camilo Mendoza, entre otros, la Filarmónica de Cali produjo Lucía di Lammermoor y la FAL fue invitada a Santa Marta.

Entonces, con mis disculpas a los participantes que, por espacio, no he podido mencionar, debo concluir que, “el palo sí está para cucharas” y lo que falta es, en efecto, un “hervorcito”. ¿En qué consiste?

El listado anterior permite extrapolar varias cosas. Es evidente que todas estas óperas clasifican en el género de cámara; que un estimado de su costo de producción es menor que el de las “óperas mayores”, montadas en algunos de estos teatros; y que el género infantil está abandonado. Esto último es muy triste pues, repasando historia, ninguna de las experiencias mencionadas se compara con el numerosísimo público infantil que en Bogotá (8 funciones en el T. Colón) y otras ciudades del país tuvo Mambrú, la ópera infantil que en 1986 realizaran Luis Fernando Pérez y Roberto Salazar.

Entonces, el hervor tiene que ver con producir óperas de cámara; con regularidad para que los recursos desarrollen sus talentos y se profesionalicen; con fortalecer aun más Ópera al Parque; con producir óperas infantiles. Y, finalmente, con que los recintos disponibles entiendan que en el desarrollo de la música en escena ¡las posibilidades son ilimitadas!

Mientras esto sucedía acá, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, el maestro Ricardo Jaramillo dirigía la ópera Salsipuedes de Daniel Catán, y en EE.UU. Catalina Cuervo no sólo se presentaba en numerosas salas con la María de Piazzolla, sino estrenaba en Miami Frida, el homenaje operístico de Roberto Xavier Rodríguez a Frida Kahlo.

Para terminar, felicitación especial, quedando muchas por fuera, a Alejandro Roca por su enorme labor, a Sandra Meluk en especial por Ópera al Parque, al maestro Voronkov por los extraordinarios Britten y al coro de la ópera de Colombia, dirigido por el maestro Luis Díaz Hérodier, destacando su participación en el Mesias a comienzos de diciembre.