Ennio Morricone

“Aún si me detengo por un momento, siento que mi llama creativa podría extinguirse”.

“Tengo que ver primero un corte definitivo de la película para siquiera comenzar a pensar en la música que compondré para ella”.

Foto: wikipedia.org
Foto: wikipedia.org

Agosto de 1979. Se apagan las luces del Teatro Palermo de la calle 45. Todavía huele a palomitas de maíz y tomo el último trago de mi gaseosa de limón. Aún es de día afuera, pero el escape a la intemporalidad del cine es mi pasatiempo favorito. Asumo mi adolescencia como si fuera un adulto. Es una película de adultos, pero en esa dulce edad media de los años setenta, en mi país podíamos entrar sin problemas a ver el erotismo épico de Bertolucci. En primer plano, campesinos italianos marchando. Un hombre barbado en el centro,a su lado una mujer con un bebé en sus brazos. Es el famoso óleo “El Cuarto Estado” de Giusseppe Pellizca da Volpedo, pintado en el amanecer del siglo XX. La cámara enfoca al campesino con sombrero, líder de la marcha, quien lleva colgando sobre el hombro derecho su empolvada chaqueta. A su lado una mujer carga un bebé de brazos.

La cámara inicia el travelling lentamente, para ir develando la luminosidad del cuadro completo, con todos los demás campesinos, el granero al fondo y la luz de Italia. Un corno inglés toca las primeras notas, evocando el amanecer del siglo del Novecento. Luego entran los violines, el hermoso y melancólico tema del oboe, primero en corcheas, luego en tresillos, en una evocadora marcha en compás de cuatro cuatros. Ahora entran las cuerdas. Finalmente el alma de Ennio Morricone se desvela completamente entregando, sin remedio, la melodía a su instrumento: la trompeta. Entonces toda la orquesta se escucha en un sonoro tutti; luego el coro y todo está dicho: una de las más evocadoras y hermosas páginas de la música escrita para el cine, la banda sonora de Novecento, nos ha atrapado para siempre…

Fue el legendario maestro Goffredo Petrassi, a principios de los años 40, en la Academia Santa Cecilia de Roma, quien sembró en el joven Ennio Morricone el gusto por el estilo neoclásico y el romanticismo wagneriano. Morricone entra a la Academia a los 12 años, luego de que su padre, Mario Morricone, le enseñara solfeo y a tocar trompeta. Desde el comienzo de su carrera como músico profesional su gusto fue ecléctico, y ha permanecido así durante toda su vida, con intereses profundos en el jazz, en la música pop y la improvisación. Una extensa e interesante producción de su obra compositiva, en el plano de lo académico y formal, fue escrita durante la década de los cincuenta. Morricone se gradúa del Conservatorio en 1954. Este período fructífero le permitió cimentar sus bases para lo que vendría después: arreglista de la RCA y compositor asiduo de música pop, creando decenas de canciones exitosas para estrellas populares como Paul Anka, Gianni Morandi, Demis Roussos y muchos más.

Pero su inagotable inquietud musical no pararía allí. Su gusto por lo experimental le llevó a crear -para siempre- el espacio sonoro del wild west. Como Morricone no disponía de una gran orquesta para la elaboración de su música, apeló a los silbidos de Alessandro Alessandroni, acompañados  de tambor y harmónica, para evocar  el aullido del coyote de las praderas. La gestación de la banda sonora de “El Bueno, el Malo y el Feo”, comenzó en sus años del Gruppo di Improvisazione di Nuova Consonanza, de Roma, donde una asociación de compositores experimentales y de vanguardia, encabezados por el propio Morricone, se conoció como “El Grupo”. La excelencia y calidad del trabajo en “El Grupo”, les hizo merecedores de ser grabados por la Deutsche Grammophone y la RCA, produciendo 7 álbumes que hoy en día se revenden a precios exorbitantes en las casas de subastas.

En los majestuosos estudios del Cinecittá de Roma era posible construir el escenario de los palacios del antiguo Egipto, también las extensas llanuras y desiertos del oeste norteamericano. Si a esta circunstancia le sumamos la fascinación del público italiano por el cine de John Ford, de Houston, de las películas de John Wayne, del género western y de la inmensidad del oeste -con hombres sin ley, forajidos, vengadores y alguaciles-, entendemos por qué nació el “spaguetti western”, y por qué terminó siendo Sergio Leone quien consolida el género, creando verdaderas obras maestras, como Un Puñado de Dólares; Por unos Dólares Más; Lo Bueno, Lo Malo y lo Feo y Érase una vez el Oeste; con el complemento fundamental de la música de Ennio Morricone. Se puede decir que el arte compositivo de Morricone se da a conocer al gran público del mundo con las películas de Sergio Leone.

Más tarde son sus colaboraciones con el cine político de finales de los sesenta y comienzos de los setenta, en donde encuontraría el camino a su madurez artística. Nunca olvidaremos su música y sus canciones del drama político de Giuiliano Montaldo, Sacco y Vanzetti, conocidas como La Balada de Sacco y Vanzetti y Here’s to You, inmortalizadas por Joan Baez. Luego vienen magníficas bandas sonoras, como la escrita para “La Batalla de Argel”, de Gino Pontecorvo. Regresa a  la fuente de lo experimental en partituras llenas de tensión emocional, en los thrillers de horror y suspenso del maestro Dario Argento.

“Utilicé la música de vanguardia como un experimento, cuando quería describir ciertos tipos de trauma. Pero luego mis amigos me decían: ‘Ennio, si sigues escribiendo así, no te volverán a contratar nunca”.

La obra prolífica de Morricone llega a cerca de 2000 composiciones, entre canciones, música sinfónica, de cámara, música para TV y su gran obra para el cine que puede comprender más de 500 partituras. Su vinculación a Hollywood, en la década de los 80 primordialmente, le llevó a componer bandas sonoras para Brian de Palma, Barry Levinson, William Friedkin (Rampage), Terrence Mallick (Days of Heaven) Franco Zefirelli (Hamlet) y el británico Roland Joffé (La Misión), cuya banda sonora fue nominada al Oscar.

La madurez y la consolidación creativa del maestro Morricone llegarán cuando el joven director siciliano Giuseppe Tornatore, le invite a escribir y componer la música de sus películas. Los temas de la banda sonora de Cinema Paradiso pueden escucharse una tras otro, como si se tratase de una verdadera sinfonía. Gana el premio BAFTA a Mejor Música. Luego, creyendo inverosímil aún más inspiración, Morricone es capaz de escribir las sublimes partituras de La Leyenda del Océano y de Malena.

Morricone fundó en los años 60, en compañía de otros compositores de música para el cine, entre ellos el recordado Luis Bacalov (Il Postino), los estudios de Forum Music Village de Roma, donde pudo grabar, producir y desarrollar, sin salir nunca de Roma, la música de la mayoría de sus películas, con la colaboración de destacados músicos y agrupaciones italianas, como la Sinfonietta de Roma, con la cual ha tenido una relación estrecha durante toda su vida.

Me ofrecieron en alguna ocasión una villa en Hollywood, pero les dije que ‘no gracias’,  que prefería vivir en Roma.”

Hoy en día el maestro Morricone, con 85 años de edad a cuestas, realiza conciertos multitudinarios de sus obras alrededor del mundo, especialmente en ciudades europeas, muchas veces al aire libre, dirigiendo él mismo grandes orquestas. Colabora con destacados artistas y solistas en arreglos de su propia música, como lo hizo con el chelista Yo-Yo Ma, en un álbum memorable. Ha sido premiado en innumerables ocasiones. Sólo le fue esquivo el Oscar, siendo cinco veces nominado. Finalmente ganó en el 2007 un “Oscar honorario” por su carrera.

Morricone ha sido un músico y un artista completo en todo el sentido de la palabra: compositor, orquestador, productor y editor de sus obras, pasando a través de todos los géneros de la música. Nunca se interesó por aprender inglés, tal vez porque su música ha sido capaz de decirlo todo.

“Me gustaría relajarme un poco, pero no es el año para hacerlo”.

…Alfredo (Robert de Niro) termina su última pelea de la vida con Olmo (Gerard Depardieu), y camina hacia la carrilera. Se acuesta para que el tren le pase por encima… pero se corta la secuencia y aparece debajo del tren, de niño, evocando sus atrevidos juegos de infancia. Después de cinco horas de haber estado inmerso en los primeros 50 años de la historia de Italia, en Novecento, se encienden las luces del Teatro Palermo. No queremos abandonar la sala para no perdernos el último compás de la banda sonora de Ennio Morricone, no queremos salir a la fría noche bogotana. No queremos saber de otra realidad que no sea el cine, ¡ah, el cine!

*Citas de Morricone tomadas de entrevista con Adam Sweeting, The Guardian, 2001.