EL CHOLO VALDERRAMA

Un llanero de cepa

Hace unos días el cantante sufrió un impase de salud. Tamaño susto nos dio pues se trataba de un asunto grave. Fiero y cerril se levantó del lecho y lo pudimos ver sonriente en una foto. Eso nos indica que vaquero habrá para un largo rato. De eso serán testigos los asistentes al Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo el 10 de marzo.

Por: Luis Daniel Vega

La mañana calurosa de un día de junio del año 2011 entrevisté a Orlando “El Cholo” Valderrama. Fue en un café del Planetario Distrital. Aunque se me refunde el día exacto, sí tengo muy fresca en mi memoria una situación embarazosa: hice mutis durante unos largos y eternos minutos apenas el hombrón de profundos ojos negros me saludó con su voz estentórea.

Estaba intimidado, recuerdo hoy desde la trastienda. Apenas cuando tomó su sombrero de fino fieltro y lo puso encima de la mesa pude sostenerle un rato la mirada. Y claro, no era para menos;  allí, frente al impertinente y retraído periodista bogotano no solo estaba uno de esos vaqueros solitarios que durante años han recorrido la inmensidad de los Llanos colombianos; estaba, también, uno de los cantadores más potentes de la tradición musical llanera.

Nacido el 23 de agosto de 1951 en la ciudad de Sogamoso, Boyacá, a Wilson Orlando Valderrama Aguilar lo llevaron a San Luis de Palenque, Casanare, cuando aún era un niño de brazos. Las circunstancias de la peregrinación de sus padres no son muy precisas; la única certeza es que el joven Valderrama, antes que aprender a cantar, aprendió los oficios del campesino.

Allí, en esa infinita región que cubre un cuarto de la geografía colombiana, donde el sol se alza imponente como un incendio abrazador, este hombre circunspecto, antes de entonar la voz, aprendió a ordeñar y a colear las vacas, a ensillar un caballo y a no tenerle miedo al bramido del toro furioso.

Unido profundamente a las labores del campo, Orlando Valderrama, como buen llanero, también se familiarizó muy pronto con los parrandos de su comarca. “El buen llanero –dice Mocho Viejo, personaje del bello libro Colombia, mi abuelo y yo de Pilar Lozano- lleva siempre su margalla, que es una especie de mochila donde carga una hamaca, una manta y un poncho de caucho para protegerse de los aguaceros.

Pero colgado a la espalda, lleva siempre su cuatro”. Aún hoy, no resulta extraño encontrárselo, al “Cholo, inmerso en su chinchorro, componiendo versos –románticos unos, picarescos otros- que hablan de la vastedad del llano, los animales, la libertad y los amores peregrinos.

Así, entre la extensión espiritual y sus ganaderías, al “Cholo” Valderrama le llegó la popularidad justo en un momento crucial de la música popular llanera. Fue a finales de los años setenta cuando, en el tránsito de la espontaneidad pastoril, las variaciones rítmicas del joropo pasaron a los surcos de los vinilos. De aquellos años primordiales quedan grabaciones que hoy son piezas de colección disponibles, con algo de suerte, en las librerías de viejo.

Es el caso de Vaquiano, horizonte y verso (Discos Cimarrón, 1978), primer disco del cantante. Junto a músicos emblemáticos del circuito musical llanero como el bajista Samuel Bedoya, el cuatrista Isaac Tacha, el maraquero Gilberto Castaño, el declamador Hernán Cisneros y el arpista Carlos “Cuco” Rojas –líder del sensacional Grupo Cimarrón- Valderrama se estrenó con lujo de detalles y dejó para la posteridad canciones ya clásicas: “Quitaresuellos No. 2”, “Tu imagen quedó en mi llano”, “Viento viajero” y “Soy un llanero de cepa”.

A esta primera aparición pública le siguieron seis discos en la década de los ochenta que lo consolidaron definitivamente y lo alinearon al lado de algunas de las voces masculinas más relevantes del canto llanero como Aldrumas Monroy, Carlos Rico, Dumar Aljure y Tirso Delgado, entre muchos otros.

El Llano en una canción

“En todo llanero hay un cantante”, dice el “Cholo” refiriéndose a sus orígenes musicales. Por fortuna, la fama no le ha pasado factura, ni ha pretendido coronarse como el único en su género pues bien sabe que un llanero, además de saber montar un caballo, canta para acompañar los eternos jornales llevando el ganado de un hato a otro.

Por eso es que se le ve cantar con frecuencia al lado de sus amigos sin los aspavientos ni los amaneramientos propios de una gran estrella. Se alegra, por cierto, de que sus viejos compadres lo sigan tratando con la naturalidad de antaño y, de esta manera, sus versos siguen fluyendo tranquilos, sin ninguna filiación política ni falsas exaltaciones de corte patriotero.

Es, entonces, más allá de las clasificaciones odiosas, un llanero que canta acerca de la vida del campo, de los amores perdidos y los amigos extraviados. Está allí, solo con su voz, revelando moradas de infancia que aparecen una y otra vez como lo es el caso de “Si el cielo fuera un paraíso”, corte incluido en Cholo joropo, su más reciente producción en la cual lo podemos escuchar cantando: “Si el cielo es un paraíso/ tendrá que tener un llano/ donde esté mi mamá Sara/ en un corral ordeñando/ y esté mi papá Manuel/ montado sobre un caballo.”

Entre Bogotá y su finca “Vida tranquila”, ubicada en Pore, Casanare, El “Cholo” Valderrama pasa sus días al lado de Milagros, Sordo, Corbatín, Leoncio y Rasputín, perros criollos que le sonsacó a la calle. Es, esencialmente, un vaquero sosegado cuya felicidad está abreviada en el olor del mastranto, el canto de las garzas, la soledad de las palmeras, los senderos interminables, los chubascos ensordecedores, el sabor de la manirita (anón silvestre que se puede recoger solo en agosto) y el relincho de los caballos que para él es una suerte de conversación sobrenatural que descubrió cuando era niño. Aún hoy les habla a los caballos y buena parte de su quehacer musical gira en torno a ese noble animal que sin duda es una extensión del llanero.