CIMARRONEANDO

Libres en el joropo

Su elasticidad sonora ha permitido a este grupo libertades insólitas. Es el caso de Live, el disco grabado junto arpista Catrin Finch. En esta ocasión, Cimarrón presentará su álbum Orinoco el viernes 2 de noviembre en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Por: Luis Daniel Vega

A San Martín de los Llanos llegó a finales de  los cincuenta el pintor y folclorista Manuel Antonio Blanco Romero, célebre por diseñar el escudo oficial de su natal Acacías. En las tardes, luego del trabajo, asentaba su humanidad en una tienda. Tomaba cerveza y rasgueaba el arpa.

En la misma cuadra donde sucedía el concierto vespertino vivía Carlos Rojas Hernández, quien había nacido el 28 de marzo de 1954. Aunque Carlos, su padre, y Román, su tío ya lo habían tentado a tocar la bandola ‘mata mata’, Rojas supo en esas tardes de embeleso cuál era su destino. Así, durante muchas tardes abandonó sus jugarretas infantiles para descifrar como era aquel sinuoso baile dactilar que Manuel Antonio practicaba sobre el aparatoso instrumento. Fue tanta la fascinación del espontáneo alumno que construyó un tosco remedo de arpa junto a unos amigos del colegio.

Luego del aprendizaje autodidacta, Rojas se fue a estudiar con Alberto Curvelo en la Academia Folclórica del Meta. Coincidió su instrucción con los años esplendorosos de la industria musical en Venezuela que, junto con la radio, permearon la parte colombiana de la gran región de los Llanos del Orinoco. No solo se adoptó definitivamente el arpa llanera venezolana como instrumento paradigmático del joropo en Colombia, también se consolidaron figuras esenciales como Ignacio Figueredo, Ángel Custodio Loyola, Reynaldo Armas y Juan Vicente Torrealba.

Testigo presencial del esplendor discográfico, Carlos Rojas emprendió su devenir profesional junto al cantautor Manuel Orozco con quien grabó en 1975 un sencillo. Vendría luego Vaquiano, horizonte y verso (Discos Cimarrón, 1978), grabación registrada a nombre del Conjunto Quitapesares conformada, entre otros, por Samuel Bedoya (bajo), Isaac Tacha (cuatro), Gilberto Castaño (maracas) y Orlando “El Cholo” Valderrama (voz). Luego de esta grabación que hoy es considerada una rareza, Rojas compartió surcos al lado de cantantes como Alfonso Niño y Dumar Aljure.

Asuntos fabulosos pasaron en la vida de Carlos Rojas en la década de los ochenta. Con Tirso Delgado –una de las voces más influyentes de la música llanera en el siglo XX- grabó un disco memorable: Las bellezas de mi llano (CBS, 1981). Por obra y gracia del bendito azar terminó montado en la comitiva que acompañó a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura el 10 de diciembre de 1982. En Estocolmo, a 22 grado bajo cero, fue parte de la macondiana jarana reemplazando al arpista titular de Los Copleros del Tranquero, legendaria agrupación del bandolista Luis Quintiva. Unos meses antes del inusitado evento había viajado al sur del continente para estudiar arpa paraguaya con Enrique Samaniego.

Un toro indomable en la capital

Junto a Darío Robayo y Mario Tineo, Carlos Rojas fue uno de los tantos músicos llaneros que se asentaron en Bogotá entre los ochenta y los noventa. Rojas –quien ya era apodado “Cuco”-  tomó la decisión de estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia lugar donde fundó Cimarrón en 1985. Lo que en un principio era un laboratorio de estudio se convirtió rápidamente en una las agrupaciones protagonistas de la naciente movida de música llanera en la capital. De todas, la de Rojas llamó la atención por intentar desmarcarse de los rígidos arquetipos de la tradición. Eso queda expuesto en la escueta descripción del nombre –adoptado de la jerga vaquera- con el que “Cuco” bautizó el grupo: “El cimarrón es el toro que no conoce soga, corral ni hierro; la res que no ha sido enlazada ni herrada y deambula libre por sabanas y bosques y galerías”. Toda una declaración de principios.

La consolidación de Cimarrón como agrupación profesional llegó en el año 2000 con la aparición de un ciclón en sus filas. Natural de Otanche, Boyacá, Ana Veydó llegó para refutar el supuesto histórico de que el canto recio era patrimonio de los hombres. Con Veydó como portadora de turbulencias estilísticas, el grupo estuvo listo para registrar su debut fonográfico. Dos décadas después de haberse cocinado lentamente, el sonido vertiginoso de Cimarrón quedó inmortalizado en la grabación Sí, soy llanero, prensada en 2004 por el sello discográfico del Instituto Smithsoniano. El disco fue la llave que abrió los mercados internacionales. Al año siguiente fue nominado en los Premios Grammy como mejor álbum en la categoría World Music.

La elasticidad sonora de Cimarrón le ha permitido libertades insólitas como lo fue el caso de Live (Astar, 2007), un disco en conjunto con la reputada arpista galesa Catrin Finch. ¿Quién habría podido imaginar que existía un vaso comunicante entre el joropo y antiguas canciones celtas? Rojas logró hacerlo sin que se notara fisura alguna.

Cimarrón es la cuota de joropo colombiano con más renombre en festivales de jazz, folk y las mal llamadas músicas del mundo. El espectro musical en el que se desenvuelven es muy amplio. Eso se revela en Orinoco, su más reciente grabación que contrasta con Joropo music from the plains of Colombia (Smithsonian Folkways Recordings, 2011), anterior registro en el que exploran piezas muy arraigadas en el territorio cultural del oriente llanero. Orinoco es, al mismo tiempo que un disco, un espectáculo visual que conjuga música en vivo y danza tempestuosa. De los cantos laboriosos del quehacer campesino, la poesía urbana, y el joropo tradicional, Cimarrón hace un viaje de ida y vuelta que lo lleva a Perú, España, Brasil y la costa Caribe colombiana. Algunos dirán que corren el riesgo de alterar radicalmente una tradición muy arraigada. Afortunadamente, Rojas y su tromba  huracanada saben de osadías.