CECIL TAYLOR (1929-2018)

Partio el ícono del free

“Lo que hace al jazz tan interesante es que cada hombre es su propia academia”. Cecil Taylor

Por: Iván R. Contreras

El paso del tiempo, así como el advenimiento de nuevas tendencias, ha complicado cada vez más la posibilidad de obtener una definición clara sobre qué es realmente el jazz. Sin embargo, la obra del pianista norteamericano Cecil Taylor, fallecido el pasado 5 de abril, nos puede dar luces sobre tan resbalosa cuestión.

Su música, al igual que el nacimiento del jazz, se fundó sobre una triple herencia: sonoridades africanas, americanas y europeas. A lo largo de su obra, se pueden escuchar ecos de Thelonious Monk, Duke Ellington e incluso Fats Waller, amalgamados en lo que ha sido señalado como el paralelo afroamericano del pianismo de Bela Bartok.

Alejado de la vanguardia electro-acústica de la Europa académica, así como del uso de teclados con los que algunos músicos de jazz experimentaban por aquel tiempo, Taylor se decantó por el sonido del piano acústico y el desarrollo de estructuras en la improvisación. Es así como un oído atento puede escuchar, en la aparente aleatoriedad de su música, el devenir lógico de las ideas, aunque estas estén completamente alejadas de la tonalidad.

Encuadrado en esta estética, Taylor debutó en los estudios de grabación en 1955 con el álbum Jazz Advance, editado por el sello Transition y reeditado un año más tarde por Blue Note Records, pero, su sonido más radical lo logró durante la década del sesenta: registros como Enter Evening (1969) del disco Unit Structures o el L.P. Cell Walk for Celeste (1961), son dos trabajos importantes de aquella época.

Poco apreciado hasta la década del setenta, Taylor sufrió las penurias propias de quien se alza con una voz única. Luego de su paso por el Conservatorio de Nueva Inglaterra, y antes de regresar a su alma máter para recibir un doctorado honoris causa, pagó con creces su originalidad lavando platos, trapeando cocinas y viviendo en un barrio deprimido.

Taylor decidió entonces profundizar en el estudio del piano, y así, poder conseguir un puesto en algún local como pianista. “El dueño del café quería a otra persona, – recordaba Taylor- y no sé bien cómo lo convencí, pero lo hice. Creo que la única razón por la cual uno puede hacerlo es porque uno tiene que dejar de sufrir tanta porquería. Por supuesto, muchas noches no ganamos más que un dólar para los tres, pero trabajamos allí unas tres semanas, y verdaderamente aprendimos cosas importantes”.

Luego vendría el viaje a Europa en 1962, año del concierto en el Cafe Montmartre de Copenhague, presentación que quedó registrada bajo el titulo Nefertiti, the Beautiful One Has Come; todo un hito del free jazz. Pero, a pesar de esto, su regreso en 1965 a los Estados Unidos pasó casi desapercibido.

Aún faltarían varios años para su concierto en el Carnegie Hall (junto a Marie Lou Williams), la invitación a tocar en la Casa Blanca, el encuentro de las grandes figuras de Blue Note Records en 1985, y, por fin, el reconocimiento de su estatus como figura de culto, cuyo último homenaje en vida fue ofrecido en 2016 por el museo Whitney de Nueva York, en una exposición dedicada al ícono vivo del free titulada Open Plan.

El legado músical de Cecil Taylor es, ante todo, el producto de una incansable búsqueda llevada al extremo. Taylor concibió la creación musical como el acto “de tomar los sonidos que están en el aire para luego organizarlos…” y, haciendo uso de las sonoridades que flotaban entre Europa, África y América, plasmó en la espontaneidad de la improvisación un estilo absolutamente salvaje y original. Lo anterior, unido a su personalidad indomable y a la lucha por la reivindicación de su raza es, en últimas, el mismo espíritu sobre el cual se ha erigido la historia del jazz.