CARTA A UN AMIGO QUE SE VA

Mi querido Blas,

Hoy con una inefable pena en el corazón, me permito dirigirte estas líneas que tienen tono de cadencia, pero que son en realidad una suerte de añoranza.

No solo tuve la fortuna de ser colega tuyo, además tuve el honor de ser tu entrañable amigo y confidente de muchos años; fuimos, junto con nuestros amigos el cineasta Carlos Álvarez y el compositor y director de orquesta Germán Gutiérrez Upegui, padrinos de tu matrimonio con Sonia. Las anécdotas juntos son infinitas.

Recuerdo nuestro primer encuentro, en 1975 cuando yo era estudiante de violoncello del Conservatorio de la Universidad Nacional. Compartías con nosotros en la Orquesta Experimental del Conservatorio, dirigida por el maestro Ernesto Díaz Alméciga, cuando ya tú eras un gran maestro de la composición y sin embargo, tocando la viola en la orquesta, buscabas tener una interesante aproximación a los estudiantes. Ya para ese entonces yo era un gran admirador de tus obras orquestales y fue ahí, al ver tu cercanía y sencillez cuando decidí que quería aprender a componer formalmente. Ingresé entonces a tu cátedra de composición, y a pesar de que en el conservatorio la inclinación era hacia la música clásica, tuve la oportunidad y el acierto de expresarte mi particular interés hacia la música colombiana, pues a pesar de ser estudiante de violoncello, era  también ejecutante de bandola. Fue así como nuestras clases se extendieron incluso afuera de las aulas. 

Inolvidables jornadas que iniciaban a las 7:00 pm y se extendían hasta la madrugadas, jornadas en las que el tiempo parecía no importar, entre el tinto que tú mismo preparabas, los análisis de obras del clasicismo, de Haydn, Mozart y Beethoven, la conversación de amigos, y los momentos en los que solo nos dedicábamos, tú a escribir tu música y yo, como ejercicio, a orquestarla simultáneamente, aprendiendo de tu rigor y comprendiendo al fin cuál era mi camino como orquestador, adquiriendo además las herramientas que marcarían la diferencia en mi ejercicio profesional. Qué tal cuando tocábamos música popular, tú en la viola yo en la guitarra, yo como siempre, como el Chino León y tú con el apodo de “Moncho el gitano, ese de los boleros”.

Recuerdo también los viajes que hacías como profesor itinerante de la UNESCO a países como Argentina, Venezuela, Costa Rica o Cuba; enriquecedora experiencia para mí que te acompañé y te asistí y de la que se desprende una curiosa anécdota en la que nuestros amigos terminarían por llamarme “El botones del Maestro Blas”. Lo cierto es que me abriste las puertas de muchos lugares y personas interesantes, compositores y música. 

Tu partida se traduce en la pérdida de un inmenso compositor colombiano, latinoamericano y del mundo. Fuiste sin duda el precursor en Colombia de la música contemporánea, innovador. 

El mundo tendrá el honor de recordarte por tu labor, pero más allá de lo notable como profesional, de ser un grande, de haber incluso llegado a componer música para los más ponderados intérpretes y orquestas del mundo, como tu “Segundo concierto para piano y orquesta” que dirigió el violonchelista y director ruso Mstislav Rostropovich, o de haber sido alumno de la propia Nadia Boulanger; “Blasito”, mi amigo, mi maestro, yo siempre te recordaré porque fuiste y serás irremplazable como ser humano. Con dolor llego al final de esta carta que te escribo como el abrazo que no te pude dar al final. 

Tus enseñanzas me han hecho ser quien soy, tu generosidad es el mejor legado. Tu amistad, como ya lo he dicho antes, el mejor regalo. ¡Que por siempre viva tu música y tu recuerdo en nuestra memoria!

Feliz viaje, 

Tu amigo, colega y alumno

Fernando “el Chino” León.