BARTÓK EN LA LUIS ÁNGEL

El cuarteto Diotima de Francia interpretará el ciclo del compositor húngaro en la Biblioteca Luis Ángel Arango, al lado de los tres cuartetos escritos por la colombiana Carolina Noguera. Los conciertos se realizarán en Bogotá los días 3, 6 y 10 de marzo. Una muestra de estas veladas también se presentará en Cali (7 de marzo) y Armenia (8 de marzo).

Por: Luis Carlos Aljure

Béla Bartók (1881-1945)

Béla Bartók recorrió las aldeas más remotas de su país, provisto de un novedoso fonógrafo Edison, para grabar en cilindros de cera los cantos y las danzas instrumentales que los campesinos húngaros habían guardado por siglos en su memoria. Tras estudiar el abundante material cosechado, a veces al lado de su colega Zoltán Kodály, descubrió los ritmos libres, las escalas primitivas y las melodías ancestrales, que se clavaron como una huella de identidad en su obra musical. Bartók encontró en el folcor nacional -y en el de otros países, porque sus correrías también lo condujeron a Rumania, Eslovaquia, Bulgaria, Turquía y el norte de África- un camino alternativo a la tonalidad de la música occidental, sin llegar a romper con ella, que era un desafío central para muchos compositores cuando despuntaba el siglo XX.

Las principales características de su estilo ecléctico, en el que además de las esencias de su nación resuenan ecos del arte de Debussy, Schönberg y Stravinsky, se encuentran concentradas en sus Seis cuartetos de cuerdas. Este prestigioso ciclo camerístico lo concibió a lo largo de más de tres décadas, entre 1907 y 1939, poco antes de partir a un exilio triste en los Estados Unidos, al que se vio forzado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el avance amenazante del nazismo en Europa. El género del cuarteto de cuerdas estuvo presente en toda la trayectoria creativa del compositor, porque a finales del siglo XIX, antes del primer cuarteto oficial de su catálogo, hizo tres tentativas tempranas dentro del género, una de las cuales se extravió, mientras las otras dos nunca se estrenaron en vida del compositor. Y cuando perdió la lucha contra la leucemia en Nueva York, en 1945, empobrecido y aislado, en su mesa de trabajo reposaban algunos bocetos para un séptimo cuarteto de cuerdas.

Los Seis cuartetos de cuerdas de Bartók “están entre las piezas más exigentes del repertorio. Son endiabladamente difíciles, pero también extraordinariamente expresivas. Para un cuarteto de cuerdas son como la tercera Biblia, después de la Primera Escuela de Viena, con la gran aventura de Haydn y Mozart; y luego de la revolución beethoveniana”, aseguró en una entrevista de Radio France, Franck Chevalier, violista del cuarteto de cuerdas Diotima, conjunto que interpretará la integral de Bartók durante tres veladas en la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Además, los programas incluirán los tres cuartetos de cuerdas de la compositora caleña Carolina Noguera, el tercero de los cuales, Noche de reyes sin corona, es una comisión del Banco de la República que recibirá su estreno mundial durante esta serie de presentaciones, que se extenderá a Cali y Armenia.

Según el analista Yves Lenoir, “Bartók alcanza en sus cuartetos de cuerdas la síntesis inesperada de lo erudito y lo popular… materializa el ideal de unión entre lo primitivo y lo evolucionado, lo salvaje y lo refinado, lo singular y lo universal”. Y al mismo tiempo, a juicio de Anthony Burton, el ciclo de seis cuartetos contiene el rastro del desarrollo musical del compositor. “Los dos primeros, con un lenguaje musical altamente personal, lo muestran abarcando desde el romanticismo tardío, vigorizado por la influencia de Debussy, hasta la música del folclor húngaro. El par de cuartetos centrales representa el extremo de expresión y concentración que alcanzó en su periodo medio, y los últimos dos revelan el desplazamiento hacia un enfoque más lírico y clásico”. En el universo sonoro del ciclo de cuartetos de Bartók aparecen, entre otros elementos, ritmos acezantes y figuras melódicas que se inspiran en antiguos aires campesinos, disonancias cortopunzantes, atmósferas líricas, pizzicati desbocados, pasajes en sordina, instrucciones para tocar las cuerdas con el revés del arco (col legno) o para frotarlas a la altura del puente (sul ponticello).

Con frecuencia se afirma que los cuartetos de Bartók conforman el ciclo más notable del género en el siglo XX, y que son dignos herederos de la tradición de Beethoven. De hecho, en sus últimos años Bartók tenía siempre a la mano las partituras de los cuartetos del maestro alemán. Sin embargo, el compositor emblemático del nacionalismo húngaro -nacido paradójicamente en un pueblo que hoy pertenece a Rumania- terminó sus días sin disfrutar del reconocimiento que merecía su obra; un reconocimiento que llegará póstumamente gracias a la difusión de tantos intérpretes que lo admiraban, entre ellos muchos de sus compatriotas, como los directores Fritz Reiner y Antal Doráti, los violinistas Zoltán Székely y Joseph Szigeti, y el pianista György Sándor, algunos de los cuales incluyeron en sus giras a Colombia. Tenía razón Igor Stravinsky cuando afirmaba que “la muerte prematura de Bartók, en circunstancias de necesidad extrema en el centro del rico Nueva York (es) una de las tragedias más inexcusables de la sociedad opulenta”.