SUMI JO

Una voz del Lejano Oriente

La soprano coreana Sumi Jo cantará el 12 de octubre en el concierto de celebración de los 125 años del Teatro Colón de Bogotá, al lado del bajo-barítono Valeriano Lanchas y la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia.

Por: Luis Carlos Aljure

Los surcoreanos, sin importar a qué actividad se dediquen, saben que sobre ellos se cierne la amenaza de los hermanos hostiles del norte. La famosa soprano Sumi Jo, que visitará la tensa Colombia del posconflicto en octubre, lo ha experimentado. Su mamá quiso ser cantante de ópera, pero el sueño de su progenitora, que luego transfirió a su hija, se quebró pronto ante la destrucción y la pobreza acarreadas por la guerra de las dos Coreas, entre 1950 y 1953. Y hace solo unos meses, cuando Jo preparaba su gira de conciertos por China, país que visita con frecuencia, las tres orquestas con las que iba a cantar cancelaron las funciones sin dar una explicación razonable. El origen de esa arbitraria decisión, claro está, también tenía que ver con Corea del Norte.

Como Corea del Sur permitió que los Estados Unidos instalara un sistema de defensa antimisiles en su territorio con el propósito de defenderse de las armas nucleares de las que alardea su vecino del norte, el gobierno chino, aliado tradicional de la Corea comunista, se sintió a su vez amenazado por la intromisión estadounidense y, sin reconocerlo oficialmente, tomó una serie de represalias contra los surcoreanos como, por ejemplo, impedir que Sumi Jo cantara en China.

En otro episodio reciente, la sombra de Corea del Norte volvió a asomarse en la vida de la soprano. En 2015, el director de cine italiano, Paolo Sorrentino, la escogió para cantar en su película Juventud una pieza del compositor David Lang (Simple Song Number 3), que fue candidata al Premio Óscar 2016 en la categoría de Mejor canción. El día que conoció al famoso actor Michael Caine, protagonista de la película, Jo se sorprendió cuando el inglés comenzó a contarle que había estado en la Guerra de Corea, que pasó por experiencias traumáticas que le cambiaron la vida, y que una noche escapó por poco de la muerte durante un encuentro con las tropas chinas.

Uno de los grandes anhelos de Sumi Jo es que las dos Coreas se vuelvan a unir, porque ya han pasado 72 años desde el momento en que se dividieron en el norte comunista y el sur capitalista, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial.

“Aunque el norte tiene increíbles dificultades, mucha pobreza y está muy mal organizado, estoy segura de que cada surcoreano quiere la unidad”, declaró en la prensa australiana. “La gente tiene miedo de los misiles y de las locuras que hace el señor Kim en Corea del Norte, pero soy muy optimista en cuanto a creer que la unión se va a realizar, y muy pronto… Ese día increíble, que será el más feliz de mi vida, quiero ir a Corea del Norte y reunir a todos los niños para cantarles y enseñarles las canciones de mi niñez”.

Los surcoreanos, sin importar a qué actividad se dediquen, aprendieron a hacer sus vidas en medio de las tensiones, y Sumi Jo forjó la suya en el canto. Fue la primera cantante del Lejano Oriente que alcanzó la fama en el mundo de la ópera, y no tuvo que decidir lo que haría en la vida porque su mamá la empujó a tomar el camino del arte lírico, y para prepararla la expuso durante los meses de gestación a cientos de horas de María Callas, Renata Tebaldi y Joan Sutherland.

La dosis resultó suficiente. Fue tan extraño para sus compatriotas que una jovencita de su tierra estuviera empeñada en dedicarse a la ópera occidental como lo fue para los italianos, que, sin disimular su perplejidad, la vieron matricularse en la Academia Santa Cecilia de Roma. Su voz cristalina y ágil de soprano de coloratura terminó imponiéndose a las dificultades y al escepticismo, y le despejó el camino hacia el debut profesional en Trieste, en 1986, cuando cantó Gilda, en el Rigoletto de Verdi.

Pero el impulso a la fama se lo dio Herbert von Karajan, que después de oírla cantar le dijo que tenía “una voz del cielo”. La llevó al Festival de Salzburgo, y luego se le abrieron, una a una, las puertas de las grandes compañías líricas del mundo: la Ópera de Viena, La Scala de Milán, el Covent Garden de Londres, La Ópera Metropolitana de Nueva York y la Ópera de París, en donde alguna vez tuvo que cantar afligida, mientras en Corea del Sur se desarrollaba el funeral de su papá. También fue convocada a los estudios de grabación, que desde entonces ha visitado con frecuencia hasta alcanzar más de cincuenta registros, como Un baile de máscaras (Verdi) con Karajan, y La mujer sin sombra (R. Strauss) con Sir Georg Solti, que obtuvo un Premio Grammy. Ha sido en escena la Reina de la noche, en La flauta mágica de Mozart, uno de sus roles emblemáticos; Lucia de Lammermoor de Donizetti, Olimpia, en Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, y muchas heroínas y villanas más del bel canto.

Últimamente, se la ve menos en las grandes compañías de ópera y aparece cada vez más en la escena del crossover, que la ha llevado a cantar con figuras del pop, y a grabar bandas sonoras de películas y series de televisión. “Por ejemplo”, declaró en un medio de Oceanía, “canté para una película llamada Comer, rezar, amar, en la que se puede oír mi aria cuando Julia Roberts está comiendo espaguetis en Roma. También estuve en una película de Polanski, protagonizada por Johnny Depp, llamada La última puerta, en la que canté la voz del diablo. Y canté para un drama de HBO con Kate Winslet. Estoy haciendo todo esto porque es una vía para lograr que mi voz se oiga en una audiencia más amplia”.

Sumi Jo goza de un reconocimiento especial en su país y en el Lejano Oriente, y suele ser invitada a cantar en los eventos de gran envergadura, como en las ceremonias de inauguración del Mundial de Fútbol Corea del Sur-Japón 2002 y de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 y Beijing 2008. Cuando llegue a nuestro país, estrenando el título de embajadora honoraria de los Juegos Olímpicos de Invierno Pyeongchang 2018, Sumi Jo se encontrará de nuevo con los vestigios del conflicto que atormenta a su nación desde hace más de 70 años, porque en Colombia estará pisando -y ya lo sabrá o alguien se lo contará- el suelo del único país latinoamericano que tuvo combatientes en la Guerra de Corea.