MISCHA MAISKY

El violonchelista errante

Mischa Maisky regresa al Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, esta vez junto a su hija, la pianista Lily Maisky y su hijo, el violinista Sascha Maisky. Juntos interpretarán el Triple concierto de Beethoven junto a la OFB el sábado 24 de noviembre. La siguiente nota es resultado de una conversación telefónica con el gran chelista letón.

“Mi violonchelo es italiano, pero su encordado puede ser alemán o austriaco. Uso arcos franceses, aunque últimamente he probado con algunos alemanes. Soy padre de un hijo belga, mi hija mayor es parisina y la menor italiana. Conduzco un auto japonés, uso un reloj suizo y un collar indio”.

El autorretrato cosmopolita que Mischa Maisky me ofrece, nada tiene que ver con la Rusia en la que nació. De cualquier manera, ese mismo sistema cerrado que lo encarceló y lo persiguió, fue el mismo que en buena parte formó a uno de los grandes violonchelistas de nuestro tiempo.

Conversador incansable, cargado de una energía poco frecuente en un hombre de setenta años, Maisky tiene una de las agendas más apretadas en el mundo clásico. “Hoy estoy en Bélgica, la semana pasada estuve en Japón, la próxima en China y en noviembre estaré en Suramérica”.

De origen letón, padres rusos y escuela soviética, la vida de Maisky contiene material suficiente para una novela. Su fuga de la URSS se dio en 1972, en donde tuvo que pagar dos años en un campo de trabajo en Gorky. “Terminé cuatro meses en prisión y catorce meses mezclando cemento, haciendo mi parte en la «construcción del comunismo», en lugar de tocar el violonchelo”. 

Antes de caer en la mira de la dictadura soviética, Maisky contó con la fortuna de estudiar con Mstislav Rostropovich. Eran tiempos duros, marcados por la escasez y la pérdida casi repentina de su padre. “Aún en estado de shock”, recuerda, llegaba a San Petersburgo para participar en la All Soviet Union Competition de 1966 que daba inicio en tres semanas.

“Mi corazón estaba devastado y no me sentía bien para ir al concurso. Creo que a los oídos de Rostropovich llegó el rumor de que yo podría ser el ganador, al igual que la noticia sobre la muerte de mi padre. Luego de la clase magistral que por esos días tenía en San Petersburgo y en la que yo toqué para él, pidió que trajeran una botella de vodka. Nos quedamos hablando a solas alrededor de una hora. En esa conversación me habló de su vida, de la muerte de su padre ocurrida cuando él apenas tenía trece años y sobre porque yo debía concursar… sus palabras me inspiraron y finalmente decidí tocar en la competencia. Quedé tercero”.

Poco tiempo después vino el Concurso Tchaikovsky de 1966. De los seis finalistas Maisky era el único que no formaba parte de la cátedra de Rostropovich. Ese año la medalla de oro fue para Karine Georgian. Maisky quedó de sexto, pero como ocurre con frecuencia, su carrera tuvo mucha más resonancia que la del ganador. “Las competencias son para los caballos, decía Bartok”.

Luego  de su aparición en el Tchaikovsky, Maisky fue aceptado en la cátedra de Mstislav Rostropovich en el Conservatorio de Moscú. “Compré una grabadora de segunda mano para grabar sus clases… cada una estaba tan cargada de energía y de ideas increíbles que pensé que esta era la única manera de poder reproducirlas con fidelidad. Estudiar con Rostropovich fue un sueño desde niño, un sueño que en aquel momento se hizo realidad”. Pero ese momento feliz duró solo cuatro años, y terminó para dar paso a una auténtica pesadilla.

“La grabadora se dañó y me vi obligado a buscar otra. Las autoridades aprovecharon esta búsqueda para acusarme de contrabando y ponerme tras las rejas. Esto me impidió terminar mis estudios en el conservatorio”, ese fue el pretexto, pero el motivo real de la represalia del régimen radicaba en el hecho de que su hermana había emigrado con su familia a Israel.

Por otro lado, empezaba la presión sobre su maestro, tras la defensa pública que hizo del escritor Aleksandr Solzhenitsyn en 1970, nada menos que en el Pravda. Solo faltaron cuatro años para que Rostropovich abandonara la URSS y dos para que Maisky pudiera irse a Israel.

Así, Maisky daba el primer paso de su infatigable trasegar alrededor del mundo. Gracias a la ayuda de un médico amigo,  logró recluirse en un centro psiquiátrico. “Este fue el único camino seguro que encontré, de no ser así hubiera pasado otros años detrás de las rejas”. Apenas logró salir, al igual que su hermana, emigró a Israel.

La carrera de Maisky empezaba a despegar y su mayor preocupación antes de dejar Rusia había sido no poder concluir el ciclo del Conservatorio. El joven Mischa una vez más recurrió a su maestro. Rostropovich de nuevo le daría un invaluable consejo: “El diploma es solo un pedazo de papel”, y continuó, “Hay dos escuelas importantes, la rusa y la francesa. Tú ya has intentado con la rusa entonces estaría bien hacerlo ahora con la francesa, pero, Maréchal está muerto, Fournier no da clases, Navarra da demasiadas y Tortelier es un genio, pero está un poco loco… Lo mejor que te puedo recomendar es Piatigorsky”… que dicho sea de paso, era tan ruso como el vodka.

Mischa Maisky empezaba entonces una nueva etapa de aprendizaje en Los Ángeles con Gregor Piatigorsky. “Iba dos veces a la semana a sus clases magistrales en la Universidad del Sur de California y también tocaba para él en su casa casi a diario. Después de las clases privadas jugábamos ajedrez, salíamos a comer y dábamos largos paseos acompañados de extensas conversaciones. Era un hombre increíble”.

Al tiempo que una nueva figura del violonchelo aparecía otra estaba por desaparecer. “No creo que nos volvamos a ver”, le dijo Piatigorsky antes de que el joven dejara definitivamente Los Ángeles. Maisky no comprendió. “Estoy muy enfermo” le explicó el maestro.

Piatigorsky murió en 1976. Mischa Maisky es el único violonchelista que puede jactarse de haber sido alumno de Rostropovich y Piatigorsky. Algo así como si un ajedrecista pudiera decir que fue formado por Bobby Fisher y Gary Kasparov. “Me siento afortunado de haber tenido una relación especial con ambos. Rostropovich llegó a ser mi padre en la primera etapa de mi vida, y Piatigorsky vino a ser mi padre en la segunda”.

“Ambos desarrollaban la imaginación de sus estudiantes, al igual que a entender qué quería decir el compositor. Una vez esto se entendía, cada uno era libre de buscar su propio camino para obtener los resultados. Cuando usted va a un gran restaurante, usted no va a mirar qué pasa en la cocina. Lo que realmente importa es lo que le sirven en la mesa, cómo sabe, cómo se ve, no cómo está hecho. Aquí es igual. Lo que importa es el resultado, no cómo se consiguió”.

Esa misma libertad se respira en el estilo interpretativo de Maisky y se ve reflejado en lo que a algunos acusan de excesivo romanticismo, en especial en sus versiones de las Suites para violonchelo de J. S. Bach. “Particularmente, algunos me señalan por tocar de manera muy romántica. Yo pienso que Bach en su estilo era un gran romántico. Estoy seguro que su manera de interpretar estaba cargada de emociones y sentimientos. Pablo Casals dijo alguna vez que no hay emoción en los seres humanos que no se encuentre en la música de Bach. Ahí está todo. Es solo cuestión de escarbar lo suficiente para descubrirlo y ser capaz de expresarlo. Vladimir Horowitz dijo alguna vez que toda la música es romántica. Comparto plenamente esa concepción”.

Maisky grabó para Deutsche Grammophon dos versiones de las Suites de Bach: 1985 y 1999. “Prefiero la segunda versión, pues tiene diferencias importantes respecto a la primera; es mucho más vital. No en vano pasaron quince años entre una y otra. Hay una clara evolución”.

Y agrega, “la concepción «correcta» de cómo tocar Bach ha cambiado. Personalmente estoy en contra de esa mentalidad que no admite cambios en la manera de abordar la música de Bach, pues, él, como todos los grandes genios, tuvo un proceso evolutivo, aún más si se tiene presente que su arte era arte de vanguardia para su época… de todas formas este es un asunto delicado…  nunca conocí a Bach. Mi filosofía de vida es: vive y deja vivir. Esto quiere decir, que hay muchas maneras de vivir, de vestirse, de pensar, de comer y obviamente, de hacer música. Esto es maravilloso, pues podemos enriquecernos con las diferentes tradiciones, religiones, lenguas y culturas. Hay que abrir la mente. Es maravilloso que los músicos toquen de diferentes maneras la misma obra y no pretendan tener la verdad”.