LAS HERMANAS LABÈQUE

Unidas por la sangre y el piano

Con una trayectoria de cinco décadas, este dúo de pianistas francesas se ha consolidado como el más reconocido de los últimos años en el ámbito de la música clásica. Se presentarán con la Filarmónica de Bogotá, el próximo 23 de mayo, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Por: Luis Carlos Aljure

Como dos hermanas siamesas unidas por la espina dorsal de la música, Katia y Marielle Labèque han compartido una carrera agitada de casi cincuenta años que las ha convertido en el dúo de piano más conocido del mundo. Percibidas como una entidad indivisible, a pesar de haber adelantado algunos proyectos individuales, crecieron entre abundantes dosis de Chopin y Liszt, y desde muy temprano fueron llevadas al butaco de las aprendices por su madre, la pedagoga Ada Cecchi (alumna de la pianista Marguerite Long).

Sentadas ante un mismo piano, o cada una frente a su propio instrumento, han explorado un repertorio que se extiende desde el barroco hasta nuestros días que, sin embargo, no llega a ser tan extenso y sustantivo como el vasto repertorio para piano solo. A Colombia vendrán con una rareza: el Concierto para dos pianos y orquesta de Max Bruch, que tocarán el 23 de mayo en el Teatro Mayor, con la Filarmónica de Bogotá, bajo la dirección de Josep Caballé Domenech. Se trata de una obra en cuatro movimientos, compuesta en 1912 para el dúo de piano conformado por las hermanas estadounidenses Rose y Ottilie Sutro.

Las Labèque siempre han explorado nuevas sendas para ampliar sus horizontes y enriquecer el repertorio, además de las obras más habituales para un dúo de pianistas, que incluyen composiciones de Mozart, Schubert, Brahms, Bizet, Fauré, Debussy, Ravel, Rachmaninoff, Satie, Poulenc, Stravinsky y Bartók, entre otros. Algunos de los más prestigiosos creadores de las últimas décadas han compuesto obras especialmente para el dúo, como Luciano Berio, Philip Glass, Michael Nyman y dos latinoamericanos: el argentino Osvaldo Golijov y el venezolano Gonzalo Grau.

De hecho, desde sus orígenes se interesaron por las nuevas sonoridades. La primera grabación que realizaron, en 1969, se centró en la obra de un gran autor contemporáneo, que trabajaron con la supervisión y consejo del propio compositor: Visiones del amén, de Olivier Messiaen.

Esa experiencia inicial positiva en el estudio de grabación hizo que las hermanas se adentraran en los terrenos más novedosos de la música, que las condujo a interpretar en diversos festivales partituras vanguardistas de John Cage, Pierre Boulez, György Ligeti y otros compositores. Pero el reconocimiento internacional no lo encontraron por la vertiente contemporánea, sino con la grabación de 1981 de Rhapsody in Blue de George Gershwin, versión que el compositor escribió para dos pianos. “Veo fuegos artificiales cuando estas muchachas tocan”, fue la frase de admiración con la que saludó la grabación Ira Gershwin, hermano del compositor y escritor de varios de sus libretos y letras de canciones.

Para el momento de esta grabación, habían pasado trece años desde la graduación con honores del Conservatorio de París, ciudad a la que llegaron muy jóvenes desde su natal Bayona, en el País Vasco francés. Después de las copiosas ventas y los comentarios mayoritariamente elogiosos del disco consagrado a Gershwin, las principales salas de conciertos y orquestas del mundo empezaron a programar a las hermanas bayonesas en sus temporadas, y así mismo fueron convocadas por los más destacados directores de orquesta.

De hecho, Marielle se casó con uno de ellos: el ruso Semyon Bychkov, que acaba de asumir como director titular de una de las orquestas más importantes: la Filarmónica Checa. Fue él quien dirigió la orquesta en la presentación más masiva y mediática que han tenido en su carrera, en el 2016, cuando participaron en el concierto al aire libre de la Filarmónica de Viena, en el Palacio de Schönbrunn, ante más de cien mil espectadores y televisado a millones de personas en 82 países.

En una entrevista reciente le preguntaron a Katia si las hermanas ya se habían hastiado de la música clásica, y ella respondió que no: “Lo clásico siempre será nuestra base”, sus acercamientos a la escena musical crossover, que les ha permitido fusionarse con el flamenco, el jazz, el rock y con cantantes pop como Madonna son  “una manera de renovarnos, de aprender y de estar en contacto con la música de los jóvenes”.

Por esto, por el gusto que profesan por la moda y el buen vestir, así como por sus las fotos promocionales tan posadas y retocadas, las hermanas Labèque han despertado recelos en algunos seguidores de la música clásica. Katia lo corrobora en su vida personal: en el pasado vivió con el guitarrista de jazz John McLaughlin, y su novio actual es David Chalmin, músico enrolado en el rock experimental.

Pero Katia, dos años mayor que su hermana y de naturaleza fogosa, y Marielle, más serena y reflexiva, han acoplado muy bien sus  temperamentos opuestos al servicio de la música. Y no solamente han recorrido la vida a bordo de sus pianos compartidos, sino que siempre han estado cobijadas por el mismo techo: desde la casa de la infancia en Bayona, hasta el antiguo palacio que habitan en Roma desde el año 2005.

En esa misma ciudad, fundaron en el año 2007 un sello discográfico propio que bautizaron con sus iniciales KML, y que ha servido para registrar obras conocidas de su repertorio, pero también para impulsar proyectos de divulgación de la música minimalista y de un personaje tan singular como Moondog, compositor y constructor de instrumentos muy originales, que pasó buena parte de su vida deambulando por las calles de Nueva York. Las hermanas Labèque se acercan a los setenta años, y su agenda conserva la agitación de siempre.

“Algunos pensaron que no íbamos a durar”, declaró Marielle ante un medio francés. “Pero resulta que hemos desarrollado un extenso repertorio y suscitado la creación de nuevas obras… Yo misma me asombro de que aún estemos acá con el mismo deseo de realizar nuestros proyectos”.