LA MADRE RUSIA

A LA CONQUISTA DE OCCIDENTE, de Glinka a Rimsky-Korzakov

“¡Las danzas rusas no convienen a las princesas! Deberíais repetir esta verdad: ¡las jóvenes de vuestro rango deben conocer el decoro y respetar las buenas costumbres!”
La Dama de Picas de P.I. Tchaikovsky, Acto I.

Por: Daniel Corrales

Las artes eran fiel reflejo de la división social que imperaba en la Madre Rusia. Así, la música importada desde el centro de Europa sería de dominio exclusivo de la nobleza y el folclor quedaría en manos del pueblo.

Doscientos cincuenta años separan el ascenso de los Romanov del nacimiento de Tchaikovsky, tiempo durante el cual un pequeño Estado se transformaría en una potencia feudal. El principal arquitecto de este mundo fue Pedro el Grande.

Pedro asciende al poder con tan solo 17 años. Su misión: occidentalizar su feudo. Para este fin se rodeó de consejeros extranjeros y viajó por Holanda y Francia. La intención de europeizar Rusia abarcó las artes plásticas y la arquitectura, dando a quienes ejercían estas actividades el rango de “artistas libres”, condición que incluía prerrogativas como la exención de los impuestos de capitación y el servicio militar.

El panorama para los músicos locales no era nada prometedor. Además de no contar con más derechos que los campesinos, su creación no era tenida en cuenta. Era tal el desprecio que desde 1711, se contrataron compositores alemanes para escribir la música de las bandas militares y amenizar los grandes  salones de baile. La emperatriz Ana, con una sensibilidad superior en este sentido, se propuso reunir un sinnúmero de músicos. Gracias a su mecenazgo composiciones como Las 12 sonatas para violín de Luigi Manois o la puesta en escena de Calandro de Giovanni Ristori (1731) fueron posibles.

El nacionalismo se podría definir como un estado del inconsciente colectivo que va en pos de una identidad. Tolstoi consideraba que la identidad nacional no es un artefacto cultural sino una realidad básica, producto de la naturaleza misma. Sin embargo, asumir el reto de introducir en la música ese carácter propio no era tarea fácil en un país donde los músicos locales se consideraban de segunda.

Mijaíl Glinka abrirá la caja de Pandora. Su ópera La vida por el zar (1836) será considerada uno de los momentos decisivos de la tradición de la música nacional rusa. Su éxito despertó un sentimiento patriótico. No es la primera obra escrita en ruso pero sí la primera que entró en las fibras del público.

Más adelante su ópera Ruslán y Liudmilla (1842) será la conexión nacional entre dos grandes: Glinka y Pushkin. A partir de ese momento aparecen elementos característicos en la música rusa tales como: un estilo declamatorio solemne y heroico, una atmósfera oriental, coros vívidos con danzas coloridas, entre otros. En los siguientes veinte años después de su estreno, quizá la única obra rusa exitosa será Rusalka de Dargomyzhsky (1856).

Pero ¿de qué carecían los músicos nacionales en contraste con los extranjeros? La respuesta es simple: de educación musical. Un joven y talentoso pianista llamado Antón G. Rubinstein tomó conciencia de este hecho.

Considerado como el padre de la escuela pianística rusa, Rubinstein, al igual que Glinka, decidió salir de su patria natal. Su visita a los conservatorios de París, Berlín y Leipzig lo dejó impresionado pero a diferencia de su compatriota, su academicismo lo mantuvo ligado a la tradición centro europea, lo cual le costó fuertes críticas de otro virtuoso pianista: Mili Balakirev. A pesar de sus estudios su regreso a Rusia no se dio como lo esperaba, pues los músicos vernáculos seguían siendo considerados de segunda clase y no existían muchas formas de ganarse la vida.

Los vientos cambiaron con la muerte del zar Nicolás I (1855). Su sucesor, Alejandro I, decidió apoyar el talento nacional y con la ayuda de patrocinadores como la duquesa Yelena Pavlova, Rubinstein logra crear la Sociedad Musical Rusa en 1859, con la que buscaba el “fortalecimiento del talento nativo”. Con arduo trabajo y las influencias de la duquesa abre las puertas el conservatorio de San Petersburgo en 1862, que dentro de sus primeros egresados contará nada menos que con P. I. Tchaikovsky.

Años después, Nikolai Rubinstein, hermano de Antón, se encargaría de inaugurar el conservatorio de Moscú. Las puertas de la educación musical se habían abierto en Rusia, pero sería un grupo poco homogéneo el encargado de forjar el nacionalismo musical ruso.

Si se repasa el listado de actividades que desarrollaban los miembros del selecto grupo que conformaban la comunidad de los músicos defensores del nacionalismo ruso, podría parecernos una broma. De hecho, es difícil imaginar cómo lo lograron.

Un ingeniero, un químico, un cadete, un ex miembro del gran regimiento Preobrazhensky y un virtuoso del piano integraban “El gran puñado”.

El pianista virtuoso era Mili Balakirev, quien consideraba la academia como una camisa de fuerza que impedía a los músicos desarrollarse libremente. Se unió con Cuí, Mussorgsky, Rimsky- Korsakov y Borodín, creando así una cofradía artística conocida también como “El grupo de los cinco”, a la cual cada uno imprimiría su propia estética. El resultado: una música con carácter propio.

Tras la renuncia de Rubinstein de la actividad musical rusa, el llamado a remplazarlo fue Balakirev. Tras su paso como director de la Sociedad Musical Rusa fundó la Escuela Libre de Música. La duquesa Pavlovna reaccionó en contra de las aspiraciones de Balakirev de crear un nuevo estilo. Esta pugna desigual dio al traste con la estabilidad financiera de Balakirev, forzándolo a renunciar al mundo de la música.

Pero lo que parecía la derrota de Balakirev realmente fue el comienzo. Llegaba a la dirección de la Sociedad Musical Rusa, Mikhaíl Azabchevsky. Con carácter progresista el nuevo director vio la necesidad de incluir la nueva música presentando obras de Tchaikovsky y Mussorgsky, cerrando el abismo entre la música de los compositores vernáculos y su derecho a participar en la vida cultural rusa, logrando así el estatus merecido.

A partir de este momento Rusia ya no sería un importador de música. Por el contrario, sus compositores saldrían de la madre patria para forjar un estilo nuevo, un lenguaje musical propio, llevando la música del nacionalismo ruso al nivel de reconocimiento mundial que tiene hasta nuestros días.