Grieg: EL OPUS 16

UNA MONTAÑA QUE EMERGE DEL MAR

Todo empieza con un redoble de timbales, como un trueno. De inmediato, el piano hace su entrada con un tema contundente, triunfal. Los primeros compases lo hacen totalmente reconocible: el Concierto en La menor, Opus 16 del compositor noruego Edvard Grieg es sin duda uno de los más populares del repertorio para piano y orquesta.

Pero si el inicio es impactante, a medida que se desarrolla se va poniendo mejor. Fiel a su espíritu romántico, el concierto avanza durante media hora explorando toda suerte de emociones. “Tiene mucho temperamento, mucha pasión y también mucha ternura”, decía en una entrevista hace dos años la pianista Gabriela Montero.

Desde la invención del long-play, la obra ha sido juntada con el Concierto para piano de Robert Schumann. Ambos están en La menor, tienen un desarrollo similar y una duración que permitía prensar uno por el lado A y el otro por el lado B (un crítico los llamó “los hermanos siameses de la industria de la grabación”). Pero más allá de ese detalle técnico, comparten un vínculo creativo: Grieg empezó a pensar seriamente en hacer su concierto para piano y orquesta cuando escuchó el de Schumann, en 1858, siendo un estudiante en Leipzig.

La idea habría de concretarse diez años después, en una visita al campo en Dinamarca. Luego se lo mostró a Franz Liszt, quien sugirió darle más protagonismo a las trompetas dentro de la orquesta. Grieg no le hizo caso. Liszt, de todas maneras, terminó refiriéndose al joven autor como “un auténtico poeta que ha añadido una nueva cuerda a la lira”. Hoy, frente al sinnúmero de miniaturas para piano en que se especializó Edvard Grieg, su concierto sobresale como una montaña que emerge del mar. Nunca volvió a escribir algo así de monumental.

El pianista y compositor Percy Grainger, quien conoció personalmente a Grieg, hablaba de cómo debía ser la interpretación fidedigna: “Grieg lo tocaba con una emoción agitada, casi febril, pero sin caer en el sentimentalismo”. Esa descripción se ajusta al carácter heroico de la obra, que la ubica triunfalmente dentro de una tradición del siglo XIX que va del Concierto Emperador de Beethoven hasta el Concierto No. 1 de Tchaikovsky.

Otras personas han querido hallar la verdadera riqueza del concierto, no en las notas apoteósicas del comienzo y el final sino en su núcleo, el segundo movimiento, que es dulce y lírico. Entre ellas está Gabriela Montero, quien ha resaltado “una sensación de soledad y calma que está muy presente en la música de Grieg. Es romántico pero al mismo tiempo tiene cierta inocencia, no como Rachmaninov que es turbulento. En Grieg hay mucho de pureza”. Por no hablar de las referencias al folclor nórdico: los más estudiosos han encontrado imitaciones del sonido del hardanger, un violín de 9 cuerdas del sur de Noruega al que alguna vez se le atribuyeron poderes mágicos.

Como sea, el concierto resultó sorprendente por provenir de latitudes exóticas y de un talento fresco. El pianista Leif Ove Andsnes, quien lo grabó en el año 2003, anota: “Grieg estaba evidentemente inspirado por el Concierto de Schumann, pero allí donde Schumann es emocionalmente complejo, Grieg es apasionado y extrovertido: es una música de juventud”. En efecto, el compositor tenía 25 años.

Al cumplir los 40, en 1883, Edvard Grieg intentó escribir un segundo concierto para piano, en Si menor. En verdad no pasó de unos cuantos bocetos que, al ser tocados, sumaban alrededor de 3 minutos. El compositor noruego Helge Evju escribió una “reconstrucción”, grabada para el sello Grand Piano hace tres años, que en realidad no es más que un simpático ejercicio especulativo. Lo cierto es que para las últimas décadas del siglo XIX el formato de piano con acompañamiento orquestal pareció dejar de interesarle a Grieg.

O quizá ya lo había dicho todo con ese magnífico concierto, el primero y el único, en La menor. A cambio se concentró en la escritura de su Sonata para violonchelo y piano Opus 36, que ha sido llamada “uno de los secretos mejor guardados entre los violonchelistas”. Sólo por instantes parece un exorcismo final del famoso Concierto para piano: Grieg no solamente regresa a la tonalidad de La menor, sino que la frase final del primer movimiento está fielmente robada de ahí.

Edvard Grieg falleció en 1907 pero su Opus 16 lo trascendió, haciéndose más y más conocido a lo largo del siglo XX. El colmo de esa popularidad llegó en 1961, cuando el pianista norteamericano Jimmy Wisner grabó una versión abreviada (y marcadamente más rápida) del primer movimiento y lo lanzó a la radio comercial bajo el título de Asia Minor. Como Wisner había grabado previamente dos álbumes de jazz y no quería confundir a sus seguidores, publicó la grabación bajo el seudónimo de Kokomo, his piano and orchestra. El tema ascendió al puesto número 8 del listado de éxitos de la revista Billboard, una hazaña que no pudo repetir con ninguno de sus otros discos.

Lo cual nos lleva a pensar en el concepto de lo popular dentro de la música clásica. Hay obras que por su carisma se ganan un lugar en la memoria colectiva sin necesidad de ser revolucionarias. El Concierto para piano en La menor Opus 16 de Edvard Grieg no propone innovaciones en términos de la relación entre solista y orquesta. De hecho, hay muy poco que no fuera elaborado antes en el Concierto para piano de Schumann, su ilustre siamés. Pero es una obra con una identidad tan definida, tan diáfana, que sigue atrayendo como un imán a nuevas generaciones de intérpretes y oyentes.