FALSTAFF

La última carcajada de Verdi

Valeriano Lanchas y la Filarmónica Juvenil de Bogotá, bajo la dirección de Rodolfo Fischer, llevarán a escena los días 26, 28 y 30 de septiembre Falstaff: la última ópera de Giuseppe Verdi. Una coproducción de la Ópera de Colombia y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Valeriano Lanchas como Falstaff/Foto:Juan Diego Castillo

No hay nada más innecesario para el teatro ahora que una ópera mía (…) y es mejor acabar con Aida y con la Messa (di Requiem)”. Esto escribió Giuseppe Verdi en mayo de 1879 al futuro libretista de Falstaff: Arrigo Boito.

Casi tres décadas separan 1813 de 1842: los años que corresponden al natalicio de Verdi y Boito respectivamente. Cuando Boito apenas terminaba sus estudios en el Conservatorio de Milán, Verdi ya cerraba un gran ciclo de su producción, a la que se refería como los “años de galera”. Era 1860, la época en la que Boito pensaba que Verdi era el pasado y Wagner el futuro.

Solo un par de años después se produjo su encuentro. En 1862, Verdi llegó a París luego de estrenar en Rusia La fuerza del destino. Allí recibió el encargo de escribir un himno para la feria mundial de Londres y, para este fin, la condesa Maffei le presentó a Arrigo Boito y a Franco Faccio, dos jóvenes libretistas de 20 y 22 años respectivamente, a un Verdi de casi 50.

Caricatura de Verdi dirigiendo los ensayos de Falstaff

En marzo de este año, Verdi estaba a punto de desistir del encargo, pero al enterarse de que Auber iba a componer una marcha para Francia, decidió escribir una cantata El Himno de las naciones, título que recibió esta primera colaboración entre Verdi y Boito, que se estrenó el 24 de mayo de 1862. Gracias a ella, el joven libretista recibió un reloj como un presente del veterano compositor.

Después del éxito de Aída (1871) y de la Misa de Réquiem (1874), Verdi no quería componer más. Cuando la condesa Maffei le pidió que escribiera una nueva ópera, él le dijo: “Seamos serios: ¿qué bien haría? ¿qué conseguiría con ello? Los resultados serían insignificantes. Seguro que tendría que escuchar a la gente decir que no sé componer y que me he convertido en el epígono de Wagner. ¡Vaya gran gloria! ¡Tras cuarenta años de carrera terminar como un imitador!”

Pero tres jóvenes treintañeros: Boito, Faccio y, sobre todo, Giulio Ricordi, heredero de la casa Ricordi, comenzaron a confabularse para que Verdi volviera a componer. Sabían de su interés por Shakespeare, pues aparte de Macbeth, ópera escrita en su juventud, siempre tuvo planes de musicalizar el Rey Lear, pero el libreto de Cammarano lo acompañó desde 1852 sin éxito.

Finalmente, y luego de un largo proceso que se inició en noviembre de 1879, nació Otello en 1887. Entre esas dos fechas hubo una nueva colaboración de Boito, quien hizo las modificaciones solicitadas por Verdi al libreto de Simón Boccanegra para la reposición en la Scala de Milán en 1881.

Luego del estrepitoso éxito de Otello, a Boito le fue fácil convencerlo de que no terminara su carrera con un drama y, casi inmediatamente, le propuso hacer una versión de Las Alegres comadres de Windsor, pero centrándose en Falstaff.

En una de las innumerables cartas de ese periodo, Boito le escribió a Verdi: Hay una sola forma de terminar mejor que con Otello, y es terminar victoriosamente con Falstaff. Luego de haber hecho resonar todos los gritos y los lamentos del corazón humano, terminar con una inmensa carcajada es para maravillarse”.

Boito era una persona sumamente culta. Sus libretos están llenos de palabras bien escogidas que, para quienes no tenemos como lengua materna el italiano, nos hacen acudir al diccionario en cada verso.

Boito conocía muy bien la obra de Shakespeare. Además de estas dos óperas con Verdi hizo el libreto para Hamlet, de Franco Faccio, y la traducción poética de Antonio y Cleopatra para Eleonora Duse en la época en que ambos tuvieron un affaire.

Era un artista sumamente estudioso que no se privó de incluir en su libreto la frase con la que termina la séptima novela del Decameron de Bocaccio: Boca besada no pierde ventura, más bien se renueva, como hace la luna”.

Y en tres momentos, Verdi pone esa frase en boca de Fenton para que Nannetta le conteste la misma cantidad de veces, como si se tratara de un refrán popular.

Comparando el libreto de Boito con la obra de Shakespeare, es posible ver que suprimió los personajes de Las alegres comadres de Windsor que él consideró innecesarios: el juez, Shallow; su sobrino, Slender, y su criado, Simple; Page y su hijo William, el cura Evans, Rugby, el criado de Cajus, y Nym, el otro acompañante de Falstaff. Solo conservó a Bardolf y Pistol.

Arrigo Boito y Giuseppe Verdi en el jardín de la residencia de Giulio Ricordiin en Milan, photograph by Achille Ferrario, 1892.

Al omitir estos personajes y sus respectivas escenas, concentró la comedia en Falstaff, las comadres y Ford, conservando los amores de Fenton y Ann, quien pasó a ser hija de Ford y no de Page. Además, al hostelero y al paje Robin les quitó el poco diálogo que tienen en Shakespeare y dejó las partes para actores mudos. Y sobre todo, una novedad para Verdi, no se dejó tentar por la posibilidad de tener grandes coros y simplemente incluyó pequeñas intervenciones en los mismos momentos en que los pide Shakespeare.

Pero lo verdaderamente genial del Falstaff de Verdi-Boito es la conjunción de libreto y música sin necesidad de largas acotaciones de escena, como hizo también Puccini por esos mismos años. La teatralidad está implícita en la partitura y es un placer para cualquier director.

Con un lenguaje mucho más simple que el que encontramos en Otello y, sobre todo, en Gioconda, Falstaff tiene algunas genialidades como las letanías de la última escena en las que el protagonista contesta: “Ma salvagli l’addomine” (Pero sálvale el abdomen), que para el oído desprevenido puede sonar como el latín “Salvami Domine”.

Gracias al ímpetu juvenil de Boito tenemos esas dos obras con las que Verdi se despidió. Falstaff se estrenó finalmente en febrero de 1893, cuando un Verdi octogenario se fue recordándonos que:

Todo en el mundo es burla.

El hombre ha nacido burlón,

en su cerebro oscila siempre su razón.

¡Todos embaucados!

Todo hombre ríe de los demás mortales,

pero quien ríe de último, ríe mejor.