Beethoven

La decima sínfonia

Una décima sinfonía acabaría por fin con aquella superstición que en música clásica se conoce como “la maldición del número nueve”

Ludwig van Beethoven

El pasado miércoles primero de abril, un anuncio oficial del sello discográfico Deutsche Grammophon apareció en las redes. “Lamentamos informarles que, debido a circunstancias legales, debemos posponer el lanzamiento de la Sinfonía Número 10 de Beethoven”. Este breve texto venía acompañado por lo que parecía ser la portada de uno de sus CDs: una especie de litografía de ángeles renacentistas sobre fondo verde claro y, en el centro, el título Sinfonía No. 10 en Mi bemol mayor, Opus 139.

El mensaje se propagó en cuestión de horas, y generó cientos de comentarios, desde los más entusiastas hasta los más escépticos. Debo confesar que mi emoción me ubicó en el primer grupo. El prestigioso sello alemán nos pedía tan solo un compás de espera, mientras se resolvían ciertos asuntos legales. ¡Algo nimio en comparación con todos los decenios que la humanidad llevaba esperando la partitura perdida de Beethoven! Hacia el final del día, la broma estaba expuesta: en los países anglosajones, el primero de abril es el día de los tontos, en el que está permitido hacer chistes y engañifas. Algo equiparable culturalmente a nuestro 28 de diciembre, día de los santos inocentes.

La anécdota, sin embargo, tiene un trasfondo muy significativo para nuestro furor musical. Nos hizo volver a pensar que quizá la obra del gran maestro de Bonn tenga un colofón, una yapa. La existencia de una Décima Sinfonía es algo sobre lo que se ha especulado desde 1844, es decir, 20 años después del estreno de la Novena. En aquel tiempo el ex secretario de Beethoven, Anton Schindler, escribió un artículo diciendo que recordaba a su patrón trabajando en el bosquejo de esta obra. Subsiste incluso una carta que, aunque manuscrita por Schindler, está firmada por Beethoven y fechada ocho días antes de su muerte: allí habla del “boceto de una nueva sinfonía”, que no sería otra cosa que el anhelado Opus 139.

De paso, según la cual, tras componer una novena sinfonía (casi siempre monumental), los compositores mueren. Así, por ejemplo, Dvorak no pudo hacer otra después de su Sinfonía del Nuevo Mundo. Bruckner sólo numeró 9 de sus 11 sinfonías. Mahler quiso engañar al destino dándole a su novena un nombre en lugar de un número: La canción de la tierra. Glazunov tomó la decisión de no terminar su novena sinfonía y, si nos atenemos al mito, eso le aseguró 26 años más de vida. El único que parece haber destruido el conjuro es Shostakovich, con sus 15 emocionales excursiones sinfónicas.

¿Qué nos hace pensar que la obra orquestal de Ludwig van Beethoven estaría más completa con una décima sinfonía? De entrada, una cuestión numérica. El director de orquesta David Zinman ha escrito que “cada sinfonía de Beethoven era en parte un antídoto para la que la precedía”. Que es, más o menos, la misma idea expresada por quienes clasifican las sinfonías entre pares e impares. Así, mientras que las sinfonías 2, 4, 6 y 8 responden a patrones clásicos (incluso en el sentido más vienés del término, como sucede con el adagio de la Cuarta), la verdadera esencia revolucionaria del compositor se encuentra en las números 3, 5, 7 y 9. Una décima sinfonía sería, en ese sentido, un cierre más meditativo y profundo de todo el ciclo, lejos del entusiasmo pirotécnico con que nos deja la Oda a la alegría.

De manos de Beethoven, la gran revolución del lenguaje sinfónico llega con la Tercera Sinfonía, la majestuosa Heróica de 1804. El crítico musical Alex Ross subraya en su libro Escucha esto que el gesto que marcó el inicio de una nueva era fue haber tachado el nombre

de Napoleón Bonaparte en la dedicatoria. De esa manera nos quedamos con una “sinfonía heroica” pero sin héroe o, para decirlo mejor, con una música nacida del entusiasmo de su tiempo y después despojada de alusiones históricas. “El héroe eres tú”, es la frase con la que Ross concluye el primer capítulo de su libro, evidenciando que por primera vez una obra aludía directamente a su oyente.

La Quinta no es menos importante, sobre todo por esa entrada inolvidable (Sol-Sol-Sol-Mi bemol) que ha sido descrita famosamente como “el destino llamando a la puerta”. Sobre la Séptima escribió el director Michael Tilson Thomas que es “expresiva como la escena perfecta de una ópera” y que recrea los días en que Beethoven se lucía en los grandes salones europeos como un incansable improvisador frente al piano; tal vez por eso le quedó relativamente fácil al pianista Jacques Loussier adaptarla para trío de jazz en una grabación muy interesante de 2003. Finalmente, sobre la Novena se han escrito también frases grandilocuentes (en Francia la llamaron “la Marsellesa de la humanidad”), y un libro que vale la pena leer para entender el tamaño de su trasfondo político: La novena de Beethoven del investigador argentino Esteban Buch.

¿Y la Décima? Su sola mención ya sugiere un misterio sin resolver. De hecho, en 2008 apareció una novela detectivesca llamada así, La Décima Sinfonía, escrita por Joseph Gelinek (seudónimo del periodista musical español Máximo Pradera). En ella, un joven musicólogo de apellido Paniagua es invitado a una velada privada donde se interpreta una reconstrucción de la obra perdida de Beethoven. Al día siguiente, el compositor que se atrevió a recrear aquella sinfonía aparece decapitado. Paniagua comienza entonces a investigar, no sólo los motivos del asesinato, sino la posibilidad de que lo escuchado fuera algo más que una recreación, que fuera la auténtica partitura de Beethoven. Detrás de todo este misterio están los intereses de unos grupos masones y unos aristócratas descendientes de Napoleón que pelean por hacerse al “Santo Grial” de la música clásica.

La novela es entretenida como lectura de playa o de aeropuerto. Y, desde luego, se nota que Gelinek (Pradera) hizo bien su tarea de investigación, ya que menciona unas páginas manuscritas que dejó Beethoven con esbozos que perfectamente podían pertenecer a un proyecto sinfónico. Tales bocetos existen, y fueron analizados por primera vez por Gustav Nottebohm en el siglo XIX. Su veredicto, sin embargo, fue implacable: no vio más que ideas vagas y descartó que se tratara de una décima sinfonía.

Pero a mediados de la década de 1980 otro músico, el inglés Barry Cooper, volvió a tener acceso a los manuscritos y supo descifrar cosas muy diferentes. Cooper no andaba buscando los rastros de una sinfonía inédita; simplemente quería clasificar esos documentos como eje central de su libro Beethoven and the creative process” (Oxford, 1993). “Como estaba tan inmerso en sus métodos normales de trabajo, pude sacarle el sentido a esos bocetos”, explicó. Y ¡eureka!: obtuvo suficiente material para reconstruir un primer movimiento, 19 minutos aproximadamente, de una sinfonía en Mi bemol mayor que fue grabada por la Orquesta Sinfónica de Londres para el sello MCA Classics. “No es una nueva sinfonía”, aclara el músico inglés en las notas del CD, “sino una impresión artística probablemente cercana a lo que el compositor tenía en mente, más cercana que cualquier cosa que se haya oído antes”.

La obra se puede consultar en Spotify y suena a Beethoven, sin duda. A mí me recuerda el segundo movimiento de su Sexta Sinfonía, la ‘Pastoral’, aunque no haya una sola frase que lo evoque directamente. Es más bien una esencia, un espíritu. Con todo, se quedó como un experimento notable pero sin llegar a entrar en el canon beethoveniano. Tal vez porque llevamos casi dos siglos entre la expectativa y el mito. Y al cabo de todo este tiempo, frente a la posibilidad concreta de una Décima Sinfonía, preferimos seguir imaginándola antes que escucharla.

Por: Juan Carlos Garay. Periodista, escritor y traductor.