James Rhodes: El Coelho de las blancas y las negras.

El pianismo de hotel

Los bogotanos podremos asistir a un nuevo concierto del «pianista» que peor toca y más vende: James Rhodes. La cocción exacta entre Paulo Coelho y Liberace.

Por Iván R. Contreras

Liberace, Roger Williams y Richard Clayderman son solo algunos de los nombres de una larga lista de etcéteras que nos ha legado lo peor del gusto musical de nuestro tiempo. A todos ellos los une el piano: el instrumento en el que Beethoven sacudió los últimos vestigios cortesanos de la música y que paradójicamente ha logrado representar, mejor que ninguno, ese estatus superficial y glamuroso que encaja a la perfección con lo que podemos denominar “el gustillo señorero».

En mi época de estudiante este asunto me irritaba, en especial cada vez que alguna señora me pedía tocar al piano alguna «canción» de Richard Clayderman, «el mejor pianista del mundo», en sus palabras. Con el tiempo, el tema me empezó a resbalar y esa actitud me condujo a una sana conclusión: el mal gusto, al igual que la maldad, ha predominado y predominará sobre la tierra.

Hace unos meses ese escozor regresó. La causa: el “recital” de James Rhodes, esa suerte de Rey Midas invertido que destroza todo lo que toca. Escudando su falta de preparación detrás de una lamentable historia, Rhodes ejecuta como se le viene en gana, chapotea notas, atrasa el tiempo y lo acelera. Cuando los dedos no responden, hunde a fondo el pedal, (rasgo característico del pianismo de hotel) y con esto agota taquillas, vende libros, enloquece señoras y además ha logrado lo que ninguno de sus predecesores: colarse en el gusto de varios intelectuales, quienes con seguridad lo ubican muy lejos de Liberace y bastante cerca de Glenn Gould. Así entonces lo compran, lo aplauden, lo ovacionan de pie, como a un genio hasta hace poco incomprendido; desde hace muy poco lucrativo.

Las estrafalarias chaquetas de Williams o los candelabros sobre el piano blanco de Clayderman ya no atrapan. Los gustos cambian y la industria con ellos. Rhodes cambió esa imagen kitsch del pianista light de antaño por una más fresca, menos definible, más ambigua, la del hipster: «Incómodo con los austeros y tradicionales recitales de frac y corbatín», el stand up comedy con el que Rhodes nos tima encaja a la perfección con frases insulsas como esta. Personalmente, no me importa si un pianista toca en buzo de algodón perchado o en smoking. Lo que importa es que toque, característica que Rhodes dejó en el mismo cajón del frac y el corbatín.

El que no esté de acuerdo con lo expuesto en esta columna dirá que eso es cosa de cada quien. Lo mismo digo yo. Cada quien verá si prefiere escuchar al charlatán de Toca el piano: interpreta a Bach en seis semanas o, por ejemplo, a Mitsuko Uchida: «no es suficiente tocar el piano, toma una vida entera entender la música». Sensible diferencia.

Pero, ¿cómo logra Rohdes engatusar a un público aparentemente más preparado? La respuesta está en los referentes intelectuales y culturales que lo promueven, pues han acumulado años de prestigio para poder hacerlo. Esa línea que delimitaba su mundo, al parecer, se está desdibujando en una suerte de “todo vale” desde que se venda bien.

“Cuando escribo un libro, lo hago para mí mismo. No es mi asunto si a la gente le gusta o disgusta”: Paulo Cohelo. “Toca lo que quieras, donde quieras, como quieras y para quien quieras. No dejes que unos pocos imbéciles vetustos y endogámicos impongan cómo debe presentarse esta música inmortal”: James Rhodes. La pos verdad en dos frases y un argumento.

Y saber que cualquier pianista colombiano está mejor preparado. Claro,  no tiene ni la publicidad, ni el saquito estampado con el nombre de BACH. Con seguridad tampoco lee a Coelho. Por esto y por cien razones más, prefiero un definido Clayderman ya conocido, que un ambiguo Rhodes por conocer.