Blanca Uribe

Toda la vida seguimos aprendiendo

Mientras ensayaba el Concierto para Piano de Haydn a sus 11 años, en la antesala de su debut con la Orquesta Sinfónica de Colombia en 1951, uno de sus hermanos, que tocaba jazz, se sentaba a su lado a tocar lo mismo “a ritmo de mambo”. Es apenas una de las muchísimas situaciones a las que se ha visto felizmente abocada Blanca Uribe como miembro de un clan musical que hace gala de eclecticismo a toda prueba.

Por: Jaime Andrés Monsalve

Biznieta de compositora y nieta del violinista que acompañó en sus correrías neoyorkinas en 1910 al “apóstol de la música colombiana”, Emilio Murillo, la Maestra Blanquita –como es conocida cariñosamente por sus alumnos y seguidores–, fue hija de Gabriel Uribe, celebrado clarinetista que dejaba su atril en la Sinfónica de día para unirse a la orquesta de Lucho Bermúdez de noche; y es hermana de Jaime, ni más ni menos que el músico que le dio un sonido característico a las orquestas bailables paisas Los Graduados y Los Hispanos.

Tras años de estudios en Medellín, Viena y los Estados Unidos; luego de ejercer la docencia en Nueva York y más allá de iniciativas faraónicas como la ejecución integral de las sonatas de Beethoven en tres oportunidades, más una buena cantidad de grabaciones de composiciones clásicas, populares y contemporáneas, Blanca Uribe va tomando la actividad musical con mayor sosiego, enfrentada en los escenarios a piezas de cámara y, muy de vez en cuando, con la compañía de orquesta completa.

Blanca Uribe habló con Tempo. Esta fue lo que su respuestas:

¿Cómo llegó la invitación de la OFB para hacer parte de sus 50 años?

Yo ya estoy medio retirada, he dejado de tocar bastante. Pero Sandra Meluk, muy bella, me convenció. Como en el programa hay una obra de estreno de Andrés Posada, el director quería que la pieza con solista fuera contrastante. Yo mandé una lista que incluía el Concierto de Grieg y el No. 4 de Beethoven, y el director, un musicazo, se decantó por Grieg. Este es un concierto que, sobre todo, he estudiado con gran placer. Porque salir al escenario nunca ha sido algo que me encante, pero al estudiar no toco tan mal (risas).

Su concierto debut fue a los 11 años. Visto a la luz de hoy, ¿no corrió el riesgo de malograrse, como tantos “niños genios”?

No, porque yo no lo era. Nunca nadie me dijo que yo era un prodigio, en mi familia lo consideraban algo normal. Ese día toqué el Concierto de Haydn con la Sinfónica de Colombia dirigida por Gerhard Rothstein. Tuve suerte de que no me pasearan por todo el mundo como a esos niños que de tanto traer de aquí para allá pierden el amor por el instrumento. Yo me fui de niña a estudiar a los Estados Unidos, cosa que sí era rara.

¿Cómo fue ese periplo?

Primero llegué a los 13 a Kansas, a casa de mi tío Miguel, que fue director del Conservatorio de Bogotá. Pude hacerlo porque el magnate Diego Echavarría Misas me pagó los estudios por 10 años. Luego tomé clases seis años en Viena y de ahí fui a la Escuela Juilliard en Nueva York, primero con una beca de la OEA, luego con otra de la propia academia. Estuve casi siete años. Cuando iba a la oficina de becas me decía el señor: “¡A usted no la vamos a graduar sino a pensionar!”

Para quienes no tocamos ningún instrumento, ver cómo un pianista empieza y concluye una obra nos parece mágico… ¿Qué hay detrás?

En el caso de los pianistas de un nivel “normal” como yo, dedicación y estudio constante. Eso se acrecienta a medida que uno se va haciendo consciente de un estilo, una dinámica, un color. Son horas de estudio en pos de afinar la memoria visual, auditiva, la espacial para saber los saltos… Toda la vida seguimos aprendiendo, eso no se acaba nunca.

¿Cómo fue tomar clases con la legendaria Rosina Lhevinne, viuda del no menos célebre Josef Lhevinne?

Ella ya era una mujer de 86 años. Una cosa muy bonita era que cada diciembre, para la conmemoración del cumpleaños de su fallecido Mister Lhevinne, como le decía, nos reunía a los alumnos en su casa y nos ponía sus discos. ¡Qué pianistas!

¿Es la época de su participación en concursos? Usted compitió con colegas muy famosos como Martha Argerich y Radu Lupu...

Soy muy poco competitiva, empecé a frecuentar los concursos desde Viena más que todo por aprender repertorio y foguearme. A veces la gente piensa que uno va allí a ver a quién mata, pero tuve la suerte de conocer colegas extraordinarios, amigos para toda la vida. A Martha la conocí antes del concurso Chopin porque sus papás vivían en Viena y a varios estudiantes latinoamericanos nos “adoptaron”, y una vez a la semana nos invitaban una buena comida.

¿Recuerda esa grabación del sello Sonolux llamada Blanquita Uribe – Recital?

Tenía como 20 años. Había que grabar a la medianoche para evitar el paso de los carros. Todo quedaba en cinta magnetofónica, las tomas se cortaban con cuchilla y se pegaban. La última noche grabé creo que La campanella y cuando ya no faltaba sino rebobinar la cinta, se reventó y volaron cientos de pedacitos por todo el lugar. Un técnico recogió todo y se tomó días en unir correctamente todos los trozos. Tal vez algún saltito quedó de alguna nota que no encontró en el piso o en el techo. Hace poco alguien puso ese disco en redes… ¡Me morí de pena!

¡¿Por qué?!

Una vez grabo nunca me vuelvo a escuchar, tal vez porque soy muy exigente. Mis amigos dicen que me encanta “flagelarme”. Y es que si yo escucho una grabación mía antes de ser editada siempre voy a decir: “¡no hay cuándo salga este disco!”. Por ahí desde hace como 10 años tengo los demos de una grabación que hice en los Estados Unidos de sonatas de Beethoven. No he querido escucharlas. Hace poco el productor me escribió recordándomelo y diciéndome: “cuando tenga un tiempito, Mrs. Uribe”…

¿Qué recuerda de su ciclo integral de sonatas de Beethoven?

Lo hice tres veces: en el Teatro Colón en el 77, en el 86 en la Luis Ángel Arango, y en los 90 en la universidad donde trabajaba en los Estados Unidos. Yo las estudiaba desde las 8 a.m. hasta las 11 p.m más o menos, y mi papá me ponía a tomar Emulsión de Scott dizque para darme fuerzas.

¿Cómo llega la música española a su repertorio?

En 1968 la OEA me ofreció una beca para estudiar con Alicia de Larrocha, que empezaba a surgir mundialmente con la Suite Iberia, y en el momento lo hice por conocerla a ella y a España. Porque yo decía: “¡Albéniz! ¡Qué pereza!”. Y pues no fue sino ver a algunos colegas españoles tocando fragmentos de Iberia, y para mí fue como descubrir América. Nunca me había enamorado de tal forma de la música de un compositor. Luego toqué obras dificilísimas de De Falla y de Granados, y ese amor continúa. Creo que en alguna vida tuve que haber sido miembro del harén de uno de esos árabes en Granada (risas).

¿Cómo tomó la decisión de regresar a vivir a Colombia?

Yo me fui a los 13 años y me devolví a los 65, pero nunca dejé Colombia. Como mi mamá murió tan joven, siempre regresaba en vacaciones o en los sabáticos a estar con mi papá. La decisión no fue ni mucho menos dolorosa. Si no regresé desde los 80 fue por la violencia. Cuando estaba por cumplir 65, decía en la universidad: “el 22 de abril estoy de cumpleaños y el 23 me devuelvo”. Aquí tengo mi apartamento y una finca en el oriente que es el paraíso terrenal, con el piano que me compró don Diego, un Steinway maravilloso. En Estados Unidos nunca compré vivienda.

¿Y cómo transcurre su vida hoy?

Mis alumnos en Eafit son extraordinarios y trabajo muy a gusto, pero me estoy exigiendo demasiado y seguramente el calendario me está diciendo ya no más. Por eso estoy teniendo cada vez menos alumnos, pero vivo feliz.