TERESITA GÓMEZ, el piano, la vida…

El sábado 4 de mayo Teresita Gómez abrirá la edición número XII de la Serie de Grandes Pianistas del Teatro Colsubsidio. Mozart, Chopin y Frank hará parte de su repertorio.

Por: Irene Littfack

La música me ha afinado, dice Teresita Gómez con una voz que rebasa su espíritu. A sus 76 años vive en Medellín rodeada de obras de arte, libros y tres pianos majestuosos que son sus objetos sagrados. Desde cualquier ángulo de su apartamento es posible contemplar la ciudad que se estampa unos metros más abajo y abraza ese recinto bello y elegante, semejante a la presencia de la artista. Su vida transcurre como lo dictó el propio destino: entre una facultad de música y las salas de concierto, entre la literatura y las artes y entre el silencio de la soledad y la inalterable compañía de un encuentro con sus hijas, su nieto y la música.

La primera vez que José Luis Correa escuchó a Teresita Gómez, quien una semana después se convertiría en su segunda maestra de piano, tenía 13 años. Fue en el Museo El Castillo, en la capital antioqueña, donde sucedió el encuentro. La pianista rememoraba el Romanticismo con su programa: las dos Rapsodias de Brahms, Op. 79 y la Balada No. 4 de Chopin. 18 años más tarde, Correa recuerda ese concierto como un hito en su carrera, pues descubrió que esa destreza con la que Teresita sorteaba la complejidad del repertorio y esa emoción profunda, honesta y humilde con la que había tocado Chopin eran justamente las virtudes que él necesitaría para ser un artista. Y así fue. José Luis ha acumulado una gran trayectoria musical, méritos, estudios de maestría y recitales alrededor del mundo. De Teresita dice que hay algo aún insondable en la manera en la que se conecta con la música: “Tiene una profunda intuición musical, es capaz de sentir hacia dónde va la música, de encontrarle un sentido mucho más filosófico y trascendental. Ese fue el mayor regalo que ella me hizo”. Hoy, su maestra lo ha elegido para ser parte de la Serie de los Grandes Pianistas del Teatro Colsubsidio, que ella misma inaugurará el próximo 4 de mayo y de la que también harán parte Sergio Tiempo, de Venezuela, y el gran ídolo pianístico de Gómez, la portuguesa Maria Joao Pires.

Con el acento paisa sobre el cual se pasea su voz carrasposa, Teresita Gómez habla de la cualidad que para ella hace a un gran músico. “Realmente el instrumento es uno, no el piano. Uno es el canal para hacer música, independientemente del instrumento, y esto tiene una ética especial que es la de tocar sin ser el protagonista de nada”, dice sin dubitaciones con una mística y un respeto que permean las demás facetas de su vida. “Hay quienes tocan como si fueran más importantes que la misma música y es necesario acercarse con más respeto, reverencia y humildad a ella porque es algo inalcanzable.”

Por esta razón, aclama a Maria Joao Pires y la sigue como un ideal de pianista gracias a su forma de abordar el instrumento, su sencillez al tocar y la forma en la que transmite la música sin soberbia ni orgullo; “ella y la música se vuelven una sola cosa”. De su discípulo dice que es un gran pianista, con una técnica sólida, limpia y bella, “un ser dotado de todo lo que se necesita para ser un gran músico”.

El respeto con el que la maestra habla de la música es el mismo que transmitió a sus hijas. Una de ellas, Adriana Moreno, dice que el piano para su familia lo fue todo: “es como el papá de nosotros, un instrumento sagrado, de mucho respeto pues hemos sido testigos de la entrega y la pasión de mi mamá. Este instrumento la ha formado, ha limado ese diamante que es ella y se ha convertido en su mundo, en lo que siempre ha tenido y lo que le ha dado vida”.

Desde los tres años hasta ahora, la historia de Teresita Gómez transcurre frente a ese instrumento en donde el color de su piel y de su sonido convergen, se funden y encuentran la fuente exacta a la que pertenecen. Para celebrar sus 62 años de carrera artística, tocará el piano del Teatro Colsubsidio que hará resonar a cuatro compositores del Clasicismo y el Romanticismo: Mozart, Cesar Frank, Chopin y Beethoven. Con los Nocturnos de Chopin, José Luis Correa volverá a recordar el día en que se enamoró del piano de su maestra y los oyentes entenderán por qué. Mientras que ella, en el concierto de su discípulo, se alegrará de escuchar a Rajmáninov, Liszt, Debussy, Montsalvatge, Granados y, sobre todo, un tesoro que ella le enseñó a valorar: la Suite breve de Luis Carlos Figueroa.

Para su hija Adriana, la conexión y cercanía de su madre con el público tiene dos causas innegables: la primera, su humildad, entrega y pasión; la segunda, ese molde acartonado y rígido de la música clásica que ella nunca siguió. Rebelde. Así la define Adriana; rebelde por ser una mujer que se casó tres veces y crio sola a sus hijos; rebelde por gozarse la vida, rumbear, bailar y hacer de la noche su día; rebelde por triunfar como concertista clásica en un mundo hecho para blancos y rebelde por llevar a los grandes teatros del país y del mundo la música académica colombiana. Para ella, Luis A. Calvo, Luis Carlos Figueroa, Antonio María Valencia, Uribe Holguín o Luis Antonio Escobar son también músicos clásicos, músicos maravillosos a los que respeta y trata con la misma reverencia que a los compositores europeos. “De niña los escuchaba mucho y entendí que esa también es música clásica. No encuentro ninguna diferencia, pero por muchos años se ha creído que no están al mismo nivel y eso es algo muy de la cultura colombiana: un rechazo a lo propio”.

Convencida de la música como fuente inagotable de belleza y aprendizaje, persistente en su disciplina, apasionada de las artes y centrada en su carácter, su hija la define también como una mujer humilde, generosa, estricta y rigurosa como maestra, cariñosa como madre, rumbera, amante de las cosas lindas, elegante y siempre bien puesta. “Mi mamá es muy pinchada como toda la gente de aquí de Medellín. Desde que se levanta hasta que se acuesta siempre está perfecta. Peinate, Adriana; esa es la frase que más me ha dicho en la vida”, dice su hija entre carcajadas de ternura y aprobación.  

“La música me ha acompañado en la soledad, me ha abierto a la vida y me ha dado una columna vertebral”, dice Teresita Gómez con una gratitud que colma su espíritu. A sus 76 años, rodeada de todo lo que ha amado, dedica su existencia al arte, tal como lo quiso el destino cuando la abandonaron en la puerta de Bellas Artes. En las noches baila tango con su hija Adriana, asiste a conciertos y abre las puertas de su casa para realizar los Martes de Cámara con Teresita; de día estudia piano, imparte clases a seis estudiantes afortunados, lee, asiste a clases de historia de la Edad Media en Eafit, escucha música, conversa con sus hijas y su nieto y luego se encuentra con el silencio, medita, se observa y sigue aprendiendo a conocerse a sí misma. Su historia ha sido un cuento fantástico e intenso, uno que rinde honor a su existencia y confirma que, como dice Adriana, a Teresita Gómez le encanta la vida.