Rubalcaba de Ida y vuelta

Toreado en todas las plazas del jazz, la nueva aventura musical del cubano Gonzalo Rubalcaba, en homenaje a Benny Moré y Manolo Caracol en compás flamenco, habla bien no sólo de su eclecticismo, sino de la salud del fenómeno del cante jondo como género en eter- no peregrinaje desde y hacia Latinoamérica.

Que se anuncie un concierto en el que Gonzalo Rubalcaba acompaña a la cantaora Esperanza Fernández en piezas de Benny Moré y Manolo Caracol es prueba de muchas cosas. La primera, la que le atañe directamente al responsable de tan singular encuentro, es que el universo sonoro que habita su ser supera de lejos los límites del jazz, que como género es casi ilimitado, lo cual no es poco.

La segunda, que la comunicación entre Latinoamérica y Andalucía, presente en las sonoridades de ambos costados del Atlántico desde la década del 30, es hoy más que nunca, una de las posibilidades de supervivencia de dos géneros que en diversos momentos de su historia han peligrado: el bolero y el flamenco. Del primero se ha acusado constantemente la ausencia de nuevos repertorios que lo refresquen; el segundo ha visto la paulatina desaparición de sus más demandantes y complejos estilos: la caña, el polo, el mirabrás..Un nuevo eslabón de esa tendencia, iniciada a finales de la década del 60 por el cantaor utrerano Miguel Vargas “Bambino”, tomada su posta luego por artistas como Martirio, Pepe de Lucía, Chano Domínguez, Mayté Martín y Falete, es entonces lo que significa el espectáculo de Rubalcaba y Fernández estrenado este año, exultante en su alcance después de una temporada en la que el pianista cubano se dedicó a realizar conciertos para piano solo confeccionados a partir de la más absoluta intimidad.

Aquellos nombres mencionados, a los que ahora se incorporan los de pianista y cantaora, son las nuevas estrellas del llamado cante de ida y vuelta.

En 1981, conmovido ante la majestuosidad de las paredes cristalinas y los juegos de luces de la Catedral de Sal de Zipaquirá, el guitarrista Paco de Lucía compuso y grabó el tema instrumental Monasterio de sal. Pasado todo este tiempo, esa pieza sigue siendo la más representativa de un estilo flamenco cuyo nombre de seguro asombrará: las colombianas.

Cuenta la historia que el cante por colombianas fue una invención del legendario cantaor sevillano José Tejada Martín (1903 – 1976), mejor conocido como Pepe Marchena. Otro grande del género, Agustín Castellón, Sabicas, que para la década del 30 era algo así como un pichón del enorme guitarrista que llegó a ser, deja claro en un testimonio el origen caprichoso que tuvo ese cante: “estaba Marchena, que es el que sacaba todos los cantes. Iba yo con él, de chavalico, que solía llevarme y, cuando no, le encontraba en todos los sitios… Perdone usted, ¿y qué cante es ése? Pues un cante que estoy haciendo ahora mismo: y le puso la colombiana”.

Las palabras de Sabicas son citadas por Ángel Álvarez Caballero en su Discoteca ideal del Flamenco (1995) para demostrar que Marchena “le puso el nombre de colombiana como pudo haberle puesto otro cualquiera”. Sin embargo, más adelante el mismo autor reconoce que si bien el género nació en Andalucía y no tiene en realidad influencias de la música colombiana, “se incluye en el grupo de los cantes andaluces-americanos por creerse en un principio que ese era su origen”.

Las informaciones menos rigurosas acerca de los llamados cantes de ida y vuelta, o andaluces-americanos aseguran que los viajeros que cruzaban el Atlántico llevaban de un lado a otro las correspondientes influencias sonoras de cada latitud para dar forma a versiones flamencas de la milonga y la vidalita argentina, de la guajira y la habanera cubana y claro, de la colombiana colombiana (sic) como las que empezaron a aparecer a partir de la década del 30. José Manuel Gamboa, otro estudioso sesudo del género, prefiere establecer un punto de partida más concreto y lógico: el de la llegada

de decenas de artistas latinos a la Exposición Hispano-Americana de Sevilla entre 1929 y 1930, “lugar en el que el flamenco vivió momentos felices y los flamencos se reencontraron con las músicas antillanas y sudamericanas en general”.

Los cantes de ida y vuelta han sido considerados “palos” o estilos menores del género. Nunca lograron la popularidad ni el temperamento de las bulerías, los tangos o los cantes graves; y no obstante su bienintencionado ejercicio de hermanamiento, en algunos casos cayó en estereotipos y en desaguisados geográficos como el de la Niña de la Puebla, que le cantó a la

Serranía del Brasil cordillera mexicana, tierra de la Amazonas (sic), pamperita de mi alma… En mi corazón clavao llevo yo una colombiana.

Esa primera oleada de música latinoamericana vio nacer versiones aflamencadas de temas del Trío Matamoros, Ñico Saquito y el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Y la tradición seguiría gracias a la rumba catalana, de alguna manera también cante de ida y vuelta por su cercanía con la salsa, prolífica en versiones de esos artistas cubanos, y rayana con algo que sí podría calificarse como estilo por colombianas cuando Lola Flores abordó La casa en el aire de Rafael Escalona. Luego llegaría Bambino, y el resto es historia.

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¡Oh, vida!, como el bolero de Benny Moré, es el nombre del espectáculo que une a Gonzalo Rubalcaba en piano con la jondura de la voz de Esperanza Fernández. Si bien durante años el cubano se ha cuidado de alejarse del tópico del tumbao latino tan característico del jazz afrocubano, sería un error decir que aquello no hace parte del más interno de sus fueros. Al fin de cuentas se crio en el mundo del danzón del que su padre, don Guillermo, fue pionero mayor; y a la vera de la escasa pero entrañable obra de su fallecido hermano, Jesús, mucho más cercano a los elementos de aquello que Dizzy Gillespie, ingenioso ante el producto sonoro que estaba inventado en los 40 al lado de Chano Pozo, bautizó con el ocurrente nombre de cubop.

Justamente fue la mano de Gillespie la que dio inicio a la carrera internacional de Gonzalo. Y no es metáfora: el trompetista de la amplia sonrisa y las mejillas de batracio tocó la espalda, después de un concierto, del en ese entonces joven pianista del cabaret Parisien de La Habana. “Créame si le digo que, en un segundo, toda La Habana estaba hablando del tema. Con 17 años, entraba en el mundo de la música por la puerta grande”, confesó a Chema García Martínez del diario El País en 2015.

Lo siguiente por venir sería su primera producción discográfica y las giras por fuera de Cuba en la década del 90. De entre todas ellas, los melómanos bogotanos no olvidan cómo su presencia en al menos tres oportunidades le dio relieve al naciente Festival Internacional de Jazz del Teatro Libre. Luego apareció Charlie Haden como nuevo admirador, y el contrabajista lo confrontó de nuevo con su pasado al convocarlo a grabar boleros jazzeados en volúmenes como Nocturne (2001), Lans of The Sun (2004) y Tokyo Adagio (2014).

Hoy, Gonzalo Rubalcaba se presta con su pianismo a un encuentro de sonoridades que, sin serle ajenas, sí resultan novedosas en sus búsquedas: los dejos inolvidables del Bárbaro del Ritmo, Benny Moré, y la tradición de maestro del cante de la zambra, Manolo Caracol. Un regalo para aquellos que todavía han de conocer a un pianista que ha navegado, parafraseando a Paco de Lucía, entre dos aguas.