Ese otro Mozart

El Amadeus Popular

“O quizá dejó de hacerlo tal vez porque en su Austria natal no se conseguían ni guacharacas ni tiples”.

A primera vista, parece un disco más de carranga, aquel ritmo popular boyacense, heredero de la rumba criolla y del vallenato guitarrero. Y uno como melómano puede simplemente poner el disco a correr y manifestarse feliz por la eclosión que ha tenido en 30 años una música que, hasta hace poco, parecía ser un género de autor con el solo nombre de su creador a cuestas, el maestro Jorge Velosa.

Pero ponemos a correr el disco de Los Carrangos, y es cuando empiezan las sorpresas. Además de los temas propios, y dentro de un grupo de tres temas ajenos que sorprenden por su adaptabilidad al estilo cadencioso y saltarín de la carranga, una melodía se nos antoja tremendamente familiar. Quienes tenemos unos años a cuestas recordaremos al tercer movimiento de la Sonata para Piano No. 11 de Wolfgang Amadeus Mozart, el celebérrimo Rondo alla Turca como la música del comercial de unos productos de repostería. Para los demás, será acaso uno de los highlights más recurrentes e inolvidables del repertorio occidental. Y Los Carrangos la tocan a ritmo de carranga. Mozart en guacharaca y tiple.

Esta Rumba Turca alla Carranguera, llamada simplemente Marcha turca en el disco de marras, nació durante un momento de distensión en un ensayo de Los Carrangos. “Casi que jugando descubrimos la naturalidad con la que podría sonar, bajándole velocidad y acompañándola con los palitos carrangueros en ritmo de rumba –asegura Renato Paone, director de la agrupación con sede en Medellín–, solo fue frasearla un poquito más juguetonamente y estuvo lista la versión, nos encantó y decidimos grabarla”.

La frase es de Paone, sí, pero también podría haber sido emitida por el más radical de los metaleros. Al menos dos bandas colombianas del género, Askariz de Medellín y Stygius de Duitama (Boyacá) tienen en su repertorio el Rondo alla Turca, con una misma pretensión: hacer de la pieza una disculpa para el despliegue técnico, en la línea del llamado guitar virtuoso.

En su calidad de parangón de lo académico transformado en ícono popular, las apropiaciones sonoras de la música de Mozart desde terrenos lejanos de lo erudito atraviesan muchos senderos. Basta encontrarse con nombres de grupos de música electrónica como Moz Art y Mozart Parties, así como canciones sueltas en esa línea como la muy popular Rock Me Amadeus del rapero Falco (compatriota del genio de Salzburgo) y Mozart’s House de la banda inglesa Clean Bandit. Más allá, la música misma ha resignificado las piezas del compositor haciéndolas llegar a amplísimas franjas de público. Tantas o más que las que logró colonizar su obra misma gracias a cuños discutibles como el de Efecto Mozart y demás.

Las trascripciones de Mozart a lenguajes populares han nacido, intuimos, de un interés contrario al que mueve a un intérprete del piano jazzístico a improvisar sobre, digamos, la música de Bach. Mientras ese ejecutante busca llevar hasta otros públicos una música propia basada en texturas que pueden sonar más a una idea sobre una escuela (el barroco) que a unas melodías particulares, quien decide versionar a Mozart lo hace sabiendo que la popularidad de su obra rebasa cualquier frontera. De esa manera, logramos disfrutar de una versión klezmer de la obertura de Las bodas de Fígaro en la medida que dicha melodía hace parte inevitablemente de la banda sonora de Occidente.

Aunque no es necesariamente una regla: Tuvimos que inmiscuirnos en este trabajo de campo para descubrir, con sorpresa, que la famosa canción norteamericana Song Sung blue, de Neil Diamond, está construida sobre la base del no menos conocido segundo movimiento del Concierto para Piano No. 21, el Andante, que trascendió con la cinta sueca Elvira Madigan y que hizo que la pieza terminara arrastrando por sobrenombre el título de la película.

Se entienden así las palabras de Renato Paone cuando se le pregunta por la decisión de incluir su versión del Rondo Alla Turca en el disco de su grupo: “Decidimos publicarla no solo por el gusto carranguero que encontramos en Amadeus –cuenta–,  sino para divertirnos un poco con algunos ‘refinados’ oídos colombianos que aún sienten tremenda animadversión  por las músicas campesinas y niegan rotundamente su hermandad con las más altas esferas de la música”.

Las geografías de Amadeus

En 1997, los músicos Idee von Hughes y Ahmed al Maghreby creyeron percibir una inusitada cercanía entre la antiquísima canción árabe andaluza Lamma bada yatathanna y el primer movimiento de la Sinfonía No. 40 de Mozart, otro de esos instantes inconfundibles en su creación. Fue el punto de partida para el trabajo Mozart in Egypt, en el que la Orquesta Sinfónica de Bulgaria, lejos de ser protagonista, es una invitada sobre cuya ejecución circulan los sonidos característicos del norte de África, provistos por instrumentos como la flauta arghul, el laúd rabab, e instrumentos de percusión como el daff y la tabla. Las voces corren por cuenta de un cantante kawal de la tradición devocional paquistaní. Y uno quisiera pensar que se trata de una aproximación moderna a la idea manifiesta en un título tan mestizo como el de la ópera La italiana en Argel.

En la misma línea, el violinista argentino Enrique Da Novici, radicado en Suiza, y quien ha trasegado entre la música clásica y el tango de manera continua, juntó en 2006 a intérpretes de la llamada música ciudadana como el violinista Pablo Agri, el bandoneonista Horacio Romo y el pianista Osvaldo Berlingieri, una leyenda del género recientemente fallecida, para integrar con ellos un grupo llamado The Mozart Tango Players. El nombre del trabajo, apropiado o no, ya deja ver de qué va la cosa: “Tango hereje”.

Aunque bajo ese ropaje este septeto ejecuta la obra de otros autores centroeuropeos en clave de milonga, tango y candombe, no sin una buena dosis de humor desacralizante, el par de adaptaciones de la Pequeña Serenata Nocturna y del primer movimiento de la Sinfonía No. 40 ya nos hablan del encuentro entre culturas y tiempos, y de la cada vez más innecesaria escisión entre lo clásico y lo popular.

Este constante apelar entre lo uno y lo otro siempre conduce a una pregunta tópica: ¿y qué sería de la música de Mozart si viviera en estos tiempos? “Estos compositores no crearon tango porque en esa época no existía –afirma Da Novici en los créditos de su trabajo–. Si lo hubieran conocido, lo hubieran utilizado de la misma manera como emplearon las danzas del momento: vals, minuet, bourrée, zarabanda, hornpipe, etc.”

Renato Paone, por su parte, sí tiene más esperanza en lo que pudo haber sido un encuentro glorioso en el tiempo: “La armonía que Mozart utilizó para este tema nos hizo pensar que primero la escribió en versión carranga: hasta sospechamos que ese ‘Amadeus’ tiene algo que ver con la Familia Amado, juglares carrangueros que llevan más de cinco generaciones dedicadas a la carranga. –aventura el director de Los Carrangos–. Pero es probable que se haya arrepentido al pensar en los ‘pulcros’ oídos europeos”.

“O quizá dejó de hacerlo –remata Paone– tal vez porque en su Austria natal no se conseguían ni guacharacas ni tiples”.

 Por: Jaime Andrés Monsalve. Jefe de programación Radio Nacional de Colombia.