Ecos de macondo

La música y Gabo

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Gabo,

Foto; Carlos Duque
Foto; Carlos Duque

 

El universo literario de Gabriel García Márquez suele decantarse en cada lector, conformando en cada uno lo que podría llamarse un Gabo personal. Acaso la historia que más caló en el alma de un joven de Gante, Bélgica, llamado Dirk Brosse, haya sido la del aventurero Antonio PIgafetta, quien junto a contemporáneos suyos como Alvar Núñez Cabeza de Vaca se maravilló por cuenta de la desmesura de la América recién hallada.

No era aquel recuento de hazañas una nueva aventura macondiana sino un símil sobre las distancias culturales entre el Viejo y el Nuevo Continente. Era el punto de partida de su discurso en liqui liqui, en Estocolmo. Acaso el mismo asombro de quienes vinieron a hacer la América haya embargado a Brosse, músico de apenas 22 años, la noche en que García Márquez recibía, con un relato que incluía a los dos viajeros, el Premio Nobel de Literatura en 1982, y se daba a la lectura de las palabras de agradecimiento, con una pieza hoy todavía legendaria, La soledad de América Latina.

Al menos unos 15 años después, el cantaor andaluz Juan Peña habría de toparse cara a cara con el escritor que tanto admiraba. Compartieron mesa en una cena en casa del ex jefe de gobierno español Felipe González, después de tener el gusto de cantar para él por soleares, seguirillas y bulerías. A cambio de lo que seguramente fue una fiesta flamenca con todo el duende, Peña, nacido en el municipio sevillano de Lebrija y conocido artísticamente bajo el gentilicio de los allí nacidos, recibió una flor dibujada en una servilleta, con una dedicatoria tan etérea como sólo la prodigaría la pluma de Aracataca. Decía: “Cuando Lebrijano canta, se moja el agua”.

Ambos acontecimientos inspiraron música.

La soledad de América Latina es el nombre del oratorio compuesto por Dirk Brosse, estrenado en la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Lanzada ese mismo año en disco con el propio autor dirigiendo la Nueva Orquesta Sinfónica de Flandes, la pieza es una creación de orden neoromántico, con pasajes elegíacos que son alusiones notables a la exuberancia del continente americano vista con ojos extranjeros. Mientras, Cuando Lebrijano canta, se moja el agua, de 2007, de Juan Peña, se constituye en el primer acercamiento desde el flamenco andaluz a la obra de nuestro Nobel. Se trata de una grabación con temas alusivos a varios de sus cuentos (La cándida Eréndira, El rastro de tu sangre en la nieve, Buen viaje señor presidente, etc.) y a la novela El coronel no tiene quién le escriba.

En 1982, presionado por quienes querían saber más acerca de los gustos melómanos de quien definiera a Cien años de soledad como “un vallenato de 400 páginas”, Gabriel García Márquez escribió una pieza entrañable titulada Bueno, hablemos de música. En ella reveló la esquizofrenia de sus gustos, de Bach a Manzanero, y explicó por qué no se había dado a ahondar en el asunto: “la música me ha gustado más que la literatura, hasta el punto de que no logro escribir con música de fondo porque le presto más atención a ésta que a lo que estoy escribiendo. Sin embargo, nunca voy mucho más lejos en mis explicaciones, entre otras cosas porque tengo la impresión de que mi vocación musical es tan entrañable que forma parte de mi vida privada”, confiesa un Gabo que uno podría adivinar ruborizado ante la revelación de un secreto capital.

“¡Qué sabe Gabriel de eso!”

Todos los amores musicales del Nobel fueron correspondidos. En el texto aquél, cuenta la ocasión en que Rubén Blades le dijo que quería musicalizar algunos de sus cuentos. “yo le contesté que encantado, inclusive por la curiosidad de saber qué clase de transposición endiablada podía quedar de semejante aventura”, escribió. Y el resultado no pudo haber sido más óptimo: Agua de luna (1987) es un álbum que lejos de ser la simple imposición de sonidos a textos ya hechos, da ritmo a las percepciones personales del salsero panameño sobre esa literatura. Canciones como Isabel, Ojos de perro azul y Laura Farina son pruebas de lo imposible: que un trabajo que versione libremente a García Márquez puede satisfacer por igual tanto al salsero más irredento como al lector más ortodoxo.

Aunque para calar en ambas facciones hubo de pasar algún tiempo. “Un día tengo una discusión sobre el disco con un tipo y le digo: ‘¡Pues a García Márquez le gustó!’ –narró el panameño en su charla durante la entrega del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez en Medellín, en octubre de 2014–. Y el tipo me respondió: ¡Qué sabe Gabriel de eso!”.

Blades fue uno de los premiados con una frase que, dicen quienes conocieron al escritor, solía lanzar de cuando en cuando a diferentes artistas (cambiando el nombre de la canción según la necesidad, por supuesto): “cambiaría toda mi obra por Pedro Navaja”. El cantante de salsa confesó que nunca quiso repetir ese impresionante aval porque le parecía exagerado. “Lo del disco surgió del encuentro entre la literatura y la música popular –aseguró Blades en aquel encuentro–. Desde un principio le dije que iba a escribir lo que yo sentía sobre sus cuentos, no una adaptación de lo que él escribió”.

En Bueno, hablemos de música, el Nobel también reveló la solicitud de apoyo que alguien le hizo llegar vía telegrama, firmando como El Inquieto Anacobero. No era otro sino el depositario de ese mote, Daniel Santos, quien quería que el Nobel le ayudara a escribir sus memorias. Por supuesto la idea no se concretó, pero el Jefe, como también fue conocido el cantante boricua, fue deferente con el aprecio del autor. Por eso, en 1983, en la que fuera su última grabación, registró un tema titulado El hijo del telegrafista, compuesto por el momposino Antonio del Villar, en un disco con nombre singular: Homenaje del Jefe a Gabo. Dicho álbum fue grabado en Colombia, con arreglos del pianista Javier Vásquez, actualmente director musical de la Sonora Matancera. Y si bien la otra colaboración no se dio, Santos puede darse por bien servido: dos de sus biógrafos fueron los excelentes escritores Luis Rafael Sánchez, de Puerto Rico, y Salvador Garmendia, de Venezuela.

“Casi una letra de tango”

El argentino Astor Piazzolla pisó suelo colombiano por primera y única vez la última semana de octubre de 1982; justamente en coincidencia con el anuncio del Nobel de Literatura de ese año. Ocho años antes, el bandoneonista de Mar del Plata, revolucionario del género tango con la incorporación de elementos de vanguardia y de ribetes insospechados en su ejecución, había compuesto Años de soledad, instrumental inspirado en la novela cumbre de García Márquez, tema que fue grabado en un álbum al lado del célebre saxofonista de jazz Gerry Mulligan. “Cien años de soledad es eso, tú terminas de leerla y te deja destruido –le dijo al diario El Mundo de Medellín por aquel entonces–, Cien años de soledad es casi una letra de tango”.

Al igual que la música de Piazzolla, a caballo entre lo clásico y lo popular, el repertorio basado en García Márquez supone un espectro sonoro que va de lo uno a lo otro. Prueba de lo primero es la existencia de la ópera Del amor y otros demonios, del húngaro Pèter Eötvös, de 2008. Lo segundo lo confirma la programación radial de cada diciembre, donde no faltan las canónicas Me voy pa’ Macondo, de la sucreña –valluna por adopción– Graciela Arango de Tobón, y Los cien años de Macondo, que curiosamente no pertenece a nuestro cancionero sino al peruano, tierra del compositor Daniel Díez Canseco. Y hasta espacio hay para el denuesto, como lo canta el ingenuo pero incisivo vallenato Aracataca espera, de Armando Zabaleta, en el que el autor se queja de que García Márquez no haya empleado los recursos del premio Ròmulo Gallegos en un acueducto para su pueblo. En compás de música de acordeón, este reclamo se une a composiciones más referenciales como Canción para una muerte anunciada de Lisandro Meza y otras hechas a la medida del palmarés sueco como El vallenato Nobel de Rafael Escalona.

Tanta música basada en una literaria personal supone de la misma un sonido, un fluir, un ulular. No resulta extraño el asombro que sintió el autor luego de que dos profesores españoles encontraran una relación rítmica entre El otoño del patriarca y el Concierto para Piano No. 3 de Bartòk, pieza que García Márquez escuchó obsesivamente mientras trabajaba aquella novela. Se habrá extrañado por el hallazgo, pero lo que es seguro es que se tomó su dulce tiempo en escuchar las apreciaciones de los académicos y en compartirles las suyas.

Porque bien lo dijo y bien lo recordamos, “lo único mejor que la música es hablar de música”.

 Por: Jaime Andrés Monsalve. Jefe de programación Radio Nacional de Colombia.