Aventuras y encantamientos

Capricho y genialidad

Los sonidos que acompañaron “en horas de desaliento… su amoroso batallar”… los sonidos todos, los del viento que movía las aspas de los gigantes que mancillaron su honor, los de la lanza y el yelmo, pero también y ante todo, los de la música. Y como una sucesión tormentosa se desgrana entonces la cascada de obras que ha suscitado esta historia.

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Miguel de Cervantes Saavedra 1523-1616

La simple idea de perseguir obsesivamente los pasos de un personaje construido en la ficción, atribuyéndole a su vida un carácter histórico, adquiere proporciones delirantes. Supone aceptar como una verdad de a puño todos y cada uno de los episodios vividos por él. La literatura ha dejado para la posteridad una especie de enfermedad rayana en la novelería: la persecución minuciosa de personajes que, como Don Quijote, han requerido vivir una vida que no responde a algo diferente que al capricho y a la genialidad de sus creadores.

Otra cosa es que ávidos comerciantes de una falsa cultura internacional conviertan en planes turísticos la ilusión de vincularnos, como simples mortales que somos, a la certeza de estar pisando sobre las huellas ilustres de toda suerte de personajes: El Bloomsday, por ejemplo, es una especie de ceremonia que se vive para recordar a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises de James Joyce. Se celebra todos los años el día 16 de junio desde el momento en que a alguien se le ocurrió trazar un nuevo renglón en los atractivos turísticos de Irlanda; es el día en el que transcurre la acción -ficticia- de la citada novela y, dicho sea de paso, una de las pocas que gradúa como lector a cualquier persona por su complejidad, extensión y propuesta. Este día los fanáticos se alimentan con lo mismo que los protagonistas de la obra; intentan distintos actos que tengan su paralelismo en la novela; planean encuentros en Dublín para seguir el itinerario exacto de la acción.

En otros lugares hay homenajes literarios similares, como el Día de la toalla, celebrado en honor a The Hitchhiker’s Guide To The Galaxy (La guía del autoestopista galáctico) de Douglas Adams; La Noche de Max Estrella, que en Madrid se hace en honor a Valle-Inclán reproduciendo el recorrido de los personajes de Luces de bohemia; o las calles de Orense, donde adornan con placas los lugares por donde corren sus aventuras los personajes de A esmorga de Eduardo Blanco Amor.

Ninguna de las anteriores, sin embargo, alcanza las proporciones de la aventura que supone recorrer “…la manchega llanura” de Don Quijote; y es que, enfrentados a sostener las razones de una magia tan particular, me atrevo a decir que la receta de Cervantes es de una perfección que no admite discusión; la hondura de una novela como El Quijote está en la mezcla que se funde en el crisol de una historia que pasa por todos los estados narrativos, desde la simple construcción del anti héroe deschavetado que se acompaña por un oportunista iletrado hasta el desenlace magnífico en el que la lealtad, la ternura, el amor y la decencia son los elementos que han venido apareciendo como sabores de las viandas que no son otra cosa que los capítulos o aventuras que vive don Alonso con el fiel Sancho.

La suerte que supone haber hecho este recorrido, más allá de la fuerza narrativa de la literatura: caminando sobre las piedras, respirando el aire mismo de Almagro y del Campo de Criptana, cumpliendo la cita al Señor Don Carlos V en Toledo, asistiendo a las ceremonias dramáticas del Corral de Comedias y de Ciudad Real, hizo que, casi de manera religiosa, en un acto de fe inclináramos la cabeza frente a la irrebatible realidad del caballero. Y surgió entonces la necesidad de ir en busca también de todo cuanto le rodeaba.

Ya los creadores de El Hombre de La Mancha: Dale Wasserman, Joe Darion y Mitch Leigh habían dado forma a un musical en el que Cervantes se funde con Quijano mientras relata la historia a sus compañeros de prisión, al tiempo que aguarda la condena de La Santa Inquisición… un espectáculo con los elementales atractivos de Broadway que deja para la historia la hermosa canción del Sueño imposible. Pero en el mismo orden de ideas, decidido a ahondar en la música como lo hicimos en los caminos que nos llevaron a Recópolis una mañana inolvidable de un invierno diferente, viajamos también detrás de los sonidos que acompañaron “en horas de desaliento… su amoroso batallar”, los sonidos todos: los del viento que movía las aspas de los gigantes que mancillaron su honor, los del metal del estribo, los de la lanza y del yelmo, pero también, y ante todo, los de la música. Y como una sucesión tormentosa se desgrana entonces la cascada de obras que ha suscitado esta historia: Óperas, alguna zarzuela como género genuinamente español; un buen número de obras sinfónicas, música de cámara y música vocal; canciones y música incidental para la escena y, a lo largo del siglo XX, partituras para cine y televisión.

 

La nómina de compositores es de una suficiencia absoluta: Henry Purcell, Georg- Philipp Telemann (Burlesque de Quixotte y Don Quijote en las bodas de Camacho), Félix Mendelssohn, Gaetano Donizetti, Jules Massenet, Maurice Ravel, Manuel de Falla, Richard Strauss, Hans Werner Henze (una suite y una ópera) y algunos otros.

Apoyado en textos publicados por el Instituto Cervantes, cito unas pocas obras surgidas de la propia España del siglo XX: Conrado del Campo (Evocación y nostalgia de los molinos de viento y una de las Seis canciones castellanas); Manuel de Falla (la Canción de Dorotea, Don Quijote de la Mancha, la «farsa heroica» Dulcinea, el Nocturno y Serenata a Altisidora, la Serenata a Dulcinea y la Suite sinfónica de Dulcinea). Rodolfo Halffter (Clavileño, ópera bufa y sus Tres epitafios) y Salvador Bacarisse (Aventure de Don Quichotte, Retablo de la libertad de Melisendra, Soneto a Dulcinea en sus versiones para canto y piano y para canto y arpa). Carmelo Bernaola (Don Quijote de la Mancha y Galatea, Rocinante y Preciosa), Antón García Abril (Canciones y danzas para Dulcinea y Monsignor Quixote), Ángel Arteaga (Andaduras de Don Quijote, Música para un festival cervantino, una Suite sinfónica y Quijote ayer y hoy), Ángel Oliver y Tomás Marco (El Caballero de la Triste Figura, Ensueño y resplandor de Don Quijote y Medianoche era por filo). Josep Maria Balanyà, José Zárate (Alonso de Quijada, Nocturnos de Barataria y Sanchesca), Joseba Torre Alonso y José Luis Turina.

Diez años atrás, preparando una inolvidable gala de agradecimiento durante la cual mostraríamos algunas imágenes de nuestra travesía emprendida a los cuatrocientos años de la primera parte de esta saga, quisimos, con los compañeros del viaje, acompañar con algunas canciones nuestra propia emoción. Vinieron entonces, junto con algunas viñetas de hermosas ediciones de todo tipo, la muy afortunada apropiación que hiciera Serrat de Vencidos, el hermoso poema de León Felipe que incluyo en su intemporal Mediterráneo; así mismo recurrimos al metal medieval y progresivo de la agrupación Mago de Oz que había dedicado en años anteriores toda una producción a la leyenda cervantina, de este disco extrajimos El santo Grial, La leyenda de La Mancha, los Molinos de Viento y El Templo del Adios que lograban la carga dramática que nos permitía acompañar con propiedad los rincones retratados en la gira. Tal vez, con un origen más clásico, la presencia de Plácido Domingo cantando a Dulcinea y Ángel Romero interpretando su guitarra en honor del protagonista, nos daban los matices necesarios para una variedad ideal.

Ya en Castilla, y en usufructo de las gentilezas de quienes nos permitieron el milagro, el punto final de nuestro viaje corrió por cuenta del Chamber Ensemble Atenay, un encuentro delirante de don Alonso Quijano con nueve saxofones y un clavicémbalo que destilaron en la Suite Don Quijote de Georg Philipp Telemann acompañando fragmentos de la obra en la personificación del primer actor, don Francisco González Sesarino.

Sin embargo, regresando a la ilusión, me remito a una obra que brilló en el momento justo, como el oro en el final del arco iris, para que el trasegar de los días recorriendo La Mancha en pos de las aventuras ajenas pudiera tener un sello de eternidad contra los embates del olvido: se trata de la recopilación Entre Aventuras y Encantamientos, música para Don Quijote, por La Grande Chapelle y bajo la dirección de Ángel Recasens; un álbum producido en el año 2005 con ocasión de los 400 años de la publicación de la primera parte de la novela.

Esta grabación, según las notas de la presentación, está integrada por una selección dividida en dos partes: en primer lugar, la música familiar a Don Quijote, anterior a 1605 con versos de romances viejos; y por otra parte, la música que Alonso Quijano y el propio Cervantes escuchaban, es decir, las de la primera década del siglo XVII.

Así nos queda la certeza de haber realizado el viaje como cómplices del poético delirio de Quijano, y que, al poder dar fe de una música verdadera, nos permite aceptar que las ráfagas que en Consuegra dieron vida una vez más a aquellos gigantes en el frenético movimiento de sus brazos, se parecían sin duda a los molinos de viento.