AIRES DE BOGOTANGO

Giovanni Parra, el 2x4

El joven bandoneonista Giovanni Parra, es el único referente académico en Colombia en la interpretación del bandoneón, alma del tango argentino. Perfil de un ejecutante con espíritu docente, que sin prisa pero sin pausa es hoy responsable de la aparición de toda una generación de músicos locales interesados en el 2X4.

La música de Astor Piazzolla parece haber sido hecha para la epifanía misma. Este servidor escribe estas líneas sin olvidar la impresión que le causó, hace unos 24 años, la audición desprevenida del tema Resurrección del Ángel. Unos cuantos compases y poco más que hacer como no fuera ahondar emocionado en el descubrimiento, hasta el sol de hoy.

Lo mismo le pasó hace un poco menos de tiempo a un joven estudiante bogotano de acordeón. Y que se entere Piazzolla allá donde a buen recaudo está, la epifanía que Giovanni Parra acusó desde ese momento, lo llevó a ser hoy merecedor de una nominación al Grammy Latino, con todo y lo intruso que parezca en el género, que a partir de ese momento se convertiría en su razón de ser: Esa ráfaga, el tango, esa diablura, a la usanza de Borges.

Mucho antes de eso, Giovanni Parra buscaba un lugar con su acordeón-piano en géneros como la tarantela italiana y de la mussette francesa. En ello tuvo en la Universidad Pedagógica al mejor maestro, el acordeonista loriquero Lácides Romero. Y el acordeón fue precisamente el primer vehículo comunicativo que Parra empleó al descubrir esa otra veta sonora. Lo primero que hizo fue apañárselas para conseguir partituras del repertorio del Quinteto de Piazzolla, y en seguida, con otros entusiastas colaboradores –entre ellos el incondicional pianista Alberto Tamayo, parte integral de todos los proyectos de Parra–, conformar un quinteto de tango alla Piazzolla, en el que empezó combinando el acordeón con algunas notas que de manera autodidacta fue extrayéndole a su primer bandoneón propio, comprado al cantor de tangos y gestor cultural, Roberto Aroldi.

Entre partituras, discos y conciertos, Parra se fue haciendo a un repertorio mental que, hasta su viaje definitivo a Buenos Aires, en 2007, seguía siendo mayoritariamente compuesto por la obra del revolucionario de Mar del Plata. Y un día llegó una segunda epifanía: Daniel Binelli, eximio bandoneonista que en 1989 hiciera parte del Sexteto de Piazzolla, su última formación, lo recibió durante una visita a Bogotá, y fue concluyente al decirle que su siguiente paso tendría que ser, de manera obligatoria, la estancia en la capital argentina. Sólo allí podría tener contacto directo con la fuente.

Durante muchas semanas la rutina del bogotano consistió en ir y venir de los lugares donde recibía clases de bandoneón. Cero turismo. Entre sus maestros se cuentan el joven Horacio Romo, actualmente director de la nueva generación del famoso Sexteto Mayor, y el en ese entonces nonagenario Marcos Madrigal, bandoneonista que pasó por formaciones dirigidas por Horacio Salgán, Osvaldo Pugliese, Francisco Lomuto y Alfredo Gobbi, y creador del método de bandoneón que Parra empezó a estudiar en Buenos Aires. Entre uno y otro, también llegó como un privilegio la oportunidad de recibir lecciones magistrales con Nestor Marconi, reputado ejecutante del “fueye” de la misma generación de Binelli, quien durante dos años y medio le dictó clases en la sede de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores, Sadaic; un par de horas por semana en las que Marconi le recomendaba ejercicios con qué engolosinarse hasta el siguiente encuentro, metido en su nuevo hogar, un altillo como de pensión del centro bogotano en el barrio porteño de San Cristóbal.

Todo el trajín depositado sobre las botoneras del instrumento más endiablado de todos (lo saben sus ejecutantes: el bandoneón no es ni mucho menos un artefacto construido con la lógica ascendente y descendente de, digamos, un piano) hizo luego a Parra presentarse en 2009 a las audiciones de la décima camada de la llamada Orquesta Escuela de Tango Emilio Balcarce, programa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que entrena durante dos años –uno de enseñanza, otro de fogueo en escena– a los jóvenes intérpretes para aprender los diferentes estilos de tango, representados en nombres como los de Carlos Di Sarli, Juan D’Arienzo, Osvaldo Pugliese, Astor Piazzolla, entre otros. Y quiso el arte del birlibirloque, pero sobre todo el tesón, que Giovanni Parra clasificara en segundo lugar entre un puñado de colegas argentinos. El primer puesto, para ahondar en ironías, lo obtuvo una jovencísima coreana.

Con todo ese aprendizaje en la cabeza, Parra regresó a Bogotá en 2011. Si de algo estaba convencido desde su partida era que tenía que volver, como Gardel. Y el objetivo de ese regreso sería darle un lugar al tango en una ciudad que estaba viviendo una pequeña eclosión del género, representada en la aparición y prosperidad  de uno que otro establecimiento para tertuliar y, sobre todo, en un creciente interés por la danza.

En ese escenario llegó el músico como una rara avis, único ejecutante con estudios académicos de bandoneón. No fue extraño que diferentes músicos y formaciones populares, como Aterciopelados, Natalia Bedoya, Dueto Primavera, Marta Gómez, César López y Monsieur Periné se interesaran en contar con el rezongo de su instrumento en conciertos y grabaciones. La Orquesta Sinfónica Nacional también ha tenido en consideración a Parra, y lo ha invitado a participar de conciertos como el de la soprano Anna Netrebko y el barítono Erwin Schrott; así como del multitudinario cierre del XIII Festival Iberoamericano de Teatro con la cancionista Amelita Baltar, ante una Plaza de Bolívar abarrotada con 50.000 personas, el 8 de abril de 2012.

Una vez en Bogotá, se consolidó de nuevo un quinteto de estilo Piazzolla, con Alberto Tamayo como ficha ineludible al piano y con el contrabajo de Kike Harker, a quien el mismo Parra se encargara de volver tanguero mientras fungía como su compañero de casa en Buenos Aires. A su lado fueron convocados el guitarrista Francisco Avellaneda y el violinista Daniel Plazas en reemplazo de Miguel Ángel Guevara, que dejó la formación en 2015.

Parra decidió que el nombre del grupo no podría sino rendir honores a una de sus principales influencias. Recordado por su labor como director de orquesta, por haber integrado las formaciones de Salgán, Gobbi, Maderna y Piazzolla, y por ser entendedor absoluto de todos los lenguajes del tango, Leopoldo Federico (1927 – 2014) no sólo fue uno de los grandes virtuosos del bandoneón sino también un músico sensible, de enorme corazón y generosidad a toda prueba. Sólo así se explica la sorpresa y la emoción que le hizo manifiesta al propio Parra cuando el bogotano, no sin dificultad y pudor, le solicitó autorización para bautizar con su nombre al quinteto y a la orquesta escuela que habría de formar en la capital colombiana.

“Yo me sentí hasta avergonzado de que me tengan que pedir permiso para esto que está tan bien hecho –dijo Federico al respecto–. Gracias por poner mi nombre a la orquesta y les deseo toda la suerte del mundo; y nos vamos a volver a ver pronto y vamos a grabar juntos, si Dios quiere”.

La posibilidad de una orquesta escuela en Bogotá va dando sus frutos. El pasado 31 de mayo, Giovanni Parra tuvo a bien presentar en público a la Orquesta de Tango de Bogotá, con siete bandoneones, todos ellos alumnos suyos. El invitado de honor en ese lanzamiento, el violinista Ramiro Gallo, uno más de los amigos que Parra se granjeó en Buenos Aires gracias a una curiosa mezcla de gustos compartidos por la interpretación, la música y el fútbol, hace parte de una lista de maestros invitados desde Argentina por Parra para dictar clases magistrales, entre los que se encuentran, además: el pianista Hernán Possetti, el guitarrista Esteban Falabella, el violinista Pablo Agri y el contrabajista Juan Pablo Navarro.

Y por el lado del Quinteto su primera grabación, producto de una invitación de la Florida Atlantic University y del productor Alejandro Sánchez-Samper, nació con estrella, como si hubieran invocado a Pugliese: “Buenos Aires – Bogotá”, ópera prima del Quinteto Leopoldo Federico, obtuvo nominación al Grammy Latino en la categoría Tango. Con todo y que tres de sus ocho piezas son del repertorio andino colombiano, incluyendo un tema en honor suyo compuesto por Germán Darío Pérez, director del Trío Nueva Colombia: Don Giovanni… Parra, una clara alusión en el nombre del músico a la ópera de Mozart.

Demasiados logros para un joven músico apenas entrado a la treintena, capturado de manera temprana por aquel espíritu hecho música que toca corazones y almas donde menos se espera. Ya lo había predicho el bandoneonista Aníbal “Pichuco” Troilo con palabras que parecen haber sido escritas para Giovanni Parra: “No te preocupés, pibe: tarde o temprano te llegará el tango”.