Dino Saluzzi

“El artista honesto no detenta poder”.

“El sonido de su bandoneón es como un jeroglífico de la nostalgia”. Peter Rüedi.

 

Antes de convertirse en una de las figuras emblema de la música de vanguardia en Europa, el bandoneonista Timoteo “Dino” Saluzzi (n. 1935) ya se había forjado un nombre como ejecutante de tango y folclore en su natal Argentina. Si usted se pregunta quién es o cómo suena, huelga decir que es difícil que no haya escuchado el sonido de su instrumento, como quiera que en varias oportunidades acompañó en sus grabaciones a la popular agrupación Los Chalchaleros (nacida en la ciudad de Salta, como Saluzzi mismo) y es además el “fueye” que hace lo propio en un himno de la canción social, Sólo le pido a Dios, de León Gieco.

Pero hace rato que Saluzzi trascendió esa frontera. Su relación con el jazz y la música contemporánea se inició con Kultrum, grabación de 1983 para el famoso sello alemán Ediciones de Música Contemporánea, ECM. A partir de ese momento, siempre bajo el amparo de esa casa disquera propiedad del legendario productor Manfred Eicher, Saluzzi ha dado a conocer un sonido inefable, difícilmente asible mediante clasificaciones de tipo alguno. Llamar a lo suyo nuevo tango o nuevo folclore sería reducir el alcance de la música de un hombre que ha trabajado en el jazz, en la improvisación y en las composiciones a partir de lo popular y de los formatos canónicos y modernos de la música académica. Bien lo dice el musicólogo Peter Rüedi: “el sonido de su bandoneón es como un jeroglífico de la nostalgia”.

Tras más de tres décadas viviendo en Alemania, y luego de grabar alrededor de 20 discos para ECM con grandes del jazz mundial y con su propia familia, conformada por instrumentistas de reconocida trayectoria, Dino Saluzzi ha vuelto a erigir sus cuarteles de invierno en Buenos Aires. Allí concedió esta entrevista luego de un concierto en el Centro Cultural Torquato Tasso, al lado de su hijo, el guitarrista José María Saluzzi; recital en el que expuso de nuevo su ideario musical, tanto mediante las palabras como a través de los sonidos de su instrumento.

Es inevitable no escuchar tango en su música. ¿En quiénes suele pensar cuando toca el bandoneón?

En todos los maestros: Pedro Maffia, Pedro Laurenz, Ciriaco Ortiz, Pichuco, ese gran maestro que fue Julio Ahumada… Una cantidad de intérpretes y maestros del bandoneón de los cuales nunca me voy a olvidar porque me dieron la posibilidad de conocer este maravilloso instrumento.

Referencia obligada es el gran Ciriaco Ortiz, con quien usted tocó en varias oportunidades y a quien le grabó el vals “Viaje a Argüello” en la década del setenta…

Ciriaco fue un hombre muy inteligente, muy agradable y dejó sentada toda una escuela, sobre todo en el sentido de que la obra de un artista, como todo el mundo sabe, sólo debe tener lo necesario, no más allá ni más acá. Él tocaba sin intentos de demostraciones de poder, nos enseñó a hablar de la cultura tal y cual la cultura es: una cultura sin agresividad. Si el artista es honesto no tiene necesidad de demostraciones de poder.

¿Cómo fue su llegada al sello ECM?

El paso fue curiosísimo. En 1979 o 1980 estuve en un festival en Noruega, invitado por el pianista George Gruntz, que en paz descanse, gran amigo y músico al que yo llamaba “mi hermano blanco”. Y no me había percatado de que en la platea había muchos colegas famosos mirando un instrumento que les era completamente ajeno. Ahí estaban Keith Jarrett, Jan Garbarek, Jon Christensen, Palle Danielsson, en fin, una cantidad de colegas; y yo empecé a temblar cuando me lo contaron. Al otro día, después del concierto, nos invitaron a dar una vuelta por los fiordos y a cenar en la barcaza. Estaba conversando con George y se me acercó alguien, y me dijo “me gustó lo que hizo en el concierto, me gustaría grabarlo”. Era Manfred Eicher.

¿Cuál fue su reacción?

Todavía hoy me acuerdo y me emociono. Primero pensé, “qué voy a hacer yo aquí, donde no conozco nada”. Entonces le dije: “el señor que está aquí en frente fue quien me pagó el pasaje, si él no se opone, hacemos el disco”. De inmediato me dediqué a componer música para bandoneón solo. Entramos al estudio Bauer, de Ludwigsburg, y ahí me pregunta Manfred qué íbamos a grabar. Yo tiré en frente todo el paquete de música que llevaba escrito y le dije: “no sé”, pero al mismo tiempo pensaba, “yo soy esto”. Ahí empezó todo. Fue el inicio de Kultrum.

Curiosamente usted tiene dos discos llamados Kultrum, el de 1983 y otro de 1998, ambos con música diferente…

Sí. Pasado el tiempo el siguiente fue el grabado con el Cuarteto de Cuerdas Rosamunde. Con ese disco tuve la oportunidad de darme a conocer como compositor.

No todos sus discos para ECM han sido grabados en Alemania…

Justamente acabamos de grabar un nuevo disco acá, y mi intención es que en Latinoamérica se pueda vender a menor costo, para que la gente conozca el material de ECM que es tan rico y tan necesario para la cultura musical de diferentes partes. Es un disco de folclore. (Al momento de efectuar esta entrevista no había sido editado aún El valle de la infancia, grabación realizada en su Saluzzi Music Studios de la capital argentina, en la cual participan, entre otros, su hermano Félix en saxofón y clarinete, su hijo José María en guitarra y su sobrino Matías en el bajo).

Su padre, el compositor Cayetano Saluzzi, fue quien le inculcó el aprendizaje del bandoneón, ¿de el heredó también la necesidad de tocar al lado de sus familiares?

Yo creo que el hecho de recuperar la familia es casi una obligación, ahora que el mundo está atravesando una variedad de conflictos realmente serios. Con la familia las cosas se valoran de otra manera, hay como una especie de refugio cuando uno está conflictuado por las situaciones de la vida. Pero es que además, Celso (también bandoneonista), José María, Félix, Matías y los demás son buenos músicos. No tocaría con ellos si realmente no fuera así o si tuvieran otra idea de la música. Ellos son músicos idealistas.

¿Qué siente respecto de la música en el continente?

En Latinoamérica hay muchísimos músicos que tocan muy bien. Lo que yo veo es un exceso de actividad, de necesidad de demostración de poder, por aquello de la competencia y de la dificultad económica. Creo que muy pronto recuperaremos toda esta belleza que tenemos, que es realmente maravillosa. No olvide usted a Manolo Juárez, un luchador eterno por la música de este país, y así como él, al “Negro” Eduardo Lagos. Tenemos que estar más cerca todos nosotros. Para mí sería una gloria eso, no por el poder ni por el dinero, sino por la música, que es lo que nos salva.

¿Qué otro proyecto hay por ahí pendiente?

Compuse una serie de obras para piano, nocturnos, que van a ser grabados por Horacio Lavandera y que vamos a hacer justamente en nuestra próxima gira europea, en septiembre u octubre. Me gusta cómo los toca el pibe, es un gran pianista.

Curioso… Uno pensaría que no se componen nocturnos desde Field o Chopin…

Pero es la música del corazón. Es la música que hace un músico cuando está completamente solo, en una situación especial. (Dichas piezas serán grabadas por Lavandera para ECM).

¿Cuál es su relación actual con su país?

A Europa estoy yendo y viniendo, pero ahora vivo acá, que es donde están mis nietos, mis hijos, mi mundo. Ya no puedo vivir por fuera.

¿Es usted consciente de que probablemente el mayor referente universal del bandoneón contemporáneo, después de Astor Piazzolla, es Dino Saluzzi?

Tal vez sea así, qué se yo. He tocado con tanta gente, con tantos músicos populares y clásicos… Yo agradezco ese comentario profundamente, pero de eso no sé nada.

 Por: Jaime Andrés Monsalve. Jefe de programación Radio Nacional de Colombia.