Oraciones por el Universo

La práctica musical en las doctrinas espirituales de oriente

“Para mí, la música oriental es como un río que siempre fluye y cambia sutilmente, mientras que la música europea es como un edificio cuidadosamente estructurado sobre principios constantes”. Yehudi Menuhin

 

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Ravi Shankar. Fuente: https://www.flickr.com/photos/tom-margie/8266612870

Todo comenzó con el sonido Om. Esa sencilla sílaba representa, dentro de la doctrina hindú, el eco primordial de la creación del universo. Desde nuestra perspectiva occidental y científica entendemos que todo nació a partir de un “Big Bang”, una gran explosión. En Oriente se explica de una manera menos violenta: la nada comenzó, de repente, a vibrar (el universo se hizo consciente de sí mismo, según una filosofía india llamada Samkhya). Alguien sugirió que debemos hablar más bien de un “Big Ring”, un sonido que hace las veces de despertador, a partir del cual los planetas comienzan a girar y las galaxias a expandirse. Bella cosmogonía que implica la existencia de la música desde el comienzo de los tiempos.

La música en Oriente es sagrada casi por definición. En particular el hinduismo y el sufismo dedican un amplio espacio a su estudio y ejercicio. El propósito de estas líneas es explorar los momentos en que esas doctrinas hacen referencia a la audición y la interpretación. Se trata de una mirada externa, respetando la profundidad que tienen estas prácticas de siglos, y ofreciendo más una admiración o una curiosidad antes que el verdadero entendimiento de su esencia.

EL SUFISMO

Un documento de la milicia religiosa Ikhwan de Arabia Saudita destaca la música por encima de las demás artes: “Los productos del arte son todos formas físicas, excepto la materia que conforma el tema del arte musical, que está compuesta exclusivamente de sustancias espirituales”.

Es la mirada de uno de los grupos más ortodoxos del Islam, aquellos que piensan que lo único digno de ser musicalizado son los textos del Corán. En compensación aparece el sufismo. Fundado hacia el siglo VIII de nuestra era, constituye una orden mucho más libre y esotérica, que busca una experiencia mística profunda (llegando incluso a los estados de trance) a través de la música.

Para los sufíes no parece existir límite respecto a lo que se puede musicalizar. En sus ceremonias caben la oración devocional, la improvisación instrumental e inclusive la poesía erótica, cuando ésta es ambigua y no se sabe bien si se está cantando al amor carnal o al encuentro del hombre con Dios (a la manera de El cantar de los cantares en la tradición hebrea). Así lo explica el músico español Eduardo Paniagua en las notas de su disco Pasión Sufí: “Los sufíes cantan la música religiosa con verdadera devoción, a menudo con textos eróticos de mística interpretación. Se acompañan en ocasiones con instrumentos cuyos sonidos empujan en la dirección de su intención. Esta música esconde en su interior una gran alegría, que más que a la acción lleva a la reflexión y a la contemplación”.

Uno de los productos de esta corriente es la danza circular de los derviches. La orden fue fundada en Turquía hacia el siglo XIII y busca el éxtasis místico a través de un movimiento giratorio constante. Se dice que esta danza simboliza el movimiento de los planetas; una especie de conjunción con aquello que Pitágoras llamó la música de las esferas. Pero, participen o no de la danza, los músicos y los oyentes están embebidos en el llamado sama: la audición devota.

 

EL HINDUISMO

Justamente en los principios del sama encontramos un punto de contacto relevante con la otra gran tradición de Oriente, el hinduismo. Eduardo Paniagua afirma que la música ejerce sus efectos únicamente si se ejecuta a la hora del día para la que está diseñada: “La música llega a configurar o transformar el carácter de los seres vivientes, pero un tipo melódico produce sus efectos sólo a las horas que le son propicias”.

En La música del hombre, ese compendio magnífico del instinto musical a través de las culturas escrito por Yehudi Menuhin, se explica la ordenación de los sonidos en India y se habla de su forma básica, el raga. En la cultura hindú es impensable escuchar una melodía en un contexto distinto a aquel para el que fue creada: “El raga indio es algo que se ubica entre la escala y la melodía. Hay centenares de ragas, cada uno para una hora determinada del día y la noche, con lo cual ejecutante y oyente se unen a la naturaleza y al tiempo en forma única… El indio experimenta su música como parte de la continuidad eterna de la vida”.

En el hinduismo, la ciencia del sonido se ve aplicada en el Mantra-Yoga: una práctica que consiste en la repetición de ciertas palabras (Om puede ser una de ellas) para alcanzar la quietud interior e iniciar el camino de la realización. Pero hay otros textos que se pueden musicalizar. Ravi Shankar, el gran maestro de la música india, hablaba de adaptar música a fragmentos de los libros sagrados: los Vedas y los Upanishads. Precisamente en su disco Chants of India llevó a cabo el ejercicio con una orquesta que combinaba instrumentos de Oriente y Occidente. Esta cercanía con nuestra cultura le permitió a Shankar develar el principio activo de los mantras en un lenguaje que podemos entender mejor: “Hay tres notas mágicas en los cantos védicos desde tiempos inmemoriales. Si la tonalidad es Do, entonces esas notas serán Si bemol, Do y Re bemol, y su combinación será repetida aún cuando la base cambie”.

¿Y de qué hablan estos textos? “Son oraciones”, explica Ravi Shankar, “por el bienestar del universo y también por el nuestro, a nivel físico, mental y espiritual”.

DESDE NUESTRA ORILLA

Todas estas visiones llegan a parecernos ajenas a la manera en que nosotros hemos entendido el ejercicio musical. Y sin embargo, pueden existir puntos de contacto con la música occidental, no tanto en lo que respecta a la forma, pero sí en cuanto a la motivación. En su libro Armonías del cielo y de la tierra, el musicólogo Joscelyn Godwin propone escuchar la obra de dos compositores europeos como punto de llegada de las tradiciones espirituales de Oriente.

En primer lugar, menciona cómo el ejercicio del Yoga devela la existencia de sonidos provenientes de esferas superiores. En ese punto, compara tales sonidos con las composiciones de la religiosa alemana Hildegarda de Bingen (1098-1179), que en sus tratados místicos hablaba de “milicias de espíritus supremos” y de la armonía angelical que resulta cuando juntan sus voces: “Todas estas milicias celebraban, con música y voces prodigiosas, las maravillas que Dios obra en las almas”.

En otro momento, Godwin se detiene en las llamadas “realidades suprasensoriales” que despiertan al escuchar música sufí. Entonces cita al filósofo persa Suhrawardi cuando explica que la música provoca en la mente imágenes de “formas y figuras que aparecen suspendidas”. La posibilidad real de “ver” la música ha sido estudiada por la neurología contemporánea y existe, de hecho, un término científico: sinestesia. Pero en el campo de lo místico, esa sinestesia fue uno de los intereses del compositor francés Olivier Messiaen (1908-1992), quien hablaba del encuentro del hombre con Dios como “una música eterna de colores, un eterno color de músicas”.

Quizás las obras de estos dos compositores (provenientes, como se puede ver, de épocas muy diferentes) brinden hacia nuestra orilla una luz sobre las percepciones musicales de culturas que nos resultan tan distantes. Pero es claro que apenas hemos tocado la superficie de algo que es profundo y vasto como un océano. O, como rezan aquellos versos del poeta Omar Khayyám:

Tú y yo desconocemos el eterno misterio… tú y yo comprenderemos,

al descorrer el velo, que no sabíamos nada, que todo lo ignorábamos”.

Por: Juan Carlos Garay. Periodista, escritor y traductor.