Rodolfo Mederos

"La sociedad de hoy tiene ruido, no música".

“Hoy en la música popular lo que hay es una vulgarización, una proliferación de clichés. Yo creo que la sociedad está produciendo esterilidad en el ser humano”.

Foto: Kelonmedia
Foto: Kelonmedia

Que el tango no es uno solo sí que lo sabe Rodolfo Mederos (Buenos Aires, 1940). Profesionalmente ha tenido esa noción desde principios desde la década del sesenta, al conocer la música de Horacio Salgán y de Astor Piazzolla. De la vanguardia en ebullición por ese entonces, Mederos dio el paso a la tradición, en un camino circular que lo llevó a trabajar en la orquesta del pianista Osvaldo Pugliese, una de las figuras más queridas y trascendentales del género, compartiendo atril con los otros dos “fueyes” más relevantes de su generación: Daniel Binelli y Juan José Mosalini. Esas posibilidades fundamentaron una visión que lo ha llevado por el tango de la Guardia Vieja y de la Guardia Nueva, la improvisación, los arreglos solistas y los encuentros creativos con otros géneros.

Nacido en el porteño barrio de Constitución, Mederos se enamoró de la música de Piazzolla mientras estudiaba Biología en Córdoba. El encuentro con el revolucionario del tango en esa ciudad mientras el joven intérprete se debatía entre abandonar o no las ciencias naturales, sería fundamental. Piazzolla es una presencia ambivalente en su caso, y el entusiasmo de antaño es ahora un recuerdo, cariñoso en mayor o menor medida, lejano de la música que ha desarrollado en los últimos años y acompañado de un ideario en el que dicha música pertenece al pasado. “El tango ha muerto” es una frase que se le ha escuchado decenas de veces, sin ambages, en entrevistas, foros y conciertos, provocando reacción en quienes están de acuerdo y los que no.

Su propia labor en torno al género, rica en vitalidad, parece contradecirlo, de la misma manera que cada tanto suele regresar a Piazzolla: Rodolfo Mederos se presentará en enero en la edición de los 10 años del Festival Internacional de Música de Cartagena, al lado del Cuarteto Q-Arte y de la Orpheus Chamber Orchestra, en obras de Astor Piazzolla, incluyendo la última que el compositor marplatense grabaría en un estudio. “Five Tango Sensations (1989) es una muy linda obra contemporánea, dentro de una producción donde no todo me seduce”, explica Mederos. E inicia así una charla donde esa sombra es inevitable al lado de las de otros enormes del género como Pugliese, Salgán, Maffia y Laurenz.

¿Qué podría contarnos acerca de Five Tango Sensations, pieza de Piazzolla para bandoneón y cuarteto de cuerdas que va a tocar en el Festival?

Yo la grabé hace un par de años con el Cuarteto Gianneo. Pocas veces la he tocado en otro lugar diferente a Buenos Aires. Es una de las obras contemporáneas de Piazzolla que me gusta, me parece muy madura, sensible y original, nada pretenciosa. Me hubiera gustado decírselo tomándonos un café, si no se le hubiera ocurrido morirse.

En su pieza “Viva el tango”, Horacio Ferrer denomina al género “música clásica de hoy”, ¿está de acuerdo?

A veces cuando se habla de música clásica nos estamos refiriendo a una música pseudorefinada, que se toca en teatros lujosos con músicos de esmoquin y moñito, y gente vestida con ropa fina que hace silencio y aplaude al final de forma discreta y ya. Yo creo que la música está por encima de toda esa hipocresía. Yo creo que el tango es heredero de la música del período Romántico que ocurrió en el Río de la Plata  y no en Viena. Prefiero pensar en el tango como música del Romanticismo tardío en el Río de la Plata.

En 2014 participó por primera vez del Festival Internacional de Música de Cartagena. Estaba programada la presencia a su lado del poeta Juan Gelman, en lectura de sus propios poemas, papel que finalmente asumió Juan Manuel Roca por asuntos de salud. Gelman falleció seis días después. ¿Cómo recuerda este concierto?

Me dio mucho placer reencontrarme con Juan Manuel Roca, a quien conocía de antes pero con quien nunca había tenido oportunidad de trabajar. Un hecho muy profundo, notable y estimulante. Fue la única vez que se hizo el programa Del amor sin la lectura del propio autor. Desde un principio estaba claro que había que mantener una personalidad. No se podía partir de la base de imitar o emular a otro.

¿Qué tan diferente es componer cuando se trata de musicalizar a un poeta?

La música puede tener o no condicionamiento. La música digamos libre, que no obedece a nada extramusical, hace lo que quiere. Mientras que la música de argumento, la que está sometida a elementos previos, como en el caso de la composición para cine, danza o recital de poesía, obviamente se ve condicionada. Puede ser de mayor o menor gusto para el compositor, pero es otra manera escribir, tan interesante como hacer música libre. En ambos casos yo me siento bien.

En sus conciertos usted suele recordar a su maestro de bandoneón en la infancia, un personaje al parecer ciertamente estricto…

Sí. Yo tenía siete u ocho años; era difícil discutir con el maestro: tenía un grueso bigote, anteojos, el ceño fruncido, y muchos más años que yo. Él no quería que yo practicara con música sino con ejercicios repetitivos, pero en casa yo disfrutaba tocando las músicas populares que oía en la radio. Y un día caminando por el barrio con mi madre nos encontramos con este hombre. Quedé petrificado de terror. Ella pregunta: “¿cómo va el chico?”, y él responde: “un poco lento, pero esperemos que con el tiempo se entusiasme”. Y mi madre, queriendo contrarrestar esta opinión, dijo muy contenta: “¡usted no sabe cuántos tangos toca en casa!”. Siempre que cuento esto recuerdo cuando en aquel patio, con fervor y pasión, aprendí de manera intuitiva, como creo que se deben aprender las cosas.

¿Tenía ya en ese momento interés en sonar como alguno de los grandes referentes del tango? Tal vez no hay un bandoneonista que no haya querido alguna vez sonar como Maffia o Laurenz…

En ese momento mi apetito musical estaba puesto en la música del pianista Horacio Salgán. Yo sentía que mi estilo en el fraseo y la musicalidad surgía de su influencia y quería trasladar de su piano a mi bandoneón todas sus maneras de tocar. Más adelante fueron apareciendo otros músicos, cuando tenía ya casi 20 años, en la década del 60.

Como Piazzolla…

Sí. En su momento su música me sedujo e interesó, pero después descubrí que lo que realmente me atraía era su posición ante el arte y la vida: una actitud guerrera, de no caer por las derrotas ocasionales. Eso, más algunas deferencias personales que tuvo conmigo, como el haber heredado un bandoneón suyo que se suponía era una venta pero que nunca quiso cobrarme. De cada encuentro con él siempre me quedó algún recuerdo. Astor decía una cosa y a los dos segundos estaba diciendo otra, era bastante caótico en ese sentido. No obstante, dentro ese caos, deslizaba conceptos técnico-musicales que yo atesoraba y aprovechaba. Eso también es una deuda, aunque en ese sentido soy deudor de muchos otros músicos.

¿Quiénes?

Sigo pensando en Salgán, en Pugliese. Como bandoneonistas de cabecera, sin duda, Aníbal Troilo. Pero más que a los ya nombrados Maffia y Laurenz, mi gran referente es Osvaldo Ruggiero, por más de 30 años bandoneonista de Pugliese. Me siento muy atraído por esa estética.

 

¿Qué tan determinante fue haber reemplazado precisamente a Ruggiero en la orquesta de Pugliese a finales de la década del 60?

Es curioso pero tardé en darme cuenta de lo afortunado que fui. Entrar a la formación de Pugliese fue un recurso práctico: necesitaba trabajar. Su estilo no era mi preferido, pero me quedé unos siete años. Creo que empecé a intuir la verdadera maravilla de pertenecer a ese grupo unos 10 años después de haberme retirado. Hoy agradezco todo esa información, digamos fantasmal, que recibí allí. Era música que se explicaba por sí misma. Después de haber tenido los padres que tuve, en un hogar humilde que me dio una clara sensación de a qué clase social pertenezco, después de haber descubierto que el bandoneón y el tango son las mejores cosas que me han pasado, creo que hoy no sería lo que soy ni pensaría lo que pienso de no haber sido por esta experiencia con don Osvaldo.

Usted ha trabajado en diversas formaciones: en los setenta hizo música rayana con el rock en su grupo Generación Cero, en los noventa tuvo un quinteto alla Piazzolla, una orquesta de cuerdas, tocó “a la parrilla” (sin arreglos) con la guitarra de Colacho Brizuela… ¿Cómo juzga esos proyectos pasado el tiempo?

Yo no escucho la música que he grabado. Cuando por ejemplo me invitan a una radio y ponen esas grabaciones, hay unas que directamente no me gustan, y otras a las cuales podría volver sin que ello signifique que lo vaya a hacer. Mis formaciones de hoy, con las que más disfruto, son la orquesta típica, que es el regreso al sonido fundante, y el trío, que es la formación más camarística. Ahora estoy proyectando un grupo que podría emparentarse un poco con los elementos del rock y de otras música que involucré en Generación Cero. No es que quiera volver a eso: es que necesito expresarme a través de una música que no me ponga límites. La típica y el trío son formatos maravillosos, pero cualquier música que haga para esas agrupaciones terminará siendo tango. Y ahora estoy necesitando hacer una música que no me condicione a ninguna forma.

¿Cómo definiría esa relación con la música?

Como la de un chico con un juguete que rompe. A mí me pasa lo mismo: cuando escucho una melodía la desarmo, le saco los acordes por un lado, le saco la melodía por otro, le saco el acompañamiento, y luego lo vuelvo armar de maneras distintas para aprender bien su funcionamiento. Tal vez esto venga de mi época de estudiante de biología. Estoy incluso trabajando en un manual práctico de armonía y de composición melódica sobre arreglos del tango.

Usted suele hablar abiertamente del tango como un género que ha muerto. ¿Cómo reciben ese mensaje los jóvenes que se acercan a usted con interés en esa música?

Pareciera que yo hablara de la muerte como si la muerte no existiera. Que yo lo diga no es ninguna novedad. El Romanticismo se terminó, el Clasicismo se terminó. A nadie se le va ocurrir escribir como Bach o como Beethoven porque no representan la época, aunque se pueda hacer técnicamente. El tango es una música que ya ocurrió. Puede ser que sea eterno, como una pintura de Van Gogh; pero igual que ella, ya no es actual.

¿Entonces qué decir de todas las buenas nuevas iniciativas alrededor del género?

Del tango habría que sacar lo mejor y proyectarlo, pero eso todavía no ocurre. Hoy en la música popular lo que hay es una vulgarización, una proliferación de clichés. Yo creo que la sociedad está produciendo esterilidad en el ser humano. La sociedad de hoy tiene ruido, no música. Yo espero que la raza humana encuentre su destino, lo cual no va a resultar fácil porque los mecanismos de la globalización licúan, pulverizan cualquier rastro de cultura anterior. El tango concluyó en 1955. Ahí concluyó la misión que tenía, que era tomar la sustancia del pueblo para devolverla en esa maravillosa música que amamos, Después de haber oído a las grandes orquestas no me pidan que me guste algo tan lejano de aquello.

Escuché una frase de boca suya en un documental, según la cual el tango ha abordado todos los temas.

En realidad es una frase de no recuerdo qué poeta: “si no lo dice el tango, no existe”. Hay un tango para cada situación existencial. Eso, además de verdadero, me parece inteligente y la frase incluso tiene cierto humor.

Tal vez es aquella “posibilidad infinita” de la que hablaba Leopoldo Lugones al referirse al tango…

Es posible.

 Por: Jaime Andrés Monsalve. Jefe de programación Radio Nacional de Colombia.