Trollflöjten

LA FLAUTA MÁGICA SEGÚN BERGMAN

“El cine como sueño, el cine como música. Ningún arte traspasa nuestra conciencia del modo que lo hace el cine, llegando directamente a nuestras emociones, a lo profundo de los rincones más oscuros de nuestra alma”.
I. Bergman.

La relación de Ingmar Bergman con La Flauta Mágica siempre fue obsesiva. Bergman presenció por primera vez la representación de la obra a la edad de 12 años y quedó completamente conmovido. Soñaba con realizar una adaptación cuando se hiciera director de teatro. Hizo su primer montaje en el teatro de mario- netas de su casa con figuras y decorados creados por él mismo. Luego, en sus días de aprendiz en el teatro Dramaten de Estocolmo, tuvo su primer contacto real con la preparación musical y la puesta en escena de La Flauta Mágica a través del director musical Issay Dobrowen, quien le señaló a Bergman la importancia de contar con cantantes jóvenes y virtuosos para los roles principales, en especial los de Tamino, Pamina y Papageno, pues el drama así lo exigía, o de lo contrario resultaba ridículo, como ocurría a menudo en tantos montajes que usaban cantantes demasiado maduros. Quería “fuego juvenil, pasión juvenil, jugueteo juvenil”. La Flauta Mágica, como fue concebida por Mozart y Emanuel Schikaneder, es un despertar, una iniciación en los misterios del amor y la sabiduría.

Ya como director y guiado por la magia de la obra, Bergman deja ver bosquejos de los personajes de La Flauta Mágica en algunas de sus películas. Es el caso de Papageno y Papagena en “Sonrisas de una noche de Verano” y Tamino y Pamina en “La hora del lobo”. En esta última, Bergman confiesa su desesperanzado amor por su entonces esposa y también actriz de la película, Liv Ullman, en una escena en la que el sonido de la música calma a los demonios del protagonista y termina en un primer plano del rostro de la mujer. En La Flauta Mágica, cuando Tamino espera en la entrada del templo, Bergman, siguiendo a Mozart, quien ya estaba enfermo de muerte, se pregunta: ¡Oh noche oscura!, ¿cuándo vas a desaparecer?, ¿cuándo voy a encontrar la luz en las tinieblas? Y luego otra pregunta: ¿vive aún el amor?, ¿es real el amor?; preguntas centrales que se encuentran no solo en la médula del drama de La Flauta Mágica, sino también a lo largo de toda la obra profundamente existencial de Bergman.

Cuando Bergman propone a Radio y Televisión de Suecia montar La Flauta Mágica, en un principio fue recibido con dudas y desconcierto, aunque gracias a su insistencia y el entusiasmo del encarga- do de la sección musical de la compañía Magnus Enhörning, el proyecto se llevó a cabo y su director musical fue el sueco Eric Ericson.

Una las características principales de la versión de Bergman, aparte, claro está, de haber amoldado el idioma original del alemán al sueco, es la adaptación que hizo del libreto original de Emanuel Schikaneder, cambiando ligeramente la estructura general del Singspiel de Mozart, pero sin traicionar su esencia ni omitir los abundantes detalles masónicos de la obra. Bergman hace de Pamina la hija de Sarastro, Papageno no viste de pájaro como tradicionalmente y, al final, Monostatos se suicida. A nivel argumental y dramático, lo que Bergman logra con estos pequeños cambios en el libreto de la obra es crear una versión mucho más psicológica, incisiva y contemporánea.

Ya no se trata de una fábula moral en forma de cuento de hadas, la clásica lucha entre el bien y el mal y la búsqueda de la felicidad; por el contrario, se revela como un drama humano y universal, una disputa no solo contra las fuerzas naturales y celestiales del destino, sino como una lucha interior entre las fuerzas de la pulsión sexual, la virtud y el amor verdadero.

Es patente también un conflicto entre la influencia psicológica de los arquetipos de lo femenino y lo masculino, encarnados en el padre y la madre de Pamina: Sarastro y la Reina de la Noche. Con esto, la película de Bergman resulta mucho más rica, más femenina y sutil que otras versiones teatrales de la misma. Hay que ver la malvada perfidia con la que la Reina de la Noche conmueve y seduce a Tamino para que rescate a Pamina o, por ejemplo, la escena de la famosa aria de la Reina de la Noche (Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen),casi toda filmada sobre el rostro de Pamina aterrorizada y cubierta de lágrimas, mientras escucha cómo su madre le jura odio eterno si no cumple su orden de vengarla asesinando a su padre, Sarastro. En la obra de Mozart, Pamina se puede ver como la encarnación de la belleza y la pureza, así como Tamino de la virtud y el valor. De hecho, uno de los leitmotiv de la película de Bergman es el rostro de una bella niña que observa la obra y que es la propia hija del director. Vale notar que algunos de los cambios hechos por Bergman al libreto han sido conservados en versiones posteriores de La Flauta Mágica, por ejemplo en la versión de 2006 de Kenneth Branagh.

En su autobiografía Linterna Mágica, Bergman cuenta cómo durante la preparación musical de La Flauta Mágica, una amiga suya, la pianista Andrea Corelli, le mostraba en partitura la escena de la tercera y última prueba de Tamino frente a los Guardianes del Yelmo de Fuego, la cual está basada en una coral fugada de Bach (Cantata BWV 2); le llamaba la atención que el católico Mozart usara una coral inspirada en Bach para transmitir el mensaje más importante y solemne de la obra y, señalándole las notas a Bergman, le decía: “esto tiene que ser la quilla del barco. Es difícil gobernar La Flauta Mágica, sin quilla no hay la más mínima posibilidad. La coral de Bach es la quilla”.

Hay que recordar que Bergman era, sobre todo, un hombre que consideraba al teatro su esposa y al cine su amante. En esta versión trata de mostrarnos lo mejor de los dos mundos, haciendo uso del lenguaje propio de cada arte; por un lado, con el dedicado trabajo de fotografía de su asi- duo colaborador Sven Nikvist, y por otro, con las bellas y simples escenografías, el juego entre el espectador, la escena y la tras escena y especialmente con las precisas interpretaciones que Bergman sabe conseguir de sus actores. Encontramos en esta versión de La Flauta Mágica, como en ninguna otra, una actuación convincente y conmovedora sin los efectismos acostumbrados en el teatro de ópera, donde los actores se ven forzados no solamente a subir el volumen de su voz, sino también a exagerar sus movimientos para ser vistos por todos los espectadores y no perderse en el decorado o bajo sus suntuosos vestidos. Es precisamente en la capacidad de captar con la cámara el misterio del alma humana expresada a través del rostro, donde Bergman pone todo su esfuerzo y maestría.

Trollflöjten es, sin duda, un canto al estilo Bergmaniano dedicado a lo más alto y lo más bajo del espíritu humano; una confesión de amor a Mozart, a la música y a la magia de la existencia; esa lucha que todos los seres humanos tenemos que asumir para que, al igual que los personajes de Trollflöjten, podamos encontrar en la sabiduría del amor el sentido más profundo y puro de nuestra vida.