Clavecines Vuitton II

And all that jazz

“El clavecín y yo hemos encontrado nuevos lugares para expresar su mágia”. Don Angle

 

Las razones para que los productores introdujeran un instrumento como el clavecín en el rock, el pop, y el r&b de los sesenta a los ochenta son tan variadas como extrañas: algunos consideraban que era un toque chic, mientras otros querían estar a la última moda londinense, que por entonces recuperaba elementos retro en medio de tanta psicodelia. Posiblemente el Barroco llamaba la atención de la industria popular porque las estrellas del pop y del rock se estaban convirtiendo en artículo de lujo, conociendo el gran éxito financiero y desarrollando un gusto por la sofisticación y la gran vida; quizá también por la necesidad desaforada de los estudios y las disqueras por experimentar con todo lo nuevo.

Por otro lado, el mundo del jazz no dejó de sucumbir al hechizo seductor del Barroco, quizá porque ambos mundos comparten tantos rasgos comunes. En el jazz la improvisación es una de las características más importantes. La improvisación en la música barroca sucede principalmente en la armonía, mientras la melodía generalmente solo se ornamenta; por su parte, la improvisación del jazz ocurre en muchos niveles: secuencias rítmicas, armonía acompañante, línea melódica, etc. Aunque la intencionalidad en los dos géneros es diferente, la improvisación en el jazz y la música barroca permiten al intérprete desplegar su virtuosismo y expresar su propio carácter.

Uno podría pensar que Potato Head por Louis Armstrong y los Conciertos Brandemburgueses no tienen nada en común. Sin embargo, en Armstrong está el interés por las líneas melódicas contrapuntísticamente entrelazadas, el impulso rítmico hacia adelante, la manera en que las secciones de solistas salen adelante para “conversar” antes de volver a integrarse al resto de la orquesta. Quizá por estos, entre tantos otros elementos comunes, es que los grandes jazzistas han encontrado siempre una identificación vital con la música barroca, y en particular con J.S. Bach.

Ya en 1938 la Benny Goodman Orchestra interpretaba Bach Goes To Town, una pieza big-band del pianista ciego Alec Templeton (1909-1963), famoso compositor swing que imitaba los recursos de los antiguos compositores. Más tarde, el pianista John Lewis (quien había llegado a New York para estudiar música formalmente, siendo el Barroco su interés académico central) se ganó la vida tocando en una big-band, hasta que en 1951 se reunió con el percusionista Kenny Clarke, el bajista Percy Heath y Milt Jackson al vibráfono para formar el famoso Modern Jazz Quartet, en cuya música había una clara influencia de Bach. Su álbum de 1973, Blues on Bach, además de utilizar un clavecín, está totalmente dedicado a Bach, como bien reconoce el título.

Décadas después, la influencia del barroco persiste en la música Jazz y contemporánea, en ejemplos tan conocidos como el del pianista Jacques Loussier, mundialmente célebre por sus composiciones basadas en obras de Vivaldi, Handel y Bach, re interpretaciones jazzísticas del repertorio barroco. Más modernamente, todavía hay jóvenes compositores interesados en integrar el Barroco conceptualmente a composiciones totalmente contemporáneas, como el joven pianista británico Alexander Hawkins, que basó su obra One Tree Found de 2013 (para octeto Jazz) en la inclusión de ideas barrocas como contrapunto a tres partes, diálogos instrumentales, enfrentamiento de coros, y así sucesivamente.

Pero entre la miríada de intérpretes, agrupaciones, géneros y compositores que han vuelto los ojos hacia la herencia barroca, destaca especialmente la figura grata y sonriente de Don Angle,músico genial que, porque la vida es así, permanece aún en el anonimato.

El intrépido Scott Ross, controversial clavecinista que nos dejó una valiente integral de las 500 sonatas de Scarlatti (grabadas en unas pocas sesiones, de memoria, mientras moría de SIDA), no escatimó elogios y emocionadas alabanzas para Don Angle. Scott Ross fue famoso –más allá de sus importantes grabaciones de Bach y de Rameau, de su ternura por los animales, de su abierta homosexualidad y de su excéntrica misantropía– por su crítica implacable, por su odio a Glenn Gould y a Landowska y por jamás haber ofrecido cumplidos a ningún otro clavecinista, con excepción de Don Angle, precisamente el aquel que jamás grabó una nota de música barroca.

Cuando le preguntaron en una entrevista cómo encontraba la interpretación de Gould del repertorio barroco, Ross contestó sin reservas: “Siempre me ha parecido que su Bach está escandalosamente desprovisto de cualquier musicalidad, abarrotado de fantásticas e insignificantes invenciones. Y eso para no hablar de su articulación ni su fraseo […] cuando alguien va tan lejos, es imposible traerlo de vuelta. El Bach de Gould simplemente ya no es Bach; es otra cosa que él inventa. Puede gustarte lo que Gould hace, ese es tu derecho, pero lo que hace no tiene nada que ver con Bach”. Por el contrario, cuando le preguntaron por Don Angle, no escatimó en efusivas alabanzas.

Don Angle debutó en público a la edad de 12 años, viajó a Boston en 1961 para estudiar en el Berklee College of Music y al año siguiente tomó un trabajo “temporal” en el taller del mítico constructor de clavecines William Dowd, para ayudarse económicamente, y allí permaneció 28 años. En su empleo debía probar los clavecines para los clientes y el constructor, con tan buena acogida por parte del público que, poco a poco, tocar los clavecines se convirtió en una parte importante de su vida. Así llegó a presentarse en importantes auditorios de Europa, Estados Unidos y Asia.

Don Angle Fue tan osado como para ser el único clavecinista ganador en American Idol, pero tan respetuoso de su instrumento que grabó impecables discos con repertorio clavecinístico solista que hoy son una joya de colección e incluyen a compositores como Stephen Foster, Scott Joplin, John Phillip Sousa y Dave Brubeck, con extraordinarios arreglos de piezas populares tales comoThe Entertainer, Scarborough Fair, The Charleston, House of the Rising Sun, I’ll Fly Away, Over the Rainbow, Stayin’ Alive de los BeeGees, Sophisticated Lady de Duke Ellington, Because y For No One, de Lennon y McCartney.

Además de componer y arreglar piezas basadas en un profundo entendimiento de los recursos acústicos del clavecín, sus arreglos de sountracks cinematográficos son deliciosos (viene a la mente su versión de Speak Softly Love, de la banda sonora de El Padrino). En lo personal, es admirable que se haya abstraído por decisión propia del rutilante y frecuentemente tóxico microcosmos clavecinístico internacional, con sus glorias e intrigas, para dedicarse sencillamente a sus arreglos populares. Una inspección crítica y detallada de su música y su interpretación no delatan sino buen gusto en la armonización y la ornamentación, una vertiginosa técnica clavecinística, un touché elegante y delicado (vocal cuando es necesario, percutivo cuando es preciso, pero jamás brusco ni tosco). Una sensibilidad artística honesta, sin pretensiones, auténtica, y además sólida; simple, quizás, pero jamás inelegante.

Antes de morir, el mismo Don Angle describió humilde y bellamente su relación con la música: “Gozo de un placer especial al encontrar las notas justas, el tempo preciso y, quizá más importante, la sensación de que un determinado fragmento de música se ha hecho en verdad amigo del clavecín. Y puesto que estos arreglos y composiciones que he venido haciendo estos últimos veinticinco años parecen deleitar a un amplio rango de oyentes, tanto en conciertos como en grabaciones, siento efectivamente que hay algo aquí que simplemente está bien. Es divertido, y a veces muy trabajoso, adaptar una pieza pop al clavecín. El clavecín fue un instrumento fundamental durante 300 años –desde cerca de 1500 hasta 1800, cuando tuvo unas largas ‘vacaciones’ hasta 1889, con su resurrección en la Exhibición en París. Pero mi música viene, o está influenciada más directamente, por el pop del siglo XX, el country y el jazz, que disfruto interpretar como solista. Pero ahora, el clavecín y yo hemos encontrado nuevos lugares para expresar su magia”.