ADRIÁN CHAMORRO

Ir a lo esencial

“Hoy en día es probablemente el momento en que mi relación con el violín y con la música es la más sana, la más fructífera y la más interesante porque el proceso de búsqueda, de descubrimiento y de toma de conciencia continúa. Eso me hace feliz porque me digo que tengo trabajo para toda la vida”.

Por Irene Littfack

“Desde que tengo recuerdo mi mundo era la música, porque comencé el violín a los tres años de edad”, afirma Adrián Chamorro con una sonrisa y una naturalidad que reflejan la esencia de su ser. Sentados frente a frente, el maestro colombiano, director, violinista y pedagogo, recorre su infancia con las palabras y recuerda cada fecha como si todavía fuera el niño que, aún sin saber hablar del todo, encontró en la música su lenguaje predilecto, su juego favorito y la experiencia más profunda.

La carrera musical de Adrián comenzó desde que su tía, la violinista y profesora Olga Chamorro, y su abuelo, melómano y multi-instrumentista empírico, lo iniciaron en la práctica sonora para ayudarlo a sobrellevar el vacío que dejó la muerte prematura de su madre, la fotógrafa Alicia Chamorro. Al poco tiempo, Adrián tocaba con su abuelo pequeños duetos en las reuniones familiares. Todo en estos eventos lo emocionaba: jugar con su violín, escribir los programas en la máquina de escribir, copiarlos en papel carbón y repartirlos a sus primeros espectadores.

Hoy, casi 60 años más tarde, Adrián Chamorro es uno de los violinistas y directores más destacados de Colombia, con una importante trayectoria internacional como solista, músico de cámara, investigador y apasionado de la música antigua. Pero, sobre todo, con la certeza y la claridad de que el camino de la música, como el de toda actividad humana, es infinito, de que aún le queda mucho por aprender y bastante por enseñar, y que lo más importante en la vida, en el arte o en las relaciones con los otros es ir a lo esencial.

La etapa de formación en Colombia

“A Olga la invitaron a enseñar en el conservatorio de la Universidad de Antioquia en el año 1968, y para que yo siguiera el violín de manera formal ella me llevó a Medellín. Y esta ciudad, donde viví durante cuatro años, entre 1968 y 1971, queda en mi espíritu como una de las más bellas épocas de mi formación puesto que tuve la fortuna de oír una enorme cantidad de conciertos y de compartir con personajes extraordinarios.

La Coral Tomás Luis de Victoria, dirigida por Rodolfo Pérez, preparó durante un año la Pasión Según San Juan, de Bach y me invitaron a tocar con ellos en el Festival de Música Religiosa de Popayán. Yo tenía en ese momento 14 años y naturalmente una obra como la Pasión San Juan de Bach, cuando la tocas a esa edad, se convierte en un rito de iniciación”.

Esa forma casi mística en la que Adrián Chamorro se refiere a Bach tiene que ver con una revelación musical que tendría 15 años más tarde al escuchar de nuevo las Suites para violonchelo, obras que le acompañaron desde su infancia y que le indicaría que, efectivamente, Bach es esa especie de mito fundacional, ese compositor que se convertiría en el punto de quiebre de su quehacer musical: aproximarse a la música desde la práctica informada, desde la interpretación histórica.

El conservatorio de Moscú

Después de terminar el colegio, Adrián viajó a Michigan, Estados Unidos, para hacer un curso de verano y continuar sus estudios superiores con Norman Carol, en la época en que fue concertino de la Orquesta de Filadelfia. Una llamada cambió el rumbo de su carrera y una beca lo desvió de América a la Unión Soviética.

Yo llegué a Moscú a los 18 años. Me acuerdo que fue el 12 de octubre de 1973. Para esa fecha los días se hacían más cortos, el otoño ha comenzado y hace bastante frío. Estudiábamos el ruso de nueve de la mañana a tres de la tarde. Después de esa hora, nosotros estudiábamos solos la música, no teníamos profesor. Al final de ese primer año nos hicieron un examen de música y me dijeron: usted va a la escuela del conservatorio.

Yo estudié ahí tres años y tuve unos profesores absolutamente fabulosos: Boris Belenky y Nadezhda Béshkina. Ellos habían estudiado con un gran maestro: Lev. S. Zeitlin, quien fue a su vez alumno de Leopold Auer, uno de los pilares de esa extraordinaria escuela rusa del siglo XX. Los representantes más eminentes de esta escuela y también mis violinistas preferidos –en cierto repertorio– por haberlos escuchado durante toda mi infancia son: Jasha Heifetz, Misha Elman, Nathan Milstein, Efrem Zimbalist y Tosha Seidel. En esos años de escuela teníamos de tres a cuatro clases de instrumento a la semana.

Más tarde, en el conservatorio, el ambiente era casi religioso porque había una dedicación absoluta a la música. Para los rusos un músico es una persona muy especial a la que le tienen una cuasi veneración. Los profesores en ese entonces eran verdaderos mitos en el mundo de la interpretación musical y de la composición. Cuando uno entraba al conservatorio se podía encontrar con Shostakovich, Khachaturian, Kabalevsky, Richter, Gilels, Óistrach, Kogan, Rostropovich, enormes personajes. Y cuando tú tienes 18, 20, 25 años y estás oyendo cotidianamente la música de estos compositores y los conciertos de estos intérpretes, eso tiene una enorme influencia en la formación”.

Un choque entre dos escuelas: Rusia, Francia y la música antigua

Para Adrián Chamorro, estar en Moscú fue un momento casi sagrado, de mucho rigor, estudio y de innumerables conciertos. Pero llegar a Francia fue encontrarse con otro mundo, con otra manera de abordar la música y la vida.

En 1983, ya instalado en París, fue rápidamente invitado por varias orquestas de cámara, tuvo alumnos particulares y se reencontró con Eduardo Valenzuela, chelista chileno, y Constanza Dávila, pianista colombiana, quienes también estudiaron en Moscú. Junto a ellos fundó el Trío Uribe Holguín, dedicado a tocar fundamentalmente repertorio eslavo y música contemporánea latinoamericana. El trío se mantuvo activo durante tres años.

Luego de esto, Adrián Chamorro entró al Collegium Vocale Gent, un famoso grupo vocal e instrumental dedicado a tocar la obra sacra de Bach. Al mismo tiempo, fundó el Cuarteto Turner, en el cual permaneció 15 años. Sobre ese formato está convencido de que “todo instrumentista de cuerdas debería hacerlo en algún momento de su vida porque la práctica del cuarteto te ayuda a entender la arquitectura de la música. Es una experiencia increíblemente enriquecedora por el nivel de exigencia al que te obliga”.

En 1985, al escuchar de nuevo las Suites para chelo de Bach, por Anner Bylsma, violonchelista holandés, Chamorro sintió una empatía inmediata con ese sonido. “Esta música debe ser tocada de esta forma”, pensó. “Era una interpretación que tenía un impacto fascinante en el auditor por su coherencia, por su lógica, por su gracia”.

“Entonces me conseguí una viola prestada y me puse a estudiar las Suites para chelo de Bach como un fanático. Varias semanas hasta las cuatro de la mañana. Después de haberlas tocado en un festival en Italia me invitaron a hacer mi primer concierto como “violinista barroco.

Cuando descubro la música antigua me digo: yo no me puedo morir sin entender de una manera mucho más precisa cómo “funcionan” la música y el violín. Y entonces me pongo a estudiar muy seriamente. Eso quiere decir todos los días y durante diez años sin dejar un solo día, porque el proceso de aprendizaje de un instrumento como el violín, a diferencia de la creación artística colectiva, requiere de una rutina, es un proceso muy complejo para el cerebro y la acumulación de experiencia es lo que produce cambios cualitativos.

En Moscú aprendí el rigor y las bases de una relación con el violín que sigo perfeccionando, pero la aproximación artística hacia el instrumento y hacia la música cambió fundamentalmente gracias a la música antigua.

La “interpretación musical históricamente informada” desarrolla la fantasía, la imaginación, la precisión. Cuando haces música debes ser extremadamente preciso de la misma manera en que debes serlo cuando haces un discurso hablado, delante de un auditorio a quien quieres convencer y conmover.

Se puede decir que hasta Mozart y Beethoven, compositores clásicos, la música es un lenguaje que hay que “hablar”. Después de la Revolución Francesa, los instrumentos se transforman de barrocos a “modernos” por la proliferación de salas de concierto que demandaban, por su tamaño, instrumentos con mayor volumen. Es en ese momento cuando la música comienza a “cantar”. Y entonces se producen otras aproximaciones. Ese es el mundo de Schubert, de Mendelssohn, de Schumann, de Brahms. Y eso hay que tenerlo muy claro. Mi educación en Moscú, por cuestiones de época y de (des)conocimientos filológicos, estaba más orientada a tocar el violín que a entender y poner en práctica la diferencia esencial entre esos mundos”.

La dirección de orquesta

Sumado a las facetas de solista y músico de cámara y orquesta que ya venía desarrollando Adrián Chamorro, otra pasión se sumó desde muy temprano a su carrera musical y fue cultivándose poco a poco hasta el día de hoy: la de director de orquesta, faceta que desempeña como director titular de la Orquesta Filarmónica de Cali.

“La dirección es algo que me apasiona desde que soy adolescente. Asistí como auditor a las clases de Gennady Rozhdestvensky, dirigí alguna vez la orquesta del Conservatorio de Moscú y en 1994 me invitaron a dirigir la Orquesta de la Universidad Javeriana. Después de unos cinco años decidí buscar una guía profesional.

Yo había oído hablar de un finlandés, probablemente el más grande profesor de la dirección de orquesta en la actualidad: Jórma Pánula. Me conseguí el teléfono de Pánula, lo llamé y por esas cosas increíbles de la vida, me dijo: mire, yo me acabo de pensionar de la Academia Sibelius de Helsinki, puede venir y hacemos clases el tiempo que quiera. Ese primer curso me fascinó porque él no habla mucho, pero dice lo fundamental.  Él a mí me dijo: usted conoce la música, pero tiene que centrarse, y por centrarse él quería decir ir hacia la economía de medios más grande posible. No ser superfluo, no ser grandilocuente, no “molestar” a la orquesta. A menudo hacemos más de lo necesario, e ir a lo esencial es siempre lo más complejo”.

Chamorro se siente privilegiado de ejercer como director y violinista, porque para él ambas facetas se complementan y se enriquecen mutuamente.

“La música que yo dirijo es la música que he tocado como violinista durante 30 años. Entonces conozco las partes muy bien, conozco las necesidades de la orquesta desde el interior. Yo creo que, para un director, tocar un instrumento de cuerda es una enorme ventaja porque esa es la verdadera dificultad: homogeneizar un grupo de diez violinistas, seis chelistas, cinco violistas y cinco contrabajistas. Cuando uno puede explicar al grupo cómo resolver un problema técnico, inmediatamente todo es mucho más fácil. Con los vientos es diferente porque ellos son solistas”.

Una orquesta contemporánea: la Filarmónica de Cali

Un viaje musical de Colombia a Estados Unidos, Rusia, Francia y Europa. Y de Europa a Cali, donde hoy se asienta Adrián Chamorro y puede proponer su visión musical y su concepto de vida profesional que son muy sencillos:

“He tenido una vida muy feliz como músico por una razón esencial y simple, y es que nunca he tenido que hacer lo mismo durante demasiado tiempo: una semana de cuarteto, seguida de cantatas de Bach; diez días de sinfonías de Brahms y luego clases magistrales en alguna escuela. El tiempo justo para llegar a un buen resultado y luego pasar a otra cosa. Eso permite una renovación constante del espíritu, porque lo que disminuye la capacidad de creación artística es la absoluta regularidad.

La orquesta de Cali trabajaba un programa 15 días y después hacía dos conciertos. Yo les propuse: vamos a ensayar cuatro o cinco días, haremos cuatro conciertos, después nos vamos a casa una semana, y esa semana servirá para estudiar, enseñar, leer, hacer música de cámara, ir al cine, ir a una exposición. Es decir, tener una vida íntegra que te nutra como músico y como ser humano. Porque ante todo uno debe aspirar a realizarse como ser humano”.

El maestro sonríe como quien concluye una larga historia. Le pregunto si en definitiva la palabra con la que define su concepción musical es la conciencia. Asiente con la cabeza: “Esa es la palabra: conciencia. Hoy en día es probablemente el momento en que mi relación con el violín y con la música es la más sana, la más fructífera y la más interesante porque el proceso de búsqueda, de descubrimiento y de toma de conciencia continúa. Eso me hace feliz porque me digo que tengo trabajo para toda la vida”.