Recuerdos de Handel

Beethoven señalo las obras de Handel… y apuntandolas con el dedo me dijo”Ahi yace la verdad”.

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El bruto encantador, caricatura de 1754

De todas mis relaciones íntimas la más determinante y accidentada ha sido con el clavecín, instrumento del que me enamoré en gran parte por culpa de Handel. Por eso, al pedírseme escribir un artículo sobre él –un compositor tan entrañable, con cuya música conviví intensamente y que me acompañó en momentos tan definitivos– me debatí sobre la manera apropiada de hacerlo; tarea difícil en lo personal, por tratarse de una relación tan privada.

Habría sido muy fácil repetir la retahíla de hechos biográficos por todo el mundo conocidos, pero esto no añadiría nada nuevo e insultaría la inteligencia de los lectores. Igualmente fácil sería escribir aún otra disertación académica, por ejemplo, sobre Handel en la práctica histórica interpretativa o sobre su obra para teclado… pero eso tampoco tendría ningún objeto. En la vida hay ocasiones en las que la sencillez y la bondad, en vez de la erudición y la complicación, son el único lenguaje apropiado para tratar un asunto –en especial esos de vida o muerte, tales como el clavecín, la propia vocación artística, la música barroca, o la vida y obra de Handel. Beethoven tenía esto claro. Por eso al preguntársele sobre su compositor favorito exclamó sencillamente –apelando al propio sentimiento en vez de a complejos argumentos musicológicos: “Handel es el compositor más grande que haya vivido. Me quitaré el sombrero y me arrodillaré ante su tumba”. Punto.

La admiración de Beethoven por Handel está minuciosamente documentada en archivos, conversaciones y testimonios, como también en la propia biblioteca de Beethoven, y en las propias transcripciones que Beethoven hizo del caro sassone. Más aún, está patente en las “citas” –pasajes musicales tomados de Handel– en tantas obras de Beethoven. Pero, curiosamente, muchos se escandalizan por la contundente predilección de Beethoven por Handel, e intentan desvirtuarla.

Por ejemplo, hay quienes dicen que Beethoven sólo prefería a Handel porque no tuvo oportunidad de conocer la obra de otros compositores. No hay tal: sabemos que Beethoven estaba familiarizado con Palestrina, Byrd, J.S. Bach, C.P.E. Bach, W.F. Bach, Fux, Kirnberger, Muffat, Cherubini, Haydn, Porpora y muchos otros. En la biblioteca de Beethoven también se encontraban las óperas de Mozart y Salieri, los oratorios de Handel y numerosas transcripciones de su propia pluma de varios compositores barrocos y contemporáneos.

Otros han querido hacer creer que Beethoven prefería a Handel sólo porque no conocía la obra de Bach. Esto también es falso: cuando Beethoven era niño, su profesor de órgano y bajo continuo (Gottlob Neefe, conocido de los hijos de Bach y editor de sus obras para clave) ya le había enseñado El Clave Bien Temperado y El Verdadero Arte de Tocar de C.P.E. Bach. Un artículo de prensa de 1783 reseña al joven Beethoven como “el próximo Mozart”; ¿la prueba?: “…toca todo el Clave bien Temperado de Bach con tan sólo 13 años”. Más adelante, como estudiante de Haydn en Viena, Beethoven conoció más de la obra de Bach y fue bien recibido por los círculos bachianos, adquiriendo así más partituras para estudiar (El Arte de la Fuga, el Clavierübung, las Invenciones, las Suites Francesas e Inglesas, varios motetes, arias, misas, corales a cuatro voces, etc). Ya adulto, Beethoven recibía de sus editores las nuevas ediciones de Bach que iban saliendo, las que agradecía así: “…esta música le hace mucho bien a mi corazón, que late plenamente por el elevado y grandioso arte de este original Padre de la Armonía”. Ya viejo, Beethoven seguía interpretando apartes del Clave bien Temperado todas las mañanas y su propio método de enseñanza era el de C.P.E. Bach. Y con todo, seguía preferiendo a Handel.

El último argumento de los que quieren desvirtuar su favoritismo por Handel, es que Beethoven no conoció tal o cual obra de Bach. Pues bien, tampoco conoció la obra completa de Handel; quizá si hubiera conocido ambas habría seguido prefiriendo a Handel; o quizá habría preferido a Henry Purcell de haberlo conocido, y en ese orden de ideas ¿por qué no a Bohuslav Matěj Černohorský, a quien tampoco conoció? Decir que “Beethoven habría preferido a Bach” si tal cosa, es tan absurdo como decir que “Bach hubiera preferido el piano” si tal otra.

Lo que sí sabemos es que, cuando hablaba sobre composición, Beethoven decía a estudiantes y colegas: “Aprendan de Handel cómo es que se obtienen los efectos más poderosos con los medios más naturales”. Al componer su Missa Solemnis Beethoven estudió la Misa en Si menor de Bach, pero tomó como inspiración los oratorios de Handel pues, en sus propias palabras, de ellos quería aprender “la sublimidad del lenguaje musical”. Y Ferdinand Ries (alumno y asistente de Beethoven) zanja la disputa definitivamente al informar que: “De todos los compositores, Beethoven tenía a Handel en la más alta estima; a Mozart y Bach en segundo lugar”.

Reinhold Schultz cuenta de una cena en 1823: “…no puedo describirte con cuánto pathos nos hablaba Beethoven sobre El Mesías y el genio que lo había escrito. Todos estábamos conmovidos con lo que decía…”. Tiempo después Andreas Stumpff, enterado de que Beethoven yacía enfermo, le envió una espléndida edición de las obras de Handel. Un amigo en común le escribió a Stumpff cómo había recibido Beethoven tal regalo: “Te alegrará saber que tu regalo le dio a nuestro pobre Beethoven, miserable como se encuentra en su lecho de enfermo, una inmensa alegría, y le hizo olvidar la melancolía. Otro libro le llegó al tiempo desde Londres. Tomó el libro que le enviaron de Londres y lo dejó de lado sin abrirlo; señaló las obras de Handel que le obsequiaste, y apuntándoles con el dedo me dijo ´Das ist das Wahre!´ [¡Ahí está la Verdad!]”. En sus últimos años, Beethoven solía decir a los jóvenes músicos que lo visitaban, señalándoles su colección de Handel: “…a mi avanzada edad todavía aprendo de él”. Quede pues claro que Beethoven prefirió a Handel sobre todos los demás, simplemente porque así se lo dictó su sentir y por ninguna otra razón.

Nunca entendí la indignación de aquellos ofendidos con la idea de que Beethoven prefiriese a Handel sobre Bach, o cualquier otro. Por supuesto todos amamos la obra de Bach, la admiramos e intentamos comprenderla hasta donde es posible (Leonhardt decía “Bach es un genio, por tanto de entrada ya no podemos entender cómo funcionaba su mente”). Pero nada hay en absoluto que obligue a preferir a Bach, a Beethoven, o a ningún otro.

E intriga advertir lo desconocido que sigue siendo Handel, a pesar de su popularidad; pero es que yace sepultado bajo el peso de su propia fama: son tantas y tan disímiles sus efigies a lo largo de los siglos, que su verdadero rostro se ha desdibujado, a un punto tal que hoy se lo recuerda sólo por un puñado de obras como El Mesías o La Música del Agua; una pena, por cuanto el enorme resto de su producción es tan rico como esas dos obras, cuando no más.

Y si bien es frecuente escuchar a músicos y teóricos contar cómo Bach les hablaba desde la cuna, es muy raro encontrar entre ellos alguno que aprecie a Handel. En cambio a mí nunca me avergonzó decir –¿por qué habría de hacerlo?– que hasta la adolescencia Bach me aburría, prefiriendo la música exuberantemente ornamentada, hiperbólica, pasional, mayestática y sensual de Arne, Porpora, Hasse y, sobre todo, Handel.

Conocí a Handel cuando mi primer profesor tuvo la agudeza de hacerme estudiar una pieza suya para descansar de los ejercicios. Y al familiarizarme con su obra para clavecín y para órgano, comprendí el infinito valor poético y pedagógico de Handel, no sólo para los tecladistas sino para cualquier músico.

De la felicidad infinita que me producían sus obras en la niñez siguió la natural curiosidad por conocer más sobre él. Así vine a enterarme de que, como yo, Handel también fue sentenciado a seguir jurisprudencia. Y cuanto más aprendía sobre su personalidad tanto más me simpatizaba. Todo en él parecía grande, teatral y amable: desde la música hasta los gestos; amante del vino, del tabaco y del buen comer, en sus sentimientos no había cabida para la medianía, la mezquindad o la tibieza. Trabajador obsesivo y sin pelos en la lengua, también padecía, como yo, de una terrible alergia a la corruptela, al lagartaje y a la maldad –lo cual le granjeó muchos odios.

Nos hicimos amigos de inmediato, y al saber que aparte de la obra para clave Handel también había escrito más de cien cantatas, cuarenta óperas, oratorios, odas, incontables obras instrumentales, orquestales y de cámara, en todas las cuales había clavecines que acompañaban, eso sólo reforzó en mí la locura de querer dedicarme al arte, al pensamiento y a la música barroca –lo que en Colombia constituye, vine a ver demasiado tarde, la forma más imbécil y cruel de suicidio.

El carácter de Handel está plasmado en cada obra suya, y muchas anécdotas lo retratan: está esa maravillosa ocasión en que casi asesina a una famosa soprano, una diva pretenciosa a quien su aria le parecía mal escrita; Handel la alzó furioso de la cintura y amenazó lanzarla por la ventana si no cantaba como él quería. La diva, temiendo genuinamente por su vida, aceptó cantar a regañadientes Falsa Imagine, un aria que explora precisamente esa realidad humana universal que es el desencanto.

En otra ocasión un célebre castrato, colérico porque Handel lo corregía durante los ensayos, saltó desde el escenario sobre su clavecín y lo destrozó a patadas. Handel, en perfecta parsimonia, esperó a que el divo terminara de descuartizar el instrumento, y le dijo flemático: “¿Sabe usted? ¡Creo que deberíamos incluir esto en la ópera! Estoy seguro de que el público disfrutará mil veces más viéndolo patear un clavecín que oyéndolo graznar”. ¿Y cómo olvidar el célebre encuentro de Handel con Corelli, y las fascinantes charlas que sostuvieron sobre los estilos francés e italiano, o el duelo a florete con Mattheson, o la competencia de teclado con Scarlatti?

Aunque no quería a los cantantes (“hay que domarlos como animales”, decía) Handel sí que amaba la ópera, porque ésta le brindaba un lienzo para explorar las emociones al extremo. De ahí que toda su música haya de abordarse como si fuera ópera, trátese de música sagrada, orquestal, de cámara o de las suites para clavecín –tendemos a olvidar que incluso las obras más abstractas, circunspectas, piadosas y severas tendrían que “representarse”, “actuarse”, por así decir, como si fueran ópera: explotando toda la retórica, gestualidad y afectos en ellas contenidos… empresa nada fácil. 

A pesar de tantos años juntos, Handel sigue rehusándose a revelar su misteriosa vida sentimental… pero están sus arias, más reveladoras que cualquier biografía no autorizada. Y al final, tras nuestros períodos de acercamiento y desencuentro, nuestra relación es diferente. Hoy lo acepto tal cual es: un explorador de la condición humana, cuya música expone al hombre de manera más sencilla, más precisa y más bella que cualquier filosofía.