Los maestros de la catedral

La riqueza polifónica de las Indias

La edad de oro de la música en Santafé comienza a decaer algunas décadas antes del movimiento emancipador y muere definitivamente al consolidarse la Independencia.

Organo e la Catedral de Santa Fé de Bogota 1890
Organo e la Catedral de Santa Fé de Bogota 1890

El archivo musical de la Catedral de la antigua Santafé, probablemente el primero y uno de los más voluminosos del continente, equiparable solamente con los de las catedrales de México, Lima y Cuzco, es un reflejo de la enorme importancia que tuvo la música en la sociedad colonial de la Nueva Granada.

Sin embargo, durante todo el siglo XIX y parte del XX, el archivo que hoy, después de un proceso largo y difícil de recuperación, se estima como un tesoro invaluable de la cultura del renacimiento en América,  fue considerado algo obsoleto, simples papeles sin valor. Al respecto, José Ignacio Perdomo Escobar recoge una anécdota que podría parecer graciosa, si no fuera en realidad digna de toda una Lamentatio, y que sirve para ejemplificar el triste destino que hemos dado en ocasiones a nuestro patrimonio. Durante los terribles días del Bogotazo, muchas personas sin techo fueron acogidas en las naves de la Catedral Primada, que se convirtió por varias semanas en albergue para los desdichados. En esta ocasión las partituras que allí, más que conservarse, se arrumaban, fueron utilizadas para el aseo personal de los refugiados. “Muchos de los papeles”, anotaba el padre Perdomo Escobar en su monumental estudio sobre el archivo, “ostentan todavía el estigma deprimente de ocres borrones”.

La tradición musical europea fue trasplantada en América por la mano de los primeros conquistadores y misioneros, quienes junto a las espadas y cruces, trajeron consigo chirimías, tambores y voces cultivadas en el canto litúrgico. El proyecto de la Contrarreforma, que hacía del arte un arma evangelizadora, dio el impulso vital al movimiento artístico que se gestó al interior de los conventos y catedrales coloniales.

Los primeros nombres relacionados con la historia de la música en Santafé son los de los maestros de capilla de la Catedral Alonso Garzón de Tahuste y Gonzalo García Zorro, activos en la segunda mitad del siglo XVI. El primero, además de músico, fue cronista erudito y experto en lenguas indígenas, cuya obra histórica, tristemente perdida, narraba la prehistoria de los chibchas; el segundo, fue un músico mestizo, de dudosas dotes como compositor, pero de gran importancia histórica por haber enriquecido, en sus más tiernos años, el archivo de la Catedral con varias colecciones de obras polifónicas traídas por él mismo desde España.

Un poco más tarde, de forma por lo demás misteriosa, aparece en nuestra ciudad el maestro Gutierre Fernández Hidalgo, quien, según reconocidas voces, como la de Robert Stevenson, a quien debemos el redescubrimiento de varios de los archivos musicales de las colonias españolas en América, fue el más importante compositor del siglo XVI en nuestro continente. Fernández Hidalgo fue maestro de capilla de la Catedral metropolitana de Santafé, donde se conserva lo poco que de su obra ha perdurado en el tiempo. Más tarde pasó a Lima, después a Cuzco y a Quito y, finalmente, a la ciudad de los cuatro nombres (Chuquisaca, Charcas, La Plata, Sucre) en la actual Bolivia, donde moriría hacia 1620. Gracias al recio trato que Fernández Hidalgo daba a los músicos a su cargo, Bogotá puede preciarse de haber sido escenario, el 20 de enero de 1586, de la primera huelga estudiantil del continente.

Todo lo que rodea este capítulo de nuestra historia cultural es tan vago e incierto, debido al descuido que hemos cultivado en su conservación, que hasta hace no mucho se consideraba como creación de un único maestro un grupo importante de obras pertenecientes al archivo de la Catedral, compuestas a lo largo del siglo XVII y firmadas por José Cascante (a veces Joseph Cascante). Ahora se ha llegado a la conclusión de que los Cascante eran padre e hijo. El primero emigró de la península y fue maestro de capilla de la Catedral y profesor de música durante la época de Alonso Garzón de Tahuste. El segundo vio la luz en Santafé y es considerado el primer compositor nacido en la Nueva Granada.

La figura de José Cascante hijo, activo durante la segunda mitad del siglo XVII, tiene una importancia singular en el desarrollo de las formas musicales de nuestro país. El maestro Luís Antonio Escobar afirmaba que, en Colombia “el folclor o desarrollo expresivo musical comienza desde Cascante”.

José Cascante compuso música no solamente para armonizar la solemnidad de los ritos religiosos, sino también, como maestro que fue del villancico, género ligero y gracioso, “para exaltar pasiones, amores tristes, recuerdos, picardías, reflexiones, o sátiras de doble sentido”, en palabras del mismo Escobar. Cascante “es por consiguiente”, sigo citando a Escobar,  “un punto de partida de la nueva música en Colombia, la de tradición occidental y de mezcla de lo indígena, de lo negro y de lo blanco. Hay que escuchar los estribillos, los ritmos, y melodías de la obra de Cascante y quizá así nombrarlo no sólo el primer músico sino el padre de la música colombiana”.

La organización del sistema musical en las iglesias hacia el siglo XVII era algo relativamente complejo. El canto llano, propio del Oficio Divino, estaba a cargo de los miembros del gobierno eclesiástico. Existían también unos capellanes de coro, que eran dirigidos por un músico profesional llamado chantre, que a veces contaba con el apoyo de un sochantre. Por su parte, el canto polifónico o “canto de órgano”, era ejecutado por un conjunto de cantantes llamado “capilla de música”, conformada no solamente por religiosos, y dirigida por un maestro de capilla. Los instrumentistas, o ministriles, interpretaban instrumentos de viento: chirimías, flautas, sacabuches y bajones. Estos unas veces acompañaban las voces y otras sonaban solos. El organista, un puesto de planta en la iglesia, completaba el grupo.

A la muerte de José Cascante fue nombrado como maestro de capilla de la Catedral un hombre de proverbial mansedumbre, el bachiller presbítero don Juan de Herrera y Chumacero, de quien se conserva un repertorio más o menos amplio que incluye música litúrgica en latín, entre ésta varias misas de difuntos o misas de Réquiem, y música profana en castellano: villancicos, jácaras y romances. El padre Perdomo Escobar trajo a la luz varios documentos históricos que testimonian las difíciles situaciones a las que estuvo expuesto el maestro debido a su bondadoso carácter.

Salvador Romero fue el último gran maestro de capilla de la Catedral, y ejerció este oficio entre 1759 y 1767. Su personalidad encarna la decadencia misma en la que muy pronto caería la música sacra en la Nueva Granada. De Romero se sabe que descuidaba su oficio como maestro de capilla, interesándose más por la música de ambiente profano, en la que se destacó considerablemente.

La edad de oro de la música en Santafé comienza a decaer algunas décadas antes del movimiento emancipador y muere definitivamente al consolidarse la Independencia. La influencia de la música barroca italiana y las nuevas conformaciones instrumentales, que dieron un nuevo aire a la música del continente, tuvieron escasa repercusión en la música de la Nueva Granada. Doménico Zipoli (de quien se oirán este año varias composiciones durante el Festival Internacional de Música Sacra de Bogotá) y Martin Schmidt, alentaron el nuevo estilo barroco en el sur del hemisferio, particularmente en las misiones que los padres jesuitas fundaron entre los indios Moxos y los llamados Chiquitos. No sucedió así con el compositor y violinista italiano Mateo Melphi, quien, hacia mediados del siglo XVIII, pasó como una sombra por Santafé, de donde huyó lleno hasta el cuello de deudas.

Con motivo del Festival Internacional de Música Sacra de Bogotá, este año tendremos la oportunidad de volver en el tiempo a los años de la colonia, cuando nuestra capital era, al decir del insigne musicólogo e historiador, el padre Perdomo Escobar, una cultísima “aldea andina con virrey y arzobispo”. Y no solamente con virrey y arzobispo, sino también con una pléyade de escritores, como Rodríguez Freire, autor del gracioso Carnero; poetas, como Domínguez Camargo, padre del Poema heroico a San Ignacio de Loyola; y pintores, como Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, y la dinastía de los Figueroa. Los nombres de Gutierre Fernández Hidalgo y José Cascante volverán a dominar por unos días el panorama de la música local, y sus obras polifónicas, de profundas resonancias espirituales, regresaran a la vida gracias al trabajo de agrupaciones musicales como Capella Prolationum y el Grupo Extempore.

 

Por: David Herrera. Literato y docente